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POR JOSE
MANUEL VILABELLA
DICIEMBRE Se rascó la cabeza desesperado y por
la intensidad de los picores sospechó que, una vez más, los
piojos habían vuelto a instalarse en sus ralos y deslucidos
cabellos. En un trozo de espejo, que el último inquilino del
cuarto había olvidado en un rincón, se atrevió a mirarse
frente a frente, hombre a hombre. Al principio no se reconoció.
Aquella ruina no podía ser él. El espejo se equivocaba, el
cristal mentía.
Espantado
le pareció reconocerse en el fondo de unos ojos que le observaban agazapados
desde sus cuencas, metidos para adentro en su madriguera. Su imagen le causó
estupor: unas arrugas profundas subrayaban la frente y las mejillas caídas le
daban a su rostro la apariencia chusca del bufón. Los años le habían traído la ruina y le
habían negado la dignidad. Era viejo, patético y, además,
cómico. Sonrió y lo que vio le asustó más aún: parecía
perverso y mezquino; su rostro, sí, no tenía la menor nobleza,
el tiempo no había dejado nada que mereciese la pena recordar;
la vida había pasado como un vendaval por su cara y se lo había
llevado todo por delante. El no podía ser aquel, él tenía que
ser otro. Se tocó los labios y sintió un lacerante dolor
físico; la mano reflejada en el espejo era su mano temblorosa y
deforme que le fue guiando como un lazarillo por su cara
desvalida, que se le antojó odiosa y ajena: las cejas pobladas
de pelos hirsutos, la nariz deforme surcada arriba y abajo por
diminutas venillas color vino, los pellejos colgantes del cuello;
las orejas desproporcionadas le habían crecido un poco cada
noche. ¡Aquellas orejas no le pertenecían! Alguien, qué sé
yo, las había cambiado cuando dormía y había dejado las suyas
abandonadas y en prenda.
Qué horror, pensó.
"¡Qué horror!", gritó, se gritó. "¡Qué
horror!", sollozó y las lágrimas le cayeron a borbotones
rostro abajo como ríos diminutos y caudalosos y se perdieron en
la maraña de su barba. Fuera, en la calle, el ruido era
ensordecedor; las gentes cantaban villancicos y sin misericordia
por la lírica destrozaban letrillas y hacían sonar las zambombas.
¿Por qué estaban tan
contentos si todos sabían que dentro de unas semanas iban a
ejecutar al recién nacido? España entera, ay, tocaba la
zambomba para que pareciese más negro aún su infortunio.
España es así la noche del 24; siempre entonan, Señor, la
misma melodía, aunque a veces la vistan de villancico y en
ocasiones la disfracen de saeta. Qué más da. El grito de
espanto que salió de su boca paralizó la actividad del cuarto:
los ratones se miraron sorprendidos e interrumpieron sus
carreras, las cucarachas se refugiaron en lo oscuro y las moscas,
que dormitaban pegadas a las paredes, se echaron a volar en
círculo en torno a la luz del candil. El no prestó atención a
sus inquilinos; nunca lo hacía. Eran el símbolo de la miseria y
estaba acostumbrado a su compañía. Les echaba mendrugos de pan
y trozos de tocino, se cuidaba de ellos cuando podía y les
hablaba para no enloquecer. Las alimañas también comen, la
miseria tiene sus necesidades. Se miró otra vez al espejo y
sonrió, pero ahora con orgullo. "Ahí, debajo, en lo hondo,
hay un poeta", le confió a los fantasmas, le gritó a los
ratones, se dijo a sí mismo en busca de consuelo. En su mente
bullían las ideas y los personajes entraban y salían; eran
gentes dinámicas, brillantes, bien vestidas. En el interior de
su cerebro los espectros eran felices y vivían la vida breve e
intensa de los seres inventados. Discutían entre sí
acaloradamente con la galanura de los que nada esperan del
porvenir, que ellos no tenían que pagar la hipoteca del futuro.
El, su creador, no era el náufrago, él era el naufragio y sus
criaturas pugnaban por sobrevivir, por salir a flote. ¿Cuántos
sonetos había dejado inacabados? ¿A cuántos personajes había
impedido nacer? En el interior, en lo hondo, voceaban las
criaturas, se rebelaban los espectros y él era un testigo mudo
de sus parlamentos. Los poetas envejecen pero la poesía siempre
es recién nacida y él, sí, pertenecía al mundo sublime de la
creación, del teatro, de la farándula, de la literatura. Su
cuerpo macilento era una ruina, un naufragio, pero en sus pobres
huesos palpitaba la pasión creadora del primer día. El espejo
le devolvía la imagen de un viejo ridículo pero él sabía que
todavía, y para siempre, el viejo tenía la capacidad de
fabular, el privilegio de contar historias. "He fracasado
como escritor; siempre he abortado engendros", le dijo al
tipejo del cristal roto que le miraba fijamente a los ojos, con
la insistencia procaz de los autorretratos. Sus criaturas morían
en el tránsito, llegaban desfallecidas por la fatiga del viaje y
exhalaban el último suspiro en sus brazos. Y las que
sobrevivían eran sólo una caricatura de sí mismas, unas
figuras desvaídas y fantasmales que carecían de gracia y
ligereza. Las hería el lenguaje, las marchitaban las palabras
porque no eran de este mundo, porque habían sido concebidas para
el ensueño y no para la luz del sol.
"Sólo he sabido imaginar
que soñaba y no he sabido contar lo que veía en mis
sueños", le dijo a los ratones. Las sombras de la noche le
devolvieron una imagen falsa de sí mismo y el ruido de la calle
entró por la ventana y le hizo saber que la alegría de la noche
del 24 era de todos menos suya. El espejo era, ahora, más
clemente; la oscuridad era menos cruel y el naufragio más
llevadero. Cerró la puerta con doble vuelta de cerrojo y se
sirvió una copa de vino turbio. El también tenía derecho a
brindar por el niño aunque su rostro decrépito fuese más
propio del viernes santo; retiró un plato sucio de la mesa y lo
dejó en el suelo y allí acudieron, en tropel, las cucarachas.
Puso el pliego de papel en la mesa, acercó el candil y vació el
estuche de las plumas; con delicadeza de orfebre abrió el
tintero dorado y aspiró el olor de la tinta, que para él era un
perfume intenso y embriagador que alborotaba todavía sus
sentidos. Era la hora del espanto, el momento de la literatura y
el tránsito. Vio a sus criaturas y sintió pena por ellas y
horror de sí mismo. Tuvo ganas de rezar por él y los suyos, por
sus delirios y las alimañas de su habitación, pero le pareció
teatral y obsceno confundir la fábula con lo sagrado. El no
podía decir: "Jesús, ten piedad; Cristo, ten piedad"
la noche en que nacía el crucificado. Al otro lado don Alonso
leía, el bachiller Carrasco reflexionaba y el personaje sin
nombre, el hombre de la cara redonda y corta estatura, soñaba,
como él, con ínsula lejanas.
La habitación, como todas las
noches, se llenó de gentes y de canciones, de bellas damas y de
prudentes caballeros; también acudieron pícaros y escribanos
corruptos, fregonas y asesinos, sablistas y gentes de cogulla;
vino el señor obispo y su barragana la bella Dorotea; el Rey
hizo acto de presencia y cabalgó por la estancia el Papa de Roma
con cuarenta purpurados de Venecia. Y el viejo caballero sonreía
con algo de ternura y, por un momento, alentó en su pecho la
esperanza por sus criaturas desvalidas y escribió de corrido:
"En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero
acordarme..."
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