Otros Voces Las Habitaciones Perdidas La habitación tapiada

La habitación tapiada

Escrito por José Manuel Vilabella 24 Marzo 2009
( 8 Votos )
Imprimir
La habitación tapiada 4.5 out of 5 based on 8 votes.
Los ingleses tienen un difunto en el armario pero los españoles, para no ser menos, tenemos un niño muerto en la habitación tapiada. La habitación tapiada
Las casas españolas eran un laberinto de pasillos, recovecos, entrantes, pasadizos secretos, habitaciones ocultas, armarios con doble fondo. Las casas tenían un lugar reservado para guardar las onzas de oro y una habitación tapiada para acoger al perseguido político o para emparedar al acreedor molesto, a la esposa infiel, al aborto de la prima Isadora. La muerte en familia, el paso a la habitación tapiada, siempre era por cuestiones de dinero o de honra, por la pela o por la dignidad mancillada de la estirpe. Los asesinatos domésticos, el enterramiento de tapadillo del niño muerto y los crímenes pasionales, siempre se hacían por el bien de la tribu, que la familia que mata unida permanece unida, que tan importante como ser pariente es ser cómplice, y los vínculos de sangre son más fuertes si se trata de sangre derramada.
Cuando murió Franco salieron de la habitación tapiada los ex combatientes emparedados, los topos de la República entonando himnos de victoria y canciones de amor; el ejército derrotado había permanecido en las trincheras del tedio mirando por un agujerito el telediario, escuchando el parte de las doce en un transistor prestado y diciéndose para su coleto: "Esto no puede durar, Marcelino". Medio siglo más tarde se abrieron las covachas, se descubrieron los zulos y un batallón de ancianos artríticos se puso a desfilar por el pasillo con aire marcial. El ejército rojo no estaba ni derrotado ni desarmado, Cuando murió Franco salieron de la habitación tapiada los ex combatientes emparedados, los topos de la República entonando himnos de victoria y canciones de amor; el ejército derrotado había permanecido en las trincheras del tedio mirando por un agujerito el telediario, escuchando el parte de las doce en un transistor prestado estaba viejo, cansado y fatal de la vesícula. No querían la victoria, deseaban la jubilación y un lugar al sol, cara al sol, como sus enemigos. La guerra, la dichosa guerra de toda la vida, al fin, había terminado.
La España negra y profunda es la que está al otro lado del tabique, en la habitación tapiada. En semejante sitio se entierra a la abuelita para seguir cobrando la pensión, se trocea al cobrador de la luz por haber descubierto la trampa, se decapita a la cuñada para robarle el mantón de Manila injustamente heredado. Los crímenes españoles no son terribles, son tristes; tienen un horror mezquino y un espanto de segunda mano, usado para otros crímenes, sucio de sudor ajeno, ajado por el uso de otros matarifes; a los pobres los asesinan otros que son más pobres todavía para quitarles los harapos y las botas, los matan con el cuchillo del queso, con las tijeras de la costura, porque los homicidas tienen mala intención pero carecen de herramientas y de tecnología; víctimas y victimarios son el haz y el envés del mismo denario de plata; todos son miembros de la misma cuadrilla de desdichados, que la necesidad es una cosa mala y cada uno se apaña como puede.
A la habitación tapiada hay que tenerle un respeto y ponerle unas flores el primero de noviembre, que lo cortés, coño, no quita lo valiente. La habitación tapiada no se decora ni se le arrima ningún mueble, ni se le da la espalda, ni se la pinta de azul pastel. Se disimula, sí, pero con buenas maneras y guardando las formas para que los muertos no se conviertan en fantasmas, para que los difuntos que son muy suyos no se cabreen y resuciten cuando lo mande la superioridad y en su momento oportuno, o sea cuando suenen las trompetas del Juicio Final.
Nuestras casas -nuestros castillos forever- no tienen fantasmas como los ingleses, tienen un niño muerto que berrea, un abuelito decapitado que ronca por la herida, un cuñado hecho picadillo que canta por soleares, una suegra escabechada que se queja del reuma y de lo aburrida que es la vida eterna. En España la vida y la muerte están separadas por un tabique y el más allá en realidad es el más acá; aquí la muerte no tiene pérdida, vive en el cuarto del fondo, al final del pasillo, en aquella habitación tapiada. Δ