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El invernadero

Escrito por José Manuel Vilabella 05 Junio 2008
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Como hacía tanto frío en la calle y dentro no teníamos calefacción, todos soñábamos con tener un invernadero para cultivar plantas exóticas y árboles tropicales.
Las Habitaciones PerdidasNuestras obsesiones, además de sexuales, sociales, gastronómicas, educacionales, culturales, musicales, pictóricas y políticas, eran agrícolas y ganaderas, y el que más y el que menos fantaseaba con instalar una selva tropical en el descansillo, una plantación de cocos en el recibidor, un naranjal en la terraza, una selva de aguacates en el retrete y como la dura realidad se imponía, le llamábamos el invernadero a un cuartito orientado al mediodía que estaba bañado por el sol y en el que prosperaban las begonias y tardaban en morir las hortensias.
¡Cómo me gustaba llamar invernadero al cuchitril aquel bañado por el sol! Mi abuelo Dositeo, que había regresado de La Habana pobre y cantarín, elegante y fantaseador de frutos y árboles, contador de historias y cronista de revoluciones, inventó para mí nombres de lugares inexistentes, árboles que Dios se dejó en el tintero y caudillos rebeldes que jamás hicieron la revolución. En todos los invernaderos, y el nuestro no podía ser una excepción, alienta siempre la nostalgia de lo imposible y el recuerdo de los climas lejanos. Mi abuelo Dositeo inventó para mí una Habana literaria, parecida a la de verdad, una ciudad imaginada y a la que tanto quiero y una habitación amueblada con naranjales, piñas jugosas, bananeras, plantaciones de azúcar. Mi abuelo tarareaba sin melancolía las habaneras de su juventud y me dejaba su nostalgia sin saber que lo hacía; me dejó el ritmo del son, la cadencia enloquecida del danzón y de la salsa como el que regala, generosamente y sin darse importancia, una navaja de cachas de nácar. Aunque no eran tiempos de mudanza empezó un éxodo hacia la habitación del fondo, una emigración interior de todos los miembros de la familia hacia el invernadero. Decían que venían por el sol de mediodía, pero yo creo que lo hacían por las historias y las canciones, por la esperanza agridulce de la habanera y la tristeza de La Habana y todos terminamos apretujados en el cuchitril contando historias de caudillos invictos, de gentes analfabetas que morían descalzas por la patria gritando ¡Viva Cuba!. Nosotros, que habíamos sido los malos de la película, recordábamos sin rencor a aquellas buenas personas que nos habían pasado a cuchillo y nos mandaron al otro mundo a criar malvas, o nos devolvieron al viejo continente, a Europa, a la habitación de atrás, al invernadero. Ellos eran nosotros y nosotros éramos ellos, víctimas y victimarios confundíamos la violencia con la ternura y trastrocábamos los recuerdos y ya que el odio que dejan las contiendas nos impedía abrazarnos, nos encontrábamos en la música y nos hacíamos con el tiempo parientes de pentagrama, primos de estribillo, hermanos de Habana y habanera.
En todos los invernaderos, y el nuestro no podía ser una excepción, alienta siempre la nostalgia de lo imposible y el recuerdo de los climas lejanos. En los invernaderos queremos engañar al naranjo y a la orquídea y tomar el pelo a la lechuga y convencer al tomate para que nazca fuera de temporada y en tierra extraña, como si el tomate fuera tonto y no entendiera de primaveras marchitas y de ventoleras otoñales. Y por eso los tomates de invernadero son algo insípidos y parecen cubanos del exilio, gentes que cantan el son, y desafinan sin pudor en el cuchitril de atrás cuando entra por el ventanuco el sol del mediodía, la canícula de las Antillas.
No eran tiempos de mudanza ni de exilio, la diáspora familiar todavía no había empezado pero todos nos reuníamos en el invernadero para ver morir al sol y hablar de los naranjales de la familia, de las plantaciones de caña que nunca habían existido. Yo creo que como el pasado aquel era un invento de mi abuelo, lo que hacíamos alrededor del brasero era recordar el futuro y curarnos de paso los sabañones.