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La habitación de la nodriza

Escrito por José Manuel Vilabella 18 Noviembre 2009
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Ahora que hay tantas madres disponibles que ya no se puede decir eso de madre no hay más que una, se nos mueren a chorros pero en silencio, a borbotones pero sin decir esta boca es mía, casi heroicamente, las últimas nodrizas, las madrazas de leche de los años del hambre.
La habitación de la nodrizaLas amas de cría llegaban a las casas para amamantar al retoño delicado que no ganaba peso en la báscula y se quedaban para toda la vida como una madre de repuesto, como un familiar ambiguo mezcla de asistenta y de prima lejana, de cocinera y de pariente pobre. Marcelina llegaba de Santander con sus pechos como cántaros con las urgencias del séptimo de caballería y salvaba al señorito en el último momento, lo liberaba de las garras de la muerte y lo veía después jurar bandera, licenciarse en Derecho y hacerse un hombre de provecho.
En el cuarto de las nodrizas olía siempre a leche y a recién nacido, a jabón inglés y a colonia fresca, pero también a pueblo y a retama, a hembra montaraz y asilvestrada que había tenido un desliz en pleno bosque. El ama de cría llegaba del pueblo para amamantar al niño ajeno y para alimentarse a sí misma; ella, que calmaba el hambre de los demás, también huía de su gazuza secular y de la maledicencia de los vecinos; dejaba atrás hambrunas, deshonras y un niño muerto, miradas aviesas y reproches mudos y cambiaba presente por futuro, vida contante y sonante por porvenir incierto.
A las nodrizas se les alimentaba con esmero, se les atiborraba de jamón y queso de tetilla y se vigilaba el nivel de sus depósitos con la misma preocupación que ahora tienen los responsables de los pantanos ante la pertinaz sequía. Las nodrizas tenían que ser gordas y lozanas, con mofletes colorados y amplias caderas; las amas de cría tenían un uniforme que parecía un traje regional, caminaban solemnes como obispos con su hábito de lagarterana y sus pendientes de bolas, conscientes de que eran, además de la despensa del niño escuchimizado, el prestigio de la familia, un signo externo de riqueza de la gente acomodada: "Los Ausó nadan en la abundancia. Tienen un coche inglés y una nodriza de Santander", cuchicheaban los estupefactos vecinos.
A las nodrizas se les alimentaba con esmero, se les atiborraba de jamón y queso de tetilla y se vigilaba el nivel de sus depósitos con la misma preocupación que ahora tienen los responsables de los pantanos ante la pertinaz sequía.El subidón de la leche de Marcelina se celebraba diariamente con gritos de júbilo; tenía algo de gesta deportiva, como el gol de Zarra o el paradón de Zamora; aquella sí que era una subida gloriosa y no la de la Bolsa; qué maravilla de chorro, qué fuente inagotable, qué mujerón, qué poderío.
El paso de los años convierte a los protagonistas de esta historia en parientes cercanos; los familiares de leche siempre se abrazarán con emoción y a dúo regarán el suelo con lagrimones redondos; harán del pasado una nostalgia, de la teta una fuente, del hambre una aventura; se verán con frecuencia y recordarán los mismos tiempos; los dos son sobrevivientes del mismo naufragio, mutilados de la misma posguerra. El ama nunca será madre del todo porque habrá perdido un hijo y una letra en el camino y la leche, que es un dulce alimento, tiene menos fuerza que la sangre y termina por marchitarse como una margarita de papel. Ahora las madres de alquiler son otras y los modos distintos: hogaño se arriendan úteros, se venden óvulos, se traspasan espermatozoides, se ceden matrices. La leche ya no se cotiza en el mercado de los afectos; ahora se compra en polvo y a lo loco en las farmacias, porque la vida no necesita receta.
La habitación de la nodriza, el cuarto del ama, siempre olerá a recién nacido y a lucha por la vida; aunque se limpie y vacíe una y otra vez, siempre se quedará olvidado un sacaleches en una esquina, un chupete perdido en un cajón, un sonajero en un altillo, una pezonera en un baúl. Las nodrizas de Santander, las amas de cría de los años cuarenta, no se marchan nunca del todo y aunque se mueran a chorros y en silencio retornan a su habitación para cantarles nanas a sus hijos muertos y darle el pecho al niño escuchimizado que se quedó olvidado en la cuna, al niño aquel que ahora, cincuenta años después, es un notario calvo en Badajoz. . Δ