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El portal

Escrito por José Manuel Vilabella 29 Diciembre 2009
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El portal era el mascarón de proa de la casa, la última habitación de la comunidad de vecinos, donde se terminaba la escalera y confluían todos los pasillos que tendían a alejarse, a perderse en el infinito. Más allá del portal estaba la calle y sus peligros, estaba la vida.
El portalEl portal era una metáfora, un eufemismo, una forma de hablar. Había que estar a las diez en casa y a las nueve y media en el portal. La decencia y el pudor, sobre todo el pudor, pasaban y desfilaban por el portal; el prestigio y la mala fama se acuñaban en aquella habitación común y mal iluminada donde periódicamente se reunían los vecinos para decidir de qué color se pintaba la escalera y cuánto había que subirle el sueldo a Petra, a la portera.
En épocas de intolerancia la frontera de la libertad se localiza siempre en el portal. Existen los besos de portal y los elocuentes oradores de descansillo, los mitineros de junta de vecinos que hacen guantes debatiendo el presupuesto de la escalera esperando tiempos mejores, porque la virginidad y la inocencia política se pierden en semejante sitio, que el portal era una catacumba donde la oposición se entrenaba para tomar el poder el día de mañana y las pasiones desatadas se apagaban de tapadillo en los recovecos del fondo. En el portal perdió varias veces la virginidad la prima Isadora y en el portal nos despedimos para siempre del tío Pepe, el bailarín de tangos que se iba a morir a Brunete con la alegría inconsciente de los danzantes, de los mariquitas heroicos. Las despedidas, los pecados, las libertades y los amores de portal se quedan grabados en la memoria y nos acompañan durante toda la vida; forman parte de nuestros recuerdos íntimos, de nuestra memoria compartida. Uno pertenece a una familia y a una historia, pero sobre todo Las despedidas, los pecados, las libertades y los amores de portal se quedan grabados en la memoria y nos acompañan durante toda la vida; forman parte de nuestros recuerdos íntimos, de nuestra memoria compartida. se es hijo de un tiempo y de un paisaje; la patria es la familia y la crónica de nuestra parentela se desarrolla en el recuerdo falso que tenemos de las habitaciones perdidas, en el deambular por aquellas estancias fantasmales que ahora se nos antojan enormes pero que en realidad eran diminutas. La patria, sí, es la familia y el paisaje y a veces es el paisaje de la familia en el portal, correctamente vestidos todos sus componentes, con lágrimas en los ojos, con un ligero temblor en la mano y una amargura honda en el corazón. Qué triste es el gesto del adiós definitivo, el último hasta luego, el me voy concluyente de los que se van de verdad y, sobre todo, qué patéticos resultan los adioses al aire libre sin la protección de la luz eléctrica, sin el maquillaje de las sombras conocidas y amadas de las habitaciones de la infancia; el horror empieza cuando se acaban los adioses y empieza el hola ¿qué tal? con gentes desconocidas; las ausencias empiezan siempre entre la calle y el recibidor, en la cegadora luz del portal.
A primeras horas de la mañana el portal olía a jabón y a lejía y Petra empapelaba el suelo con hojas de periódicos añejos, con noticias del mes pasado o del año anterior, para que los vecinos pisásemos los sucesos que ya eran historia. En el portal leímos por primera vez a Gómez de la Serna y a Camba y nos enteramos con retraso de la caída de Berlín. Los vecinos íbamos de hoja a hoja, saltábamos como caballos en un enorme tablero de ajedrez persiguiendo las crónicas de guerras lejanas y pasando revista a las esquelas y a los muertos conocidos; los periódicos viejos tienen algo de profetas y están llenos de futuro, que la historia es circular y los tiempos se repiten y los vecinos buscábamos noticias de nosotros mismos y alguno encontró en aquellas hojas desordenadas, en aquella alfombra de periódicos desmembrados que Petra colocaba al buen tuntún, la noticia de su propia muerte, la crónica de su óbito repentino; algún vecino se enteró, en el portal, de que sólo era un fantasma.
El portal por la noche se ensuciaba de olores de sardinas asadas, de frutas rancias y leche ácida; las miserias, las mixturas, las hambrunas de los años cuarenta quedaban esperando en el portal a que llegase la amanecida y los barrenderos; eran tiempos y olores tristes y todos sabíamos que el portal era una metáfora y la familia un eufemismo. Δ