BREVIARIO DE FALSEDADES
POR JOSE MANUEL VILABELLA
El caballo.
Cuando perdí la fe en el ser humano y
las crisis se llevaron una a una todas mis ilusiones, cuando dejó de atraerme la
anarquía y empezó a aburrirme la subversión, cuando comprendí que el amor al prójimo
es una frase sin sentido si no tienes una mujer a tu lado en la cama, en la mesa y en la
misa, decidí convertirme en caballo.
Fue una decisión repentina, irreflexiva. Me incliné, apoyé las manos en el
suelo y con la boca arranqué una brizna de hierba. La hierba no me gustó; es más, me
pareció repugnante, porque un servidor de ustedes había sido hasta ese momento un
conocido gastrónomo, un gourmet que sabía distinguir los riojas del setenta de otras
añadas inferiores y tenía un paladar que gozaba de un reconocido prestigio en los
cenáculos de la gentecita bien. No se convierte uno en un rumiante de la noche a la
mañana y sin dolor; la metamorfosis es complicada porque la razón nos agobia, nos
atenaza; la inteligencia recita su monólogo acusador como una cantinela y el pasado
retorna para recordarnos que la animalidad es patrimonio de los elegidos y que el que
tenga alma, que se joda, porque quiera o no quiera está obligado a cargar con ella como
si fuera una joroba. A irracional, a bestia, sólo llegan los tenaces, los que nunca se
dan por vencidos. Aquel hierbajo era una ortiga y por eso no me gustó: me recordó
vagamente el sabor de la escarola. La retama ya fue otra cosa: bravía, fuerte, montaraz,
salvaje. Nunca volví a incorporarme y perdí, con la animalidad, la noción del tiempo.
Y en estos momentos no sé si soy un caballo desde hace tres meses o desde hace
diez años; ignoro si soy un joven potro o un viejo penco y, en realidad, dudo tanto de
todo y mis ideas son tan poco claras, que no sé si mi acción es el sueño de un
filósofo, la irreprimible pasión de un loco, o el capricho de un mierda.
Las gentes en Galicia, en mi tierra, son respetuosas con la propiedad ajena. Todo
el sistema jurídico se basa en las cosas. En la propiedad, posesión, arrendamiento y uso
de las cosas. Las cosas están vivas y palpitan como pececillos recién pescados. El
reverso de la cosa es el derecho y el anverso la obligación. Tú tienes a la cosa pero,
sobre todo, la cosa te tiene a ti. Después viene la ley y dice que también hay que tener
en cuenta al vecino, al colindante como ellos le llaman, y que no es conveniente olvidar
al arrendatario, que sería injusto no tener en cuenta al usufructuario y que el
arrendador tiene sus derechos pero también sus obligaciones. Al final, después de rizar
el rizo, el sistema habla de libertad; de la libertad de la cosa y de la libertad que da
el tener cosas; y así, tan ricamente, pude convertirme en caballo por haber tenido la
fortuna de ser un caballo rico, un animal con propiedades, una bestia que galopa por sus
propias tierras. Nadie puede atentar contra mi libertinaje equino porque relincho en mis
fincas, pasto en mis precios y me cisco por la pata abajo y con perdón, en mis praderas.
El sistema ha caído víctima de sus propias tretas y la sociedad, que de buena gana me
destruiría, no tiene más remedio que protegerme, porque antes que un hombre y mucho
antes que un caballo, soy un propietario, un contribuyente.
Soy consciente de que estoy haciendo literatura con mi biografía, y que estoy
enfatizando un hecho que en sí mismo no tiene nada de heroico ni de extraordinario. Si en
lugar de decidir convertirme en caballo hubiese optado por transformarme en ingeniero la
sociedad hubiera aplaudido mi decisión: "Míralo, míralo, tiene afán de
superación; es un gran tipo". El sistema te permite subir o bajar en la escala
social de acuerdo con sus propias normas: puedes llegar a ser un sabio o un degenerado, un
doctor honoris causa o un delincuente común, pero convertirse en caballo es salirse por
la tangente, hacer caso omiso de la norma, olvidarse del decreto, hacerle la trompetilla a
la moral y sacarle la lengua a la ética. Convertirse en caballo es una cosa que está muy
mal hecha, un
parece-mentira-José-Manuel-cómo-me-haces-esto-a-mí-con-lo-mucho-que-te-quiero.
Mis primeros tiempos de caballo fueron los más dolorosos, y no solamente por la
metamorfosis física. Las manos se convierten en pezuñas con facilidad y sin dolor y la
espalda se transforma en lomo de un día para otro. El pelo, mi pelo, mi pelito, otrora
sedoso y fino, se fue convirtiendo en dura crin sin que yo me diese cuenta de ello. Un
día me miré en un charco y vi en el fondo del agua a un caballo. No se trataba de un
animal de raza; no era uno de esos ejemplares de exposición, de nerviosos relinchos y
bella estampa. No. Era un caballo bajito, con aire de mulo y orejas de burro; un caballo
feo e insignificante, escuchumizado; parecía un pobre vestido de caballo; como esos
caballos de circo que al final resulta que están rellenos de payasos. "Soy un
caballo a medio hacer", pensé. "Soy un alevín de centauro y si me sigo
esforzando como hasta ahora, algún día me convertiré en un unicornio que es la máxima
aspiración de los cuadrúpedos ambiciosos, lo que les gustaría ser a todos los burros
del mundo". Y relinché cínicamente y para alejar de mí la melancolía me puse a
galopar como un loco por mi propiedad.
Las gentes acudían en tropel a mi finca para contemplar al hombre que se había
convertido en caballo. Se quedaban justo en el límite de la cosa ajena para no
transgredir la ley o me espiaban con potentes prismáticos desde la carretera. Yo, para no
decepcionarles, trotaba con alegría por la loma y para finalizar la demostración equina
me levantaba de manos y relinchaba nerviosamente. La gente aplaudía.
Si de la dignidad, del orgullo y de la soberbia me pude liberar con facilidad, no
me ocurrió lo mismo con el sentido del ridículo y, sobre todo, y me avergüenzo de ello
públicamente, no era capaz de desprenderme del pudor. La desnudez de mis partes pudendas
y el hacer las necesidades delante del personal no me causaba ninguna satisfacción,
incluso me avergonzaba un poco.
"Nunca podré ser un caballo si no actúo como tal; tengo que olvidar las
buenas costumbres, renunciar a la urbanidad, desprenderme de la dichosa cultura y ser una
mala bestia". La urbanidad es una cuestión estética. La gente educada emplea el
eufemismo, la imagen poética y la metáfora para no llamar a las cosas por su verdadero
nombre; los caballos, no; los caballos somos mucho más claros y directos y decimos cagar
y mear en lugar de hacer pipí, utilizar el servicio o mover el vientre.
Empecé a disciplinarme y a predicar con el ejemplo. Cada vez que un nutrido grupo
de espectadores se reunía para contemplar mis galopadas, me acercaba a ellos y vaciaba
mis intestinos en su presencia. La brutalidad de la imagen les hacía retroceder
horrorizados. Huían despavoridos, espantados. Intuían que en lo escatológico se
refugiaban los últimos baluartes de la anarquía; que la subversión no radicaba ya en la
violencia, en el sexo, en la pornografía o en la droga. El libertinaje, desde aquel
preciso momento, consistía sólo en hacer de vientre fuera del cuarto de baño, en
ciscarse por los campos y a la buena de Dios y en negarse, por cuestión de principios, a
utilizar el inodoro.
Diógenes escandalizaba a sus vecinos masturbándose en la plaza pública, pero
aquellos eran otros tiempos y Diógenes, el pobre, era sólo un filósofo y yo era un
caballo con aspiraciones políticas, un caballo que soñaba con llegar a convertirse en un
unicornio, y para conseguirlo pretendía hacer caca con naturalidad animal, pero también
con premeditación y alevosía.
Quise conquistar el derecho a defecar con elegancia, a cuerpo limpio, o sea, a
cagar de campo.
El sistema me envió al mensajero demasiado tarde. Por aquel entonces el poder
tenía la guerra perdida aunque todavía no lo sabía, porque yo, poco a poco, había ido
ganando una a una todas las batallas. El enviado era un hombrecillo pulcro, amanerado,
cumplidor, de esos que sólo se emocionan en horas de oficina y que se mueren de tristeza
cuando se jubilan; un esclavo del deber de voz aflautada y mesurados ademanes; un
funcionario responsable que amaba el escalafón, creía en el Boletín Oficial del Estado
y soñaba con los trienios del porvenir. El sistema me envió al señor Velázquez y,
tengo que reconocer que el enviado hizo su trabajo con cierta brillantez y que durante
unos breves instantes una duda cruzó por mi mente y mis convicciones flaquearon.
-Abandone vuesa merced esa loca aventura y regrese a casa con sus deudos y amigos,
que sólo sueño y sueño de demente es querer ser caballo cuando la naturaleza nos hizo
hombres. Todos somos pecheros de la humana condición -morir habemus, hermano- y
querámoslo o no hay que pagar el tributo, el impuesto. Renuncie su señoría al insensato
proyecto y el sistema será comprensivo y la justicia discreta, que un servidor le promete
con la solemnidad que el caso requiere, que no se tomarán represalias, que nadie le
señalará con el dedo y que el silencio administrativo, que de todos los silencios es el
más impenetrable e ininteligible, envolverá ese suceso para que su memoria se pierda
entre los pliegues de la capa del tiempo. Recobre vuesa merced el juicio, pague sus
impuestos, circule por la derecha, haga uso del matrimonio, sea feliz dentro de lo que
cabe y no dé la tabarra al prójimo.
El señor Velázquez me observó con algo de desprecio y exclamó rotundo:
-¡Ya está bien, coño!
No pude contestarle. No sabía ya articular las palabras precisas, por eso opté
por mirarle fijamente con mis ojos inexpresivos de caballo.
El funcionario no se dio por vencido.
-Excelencia, si algo queda en usted de ser humano no nos abandone; no permita que
la civilización se desmorone, que los sistemas jurídicos se autodestruyan, que la moral
se resquebraje.
¿Se imagina usted lo que ocurriría si todos los hombres del mundo decidiesen de
la noche a la mañana convertirse en caballos?
¿Quién garantizaría las pensiones? ¿Qué sería del producto nacional bruto?
Le di la espalda y como creo que la historia se hace con el gesto oportuno, que la
última batalla se gana siempre con el ademán contundente y que la coherencia es
obligación de todo ser viviente, levanté las patas traseras y le di un par de coces en
pleno rostro.
Todas las fincas de los alrededores se han poblado de caballos. Los hay de toda
raza y condición: caballos percherones, nerviosos caballos de carreras, diminutos poneys
y sufridos caballos de labor que tiran del carro sin un quejido, sin un lamento. Yo soy un
caballo, ya no tengo ninguna duda; un caballo especial, el símbolo de muchos caballos, el
que empezó la revolución, el primero que renunció a la dignidad, el líder de los
desheredados, el que a fuerza de voluntad conquistó los palacios de invierno y el derecho
a ser bestial, torpe, cerril, animal. Los caballos me aman, lo percibo en sus ojos mansos
cuando al pasar me miran con agradecimiento. Algunos han empezado a decir que soy un
unicornio porque en mitad de la frente me ha salido un granito de nada, una minúscula
protuberancia. Los caballos me admiran sin imaginarse que sigo esclavizado por la
fantasía y el dolor, por la angustia y la soledad. Ellos, que son mis hijos, nunca
llegarán a conocer la magnitud de mi tragedia, porque nadie sabe que estoy condenado a
convertirme, por no haber sabido renunciar a los sueños y seguir los locos impulsos de
los poetas, en un caballo sentimental.
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