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La habitación de atrás

Escrito por José Manuel Vilabella 08 Mayo 2009
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En todas las familias cuecen habas y en todas las casas hay -o ha habido- una habitación de atrás, donde todavía ahora, después de tantos años, retumban los insultos de Isidoro y se oyen los sollozos de Margarita. La habitación de atrás
En la habitación de atrás vive el horror y se refugia el espanto, los gritos se hacen odiosos y florecen las interjecciones, las palabras se acotan entre admiraciones y la conversación se diluye, el amor se deshilvana y las canciones se convierten en tristes ristras de puntos suspensivos, en un sinfín de collares de lágrimas.
El amor y la familia se hacen grandes en el comedor de los domingos, sueñan en el cuarto de los baúles, se ríen en la cocina, se fortalecen en el cuarto de estar, se multiplican en el dormitorio y se dicen adiós en el descansillo, pero la familia se destruye en la habitación de atrás cuando el desamor, que es un asesino cruel, se agazapa entre las sombras del pasillo y devora poco a poco a los miembros del clan hasta dejarlos heridos de muerte. A las familias no las mata el tiempo sino el tedio, el aburrimiento de la habitación del fondo, la ira del cuarto de atrás, la violencia de las estancias del sur.
-Cierra la ventana de la habitación de atrás que entran los malos augurios y las tristezas -decía la abuela Consuelo, y el abuelo Fernando, que había perdido un hijo en el Titanic, corría raudo y veloz para ganarle la carrera a la melancolía.
Los naufragios A las familias no las mata el tiempo sino el tedio, el aburrimiento de la habitación del fondo, la ira del cuarto de atrás, la violencia de las estancias del sur. familiares se originan siempre en los cuartos del fondo, en la habitación de atrás. Llega la ventolera de la desgracia sin avisar y parece un tifón con nombre de mujer cuando se lleva la armonía por delante; la tormenta se viste a veces de pasión y en ocasiones de bostezo, se disfraza de grito o de asco, de engaño y de náusea, de traición y de despego, de avaricia o de lujuria; las familias se hacen añicos y el afecto se convierte en odio sin que los amantes se den cuenta y las culpas no las tiene nadie; son las manchas de humedad de la habitación del fondo que parecen caballos al galope; son los desconchones de las paredes que se disfrazan de nubes negras; es el ventanuco que da al patio de luces y los gritos que resuenan y es el sur, es el viento cálido del sur, el maldito sur que se cuela por todas las rendijas y convierte el hogar en un desierto que cruzan con parsimonia caravanas de beduinos, manadas de camellos que defecan en el salón y acampan a sus anchas en el descansillo.
Los arquitectos proyectan pisos sin pasillo para que ningún camino conduzca a la habitación del atrás; quieren eliminar los rincones atroces de la habitación del fondo, la ira de los cuartos oscuros. Los arquitectos quieren matar al mensajero y tapiar las estancias malditas, camuflarlas de saloncitos por los que entre en sol del mediodía. Qué tontería. Las casas y las familias se remodelan cada día y tienen su vida propia; cada familia es como una bestezuela hermosa y feroz que galopa a su antojo por la casa; hay familias que vuelan y otras que aúllan de dolor, unas crecen y otras se extinguen, algunas se devoran a sí mismas y otras, como el toro, sienten la querencia de los tiempos perdidos y regresan a la puerta de chiqueros de su infancia antes de desaparecer para siempre. 
En todas las familias y también en todos los hogares hay un laberinto que conduce a las estancias del fondo, a la habitación de atrás en la que dormita el dragón del odio, la bestia que devora a sus crías. Recemos para que no se despierte el horror; tapiemos, si es posible, la habitación de los aullidos para que no vuelva jamás la melancolía. Δ