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El tabique

Escrito por José Manuel Vilabella 28 Enero 2010
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Para solucionar la falta de espacio y ponerle remedio a las estrecheces no había más remedio, tarde o temprano, que mover el tabique.
El tabique”María, ha llegado el momento de que el niño tenga su propio dormitorio”, decía con aire solemne el padre de familia.
Y se tomaba una decisión heroica y trascendental. O sea, se mutilaba el salón, se reducía el recibidor, se modificaba el pasillo, y el milagro era posible gracias al tabique.
El tabique se ponía y se quitaba y las casas aumentaban de tamaño según las necesidades de la familia y las habitaciones se estiraban y encogían como la tripa de Jorge. Los inquilinos se sentían arquitectos diseñando tabiques, proyectando paredes de quita y pon. A las gentes de antes les ilusionaba dibujar su mediocridad futura en un papel porque eran pendolistas de su propia miseria y se decían a sí mismos con aires de grandeza: "Pongo un tabique aquí y me sale un salonazo de dos por dos que va a dar gloria verlo".
El tabique, que a primera vista parecía una pared pequeñita y sin ninguna importancia, tenía dentro, en sus entrañas, una montaña de cascotes, un camión de escombros; cada tabique que se tiraba era como la extracción de la muela del juicio y el albañil que manejaba el pico y sudaba copiosamente aseguraba que el colega que había levantado aquel muro no había escatimado cemento, que menuda obra, que aquel tabique era de confianza y no como otros que él había conocido y al final la desaparición de la pared era como la marcha de un hijo y nos dejaba en el alma un regusto de tristeza y un interrogante en el aire: ¿Habíamos hecho bien demoliendo un tabique tan bueno?
La solidaridad de los vecinos se demostraba, Al tabique se le visitaba como a los enfermos y se le decían cumplidos de hospital: que tenía muy buena pinta, que estaba muy derecho, que hacia mucho servicio, que menudo tabique.sobre todo, padeciendo con resignación cristiana la destrucción del tabique ajeno. El ruido era ensordecedor y los obreros que se llevaban los cascotes iban dejando un reguero de polvillo y diminutos trozos de ladrillo que se colaban por todas las rendijas y ponían perdidas las cómodas, las cornucopias, los espejos; eran restos del difunto, las reliquias de la pared que se resistía a marcharse de la casa que la vio nacer, que no quería irse al vertedero y a abandonar su hogar, que cuando llegan a viejos los hombres y las paredes no hay nada como la casa de uno. Los edificios son de los vecinos que los habitan y también de los materiales que los forman; las maderas, los hierros, los ladrillos, el cemento y la grava pierden su identidad, se descosifican y se funden y forman un todo indivisible e irrepetible. Cada edificio tiene su número y su nombre, cada casa tiene su alma de campana, su voz profunda de botijo jubilado y ronco; las casas se mueven, crujen, bostezan y cantan sus desgracias por martinetes. Hay pisos compasivos y mansiones crueles, hay pasillos que atemorizan a los niños, patios de luces que se tragan a los poetas, cuartos de baño que pervierten a las adolescentes, huecos de escalera que llaman de tú a los suicidas, balcones que gritan, portales que aúllan. Hay casas que nos hacen felices y otras nos apuñalan por la espalda; hay habitaciones donde lloran las parejas y cuartos de estar donde se oyen las palabras de Gardel, suena al bandoneón arrabalero y los fantasmas bailan un tango que nunca se termina.
El tabique, al final, era el tabique de todos; era como un cuñado de la comunidad de vecinos, como un primo gritón y algo molesto.
--¿Qué tal el tabique?- preguntaban los vecinos con curiosidad.
--Muy bien ¿Y usted?- contestaba, muy fino, el interesado.
Al tabique se le visitaba como a los enfermos y se le decían cumplidos de hospital: que tenía muy buena pinta, que estaba muy derecho, que hacia mucho servicio, que menudo tabique.
El tabique es un hito en nuestra vida y forma parte del calendario de la familia. El año que Adelilla y José hicieron la primera comunión, la primavera en que se murió el tío Manolo, el fin de semana que operaron de la vesícula al abuelo Antonio. Y tenemos, también, el año que movimos el tabique y surgió, como por arte de magia, la diminuta habitación donde Ana, mi hija, nuestra hija, estudio la carrera de Derecho. Δ