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La habitación del niño

Escrito por José Manuel Vilabella 22 Agosto 2008
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La habitación del niño no debería formar parte de esta larga relación de habitaciones perdidas, porque, casi siempre, es una habitación ganada, un cuarto que se abre camino en la casa sea cual sea el tamaño que tenga la vivienda, un habitáculo que desafía a la ciencia matemática y al buen sentido y se apodera de las otras estancias y les resta importancia, protagonismo y metros cuadrados. las habitaciones perdidasLa habitación del niño llega antes que el niño y se amuebla poco a poco, a borbotones, con alegrías ruidosas, con el júbilo de las bienvenidas de la familia. El niño llega infinitas veces antes de llegar, llega cada día y cada noche, con cada pálpito y cada nausea, con los miedos de ayer y las sonrisas de mañana y llega siempre a un puerto silencioso y pacífico, a su casa, a su habitación. Dios fue verbo antes que Dios y el niño es habitación de niño antes que niño. Si los difuntos de la familia se van al más allá, los recién nacidos vienen del más acá; los dos son viajeros que van y vienen de lugares misteriosos y los dos se cruzan en el pasillo y se saludan con una inclinación de cabeza y ambos, casi siempre, comparten genes y recuerdos y, sobre todo, comparten habitación porque el cuarto del abuelito remozado y pintado de azul pastel se transforma en un periquete en la habitación del niño. "Pase, pase, que le voy a enseñar la habitación de Dositeíño", dice la madre, que ya salió de cuentas, a los amigos de la familia, y les enseña con orgullo la cuna, el corralito, los patucos y el orinal del infante que viene de camino.
Antes de la llegada de las ecografías se sabía si el niño era niño o era niña a toro pasado, cuando la cosa no tenía remedio, a buenas horas mangas verdes; se jugaba al rosa o al azul en la ruleta de la vida, se apostaba al buen tuntún por un sexo, un color y un nombre, se corrían riesgos de casino, se apostaba con los amigos y se preguntaba a las estrellas y a la comadrona si el señor bajito que estaba allí dentro, a salvo de las inclemencias de la vida, hecho un príncipe, iba a ser niño o niña. La comadrona decía, y se basaba para sus predicciones en lo picuda que era la barriga, el sexo de la criatura, y acertaba la mitad de las veces, lo que producía espanto en la parentela y estupor en la feligresía. Si los difuntos de la familia se van al más allá, los recién nacidos vienen del más acá; los dos son viajeros que van y vienen de lugares misteriosos y los dos se cruzan en el pasillo y se saludan con una inclinación de cabeza y ambos, casi siempre, comparten genes y recuerdos. Dicen las estadísticas que ahora nacen menos nietos, que la vida y el trabajo de nuestros hijos está fatal, que eso de alumbrar una nueva vida es una responsabilidad muy grande y hay que pensárselo mucho antes de hacer el encargo correspondiente. El niño viene si salen las cuentas y prosperan las inversiones, si el contrato anual se convierte en fijo, si trasladan a Marcelino a Badajoz, si Pepita regresa de Venezuela, si a Jónatan le conceden el divorcio, si Vanesa aprueba los exámenes y obtiene el carnet de conducir. El nacer siempre fue un milagro pero ahora es, además, una casualidad. Se duda entre tener un niño o comprarse un tresillo, y casi siempre, ay, gana el tresillo. La paternidad responsable y la responsabilidad de la paternidad amedrenta a nuestros hijos y sólo los irresponsables traen hijos a deshora, hijos no deseados que no tienen puerto donde arribar ni una habitación, su habitación, vacía.
Las casas y las familias se renuevan constantemente y las de ahora son cortas y silenciosas, funcionales, convenientes. Las familias y los pisos se proyectan cada día mejor, se eliminan familiares y espacios muertos; las casas de ahora como no tienen pasillo no tienen tampoco niños jugando en el pasillo. Uno, que antaño fue un padre irresponsable es ahora un abuelo estupefacto que espera la llegada del nieto en el recibidor y echa una ojeada por la mirilla para ver si llega la descendencia; uno ocupa provisionalmente la habitación del niño y se sobresalta cada vez que suena el ascensor y suenan pasos en el descansillo y busca sin encontrarlo ese lugar de la casa donde se cruzan el más allá y el más acá, donde el pasado se confunde con el porvenir; ese lugar por donde se marchan los difuntos y llegan los recién nacidos.