Otros Voces Las Habitaciones Perdidas El recibidor

El recibidor

Escrito por José Manuel Vilabella 22 Enero 2009
( 4 Votos )
Imprimir
El recibidor 5.0 out of 5 based on 4 votes.
En el recibidor se recibía, sí, pero se recibía a medias, provisionalmente, de mala manera, de pie. "Dice el señorito que no puede recibirle; que venga usted otro día", decía la sirvienta con una insultante sonrisa en los labios y con una solemne reverencia  invitaba a salir al visitante y le daba con la puerta en las narices. El recibidor
En las casas de antes se recibía con cortesía y se ofendía al prójimo con educación; las buenas maneras obligaban a decir las groserías con delicadeza de orfebre, a ser duro con estilo impecable. La caballerosidad se notaba en el exabrupto y en el pescozón, en la patada en el culo y en el retintín con que se decía que el señor dice que no está y que nunca jamás estará para usted. El revés de las buenas maneras no eran las malas maneras, porque la educación es cómo se dicen las cosas y no las cosas que se dicen; la urbanidad es una cuestión formal que afecta al continente y no al contenido; la educación es el casco, la botella, el envoltorio de las palabras duras, el terciopelo con que se envuelven los conceptos desagradables. Se puede ser un perfecto canalla y actuar con modales exquisitos y viceversa.
Las casas de antes estaban diseñadas, sobre todo, para la vida social, para recibir. Se recibía en el salón, se atendía a las visitas en la biblioteca, se mantenían finas charlas en la salita de recibir -lo que los mejicanos llamaron después "platicar en la recámara"- y se ofendía a las personas no gratas en el recibidor con la indiferencia de la gentecita bien, con la cortesía cortante y helada de los que saben abofetear sutilmente y como Dios manda a sus amigos.
La casa era un ámbito social, un mar privado por el que se navegaba a lo largo de la vida. La amistad viajaba en el tiempo y en El recibidor era un espacio para el desaire, donde se dejaban los paraguas y los sombreros, una zona fronteriza donde se cruzaban los caminos y las corrientes de aire y se formaban las borrascas y se pillaban los constipados y los disgustos de muerte.el espacio y el espacio de la amistad eran las habitaciones cerradas a la vida cotidiana que se abrían solemnemente a los demás para que el roce hiciese el cariño, para que los conocidos se convirtiesen en amigos íntimos y éstos en parientes cercanos, en suegros, en yernos, en cuñados. Don Manuel se transformaba en Manolo cuando, en lugar de recibirlo en salón, le invitábamos a pasar a la cocina y él lo hacía con desenvoltura y como Periquillo por su casa. Nos pasábamos la vida viajando por el pasillo y el lenguaje, íbamos del coro al caño y del recibidor a la cocina, del don José al Pepe, de la reverencia al tuteo; envejecíamos entre finuras y parabienes, administrábamos el ocio que nos dejaba libre el negocio de cada día charlando del tiempo y del pasado, sobre todo del pasado, y como éramos un poco cursis al pasado le llamábamos el otrora, que es una forma menos poética pero más distinguida de referirse al tiempo perdido, que para nosotros había sido mejor, mucho mejor, que el porvenir, porque había sido dulce, esplendoroso e injusto.   
El recibidor era un espacio para el desaire donde se dejaban los paraguas y los sombreros, una zona fronteriza donde se cruzaban los caminos y las corrientes de aire y se formaban las borrascas y se pillaban los constipados y los disgustos de muerte. En el recibidor se quedaban remoloneando los holas y los adioses; allí se enjugaban las lágrimas de las despedidas últimas y se deshilvanaban los suspiros. En semejante sitio habíamos visto por última vez a la abuelita Consuelo y allí se había despedido para siempre el tío Pepe, el que desapareció en Brunete. Por la mirilla de la puerta y desde el recibidor, se veían las afueras de la escalera y del descansillo, estaban los espacios infames: donde esperaban los repartidores, donde salmodiaban desgracias los mendigos, donde el vendedor de miel de la Alcarria pregonaba su mercancía, donde el afilador de Celanova chiflaba sus habilidades. Y más allá de la portería, al otro lado de la frontera del portal, estaba la gente y la calle, estaba la vida y la jungla de la lucha por la vida. Δ