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El palomar

Escrito por José Manuel Vilabella 11 Diciembre 2009
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El palomar, con los años, ha ganado prestigio y altura y se ha convertido en torre almenada, en observatorio privilegiado, en minarete. 'Desde lo alto del palomar se veía el mar', mentimos todos a sabiendas de que no engañamos a nadie.
El palomarDel palomar sólo queda el prestigio del nombre y la idea de la paloma, la bestezuela bondadosa que se vino a la plaza de la ciudad y abandonó el campo y a los campesinos y que, como nosotros, se hizo pacifista y urbanita.
El abuelo Dositeo requirió de amores a la abuela Encarnación y le declaró su pasión en cartas que le enviaba a Meira por medio de una paloma mensajera. El abuelo Dositeo trataba a su amor de usted y le llamaba distinguida señorita y la abuela, para hacerse valer, mataba a la mensajera y se la comía en pepitoria; eran tiempos de amor y gastronomía, de epístolas desesperadas, idilios accidentados y de cierto desprecio en el querer; las doncellas, entonces, eran muy suyas y algo feroces y no se doblegaban fácilmente.
Abandonaron el campo y escogieron el palomar como símbolo del paraíso perdido y nosotros lo adoptamos como propio; nos apropiamos de las nostalgias agropecuarias de la familia, de la melancolía aldeana de nuestros mayores. El palomar, el palomar, qué alto era el palomar. El palomar no para de crecer y crecer y en el año dos mil mis nietos lo habrán convertido en un rascacielos y se lo dejarán a sus hijos como herencia sentimental. El campesino que llevamos dentro tarda varias generaciones en morir; languidece en la ciudad y se comporta como un urbanita y parece talmente un hombre de asfalto, pero cuando ve las palomas bobaliconas en la plaza se siente tan perdido como ellas y se acuerda de su lugar de origen, del pueblo, de la soledad, de las historias viejas, de los ruidos perdidos: el zureo, el gruñido, el rebuzno, el mugido; se acuerda del palomar. El campesino que llevábamos dentro es, todavía, después de tantos años, un extranjero en la ciudad.
Todos los sitios inaccesibles pierden su nombre y se rebautizan como el palomar.Del palomar sólo queda el prestigio del nombre y la idea de la paloma, la bestezuela bondadosa que se vino a la plaza de la ciudad y abandonó el campo y a los campesinos y que, como nosotros, se hizo pacifista y urbanita. El palomar es el altillo y el último estante de la librería, el espacio aéreo que está más allá de la cumbrera, donde los niños colocarían las veletas y al gallo oxidado que les señala el camino a los vientos sin rumbo. El palomar, con los años, ha dejado de ser un refugio y se ha convertido en un concepto. Y todas las palomas libres y abandonadas son nuestras y sólo esperan una señal para volver al campo perdido, para retornar con todos nosotros a Tiroco, para volver a casa, al palomar.
El abuelo Dositeo, que tenía alma de contador de historias y mentía como todos los poetas, contaba que una tarde llegó el Espíritu Santo al palomar de la familia herido de muerte, con las plumas ensangrentadas y una pata quebrada; era una paloma vieja y cansada que había visto y volado demasiado y tenía en los ojos la tristeza de los viajeros y el miedo de los ancianos desvalidos. El Espíritu Santo se murió en los brazos del abuelo Dositeo y él lo enterró en el jardín sin latines y apenas solemnidades y como el que entierra a una paloma mensajera. "El mundo está loco porque Dios ha muerto" dijo a partir de entonces, y algo de razón tendría porque días después estalló la guerra civil y los españoles hicimos muchas insensateces, el tío Pepe se fue a morir a Brunete y la prima Isadora partió para las Américas para dedicarse a la vida musical. El abuelo enseñaba a las visitas la tumba de Dios -él le llamaba el santo sepulcro de la familia- y si algunas veces la situaba al lado de unas ortigas, otra aseguraba que estaba debajo de un pino y en ocasiones juraba que el lugar exacto era en centro de un hermoso patatal; eran despistes de poeta, pequeños olvidos de contador de historias. Desde lo alto del palomar no se veía el mar pero nosotros nunca perdimos la esperanza de encontrarlo, desorientado y perdido como una paloma, en aquel punto lejano del horizonte. Δ