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La Biblioteca

Escrito por José Manuel Vilabella 17 Julio 2009
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Aunque las casas de antaño, sobre todo las casas de la gentecita bien, tenían pocos libros y casi todos escritos en francés, las familias no podían prescindir de la biblioteca, que era una habitación donde no se podía levantar la voz, tal vez porque como tenía el aire catedralicio de los templos del saber la presidía un busto de escayola de un engolado don Miguel de Cervantes, el ilustre autor del Quijote, muerto por la patria de hambre, miseria, cabreo y decepción.
La BibliotecaLas viudas españolas, que son muy suyas, han tenido desde siempre una idea muy clara de lo que había qué hacer con los libros del difunto y en cuanto se le administraban al enfermo los santos óleos y el médico advertía que había que ponerse en lo peor, se empezaban las gestiones con el ropavejero de confianza, o con el librero de lance de la esquina, para que, por cuatro perras, se llevase los libracos de Manolo, que tanto desordenan, que la casa, amor, con tus papeles parece una anarquía. Y los libros, sí, salían de la casa por la ventana y de tapadillo, al mismo tiempo que el muerto, y si éste se iba el más allá a esperar pacientemente lo de la resurrección de la carne, sus papeles se quedaban en el más acá y se desparramaban por las bibliotecas ajenas, y del difunto quedaba el recuerdo de su testarudez cultural, de sus ensimismamientos de poeta, y de la ausencia de sus libros el alivio de los estantes vacíos, el espacio ganado, palmo a palmo, a la sed de cultura del pobre Manolo, que ya sabes cómo era con esa tonta manía de escribir sonetos como un loco.
La biblioteca, la habitación perdida para siempre jamás, tenía el prestigio de lo culto, el misterio de lo superfluo, el encanto de lo ajado. La biblioteca, que era un naufragio triste, se nutríaLas viudas españolas se desprendían con alegría de los libros del difunto, pero no renunciaban jamás a la biblioteca y al atril de la biblioteca, donde un libro abierto y mal herido esperaba, también, a ser recibido -e, incluso, a ser leído- por un lector anónimo que nunca acababa de llegar. de otros naufragios remotos, de los restos de otras bibliotecas de la familia: los libros de Teología del tío Luís que había querido ser cura y terminó regentando una sala de juegos en las Antillas; las revistas pornográficas del primo Pepe, el danzarín alicantino, desaparecido en la batalla de Brunete; los manuales de corte y confección de la prima Isadora, que tenía unas manos primorosas para el punto de cruz; los números amarillentos de La Estampa y de Blanco y Negro que describían con pelos y señales las luchas con el yanqui y el moro, la ira del teutón, la desmesura del lusitano y el desprecio del francés. La biblioteca era una habitación que tenía algo de aparcamiento de visitas principales, de salita de espera para gentes finas y distinguidas. Lo mejor de la biblioteca era su nombre, la aureola de su prestigio de templo cultural. "Marcelina, haga pasar al señor a la biblioteca", decía mi abuela Consuelo con aires de grandeza, y el caballero de fina estampa esperaba, sentado en una butaquita carmesí y en la biblioteca, a ser recibido por el cabeza de familia. Las casas estaban amuebladas más que para vivir para recibir, y sobre todo, habían sido construidas para que las visitas esperasen a ser recibidas. La estimación y la urbanidad pasaban por los tiempos de espera y por las salitas donde se esperaba; era la liturgia del tiempo y el espacio, la geometría de las buenas maneras, la esmerada educación con sus parabienes y sus desaires. Se podía esperar dulcemente en la biblioteca, pero también, ay, se podía mortificar a las visitas haciéndolas esperar en el descansillo, de pie, con el sombrero en la mano, con el abrigo puesto, a media luz, con el lacerante dolor de los que esperan ser recibidos pero que se les dice, se les grita, que aunque se les reciba no se les recibe bien porque no son bien recibidos.
Las viudas españolas se desprendían con alegría de los libros del difunto, pero no renunciaban jamás a la biblioteca y al atril de la biblioteca, donde un libro abierto y mal herido esperaba, también, a ser recibido -e, incluso, a ser leído- por un lector anónimo que nunca acababa de llegar. El libro, las visitas y el busto de Cervantes saben, por experiencia, que si España llega, llega siempre a deshora y sin avisar, por eso, pacientemente, la esperan sentados en el lugar más surrealista de la casa: en una biblioteca sin libros, en una habitación vacía. Δ