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El desván

Escrito por José Manuel Vilabella 05 Marzo 2009
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Hace años que no subimos al desván porque ahora las viejas maletas y los chirimbolos inservibles los dejamos en el trastero, que es un cuartucho sórdido, un habitáculo sin grandeza donde nunca se escribirán obras maestras de la literatura universal, como ocurría antes en las buhardillas parisinas o parisienses, que uno no sabe muy bien cómo debe llamarse a los palomares donde los románticos del otro lado de la frontera se pegaban un tiro en la sien.
ElEl desván desván era el lugar más misterioso de la casa y allí, precisamente allí, fue donde aprendimos a estar solos y a soñar insensateces de poeta. Uno se iba al desván como a un convento, se subían las empinadas escaleras con pasión y devoción de educando de banda para imaginar que se estaba en un palafito y durante un unos minutos, justamente hasta la hora de la merienda, se disfrutaba de la libertad del ácrata, de la soledad del náufrago, del silencio del anacoreta, de la felicidad del inocente. Más allá del desván estaban las palomas de Dios y Dios en persona, estaba don Francisco de Quevedo y don Emilio Salgari, habitaba Ava Gadner y se desnudaba doña Marilyn Monroe y los días claros se veía el mar y las noches ventosas sonaban las trompetas de la resurrección universal. Qué felices fuimos en el desván sin saber que éramos felices, sin notarlo siquiera en la piel.
En las habitaciones de la casa las objetos se rompen, las telas se rasgan y los muebles se ajan, porque el tiempo hace viejos a las personas y añicos a las cosas y sólo el desván nos devuelve ciento por uno y el mueble cochambroso que el abuelito sube a la buhardilla, el nieto lo recupera medio siglo más tarde convertido en una antigüedad que vale un capitalito. El desván es como el mar y está repleto de galeones hundidos y de valiosos tesoros. Todos los años alguien encuentra en los desvanes del mundo cuadros de Velázquez y de Goya, aparece un soneto de Góngora, una carta autógrafa de Lorca, un sombrero de Antonio Machado, una pluma de Picasso y un zurbarán que después resulta que no es de Zurbarán. En los desvanes del mundo es donde los niños sueñan y se producen los milagros y las tormentas. Las casas se desbordan siempre por el desván y un ¡Oh! de admiración sale de todas las gargantas y a la portera le da un vahído por la emoción. En Buenos Aires, concretamente en la calle Corrientes, 3,4,8, segundo piso, ascensor, Más allá del desván estaban las palomas de Dios y Dios en persona, estaba don Francisco de Quevedo y don Emilio Salgari, habitaba Ava Gadner y se desnudaba doña Marilyn Monroe y los días claros se veía el mar y las noches ventosas sonaban las trompetas de la resurrección universal. aparecen todos los meses docenas de cuentos de Borges, legajos y legajos de maravillosas historias que el fabulador argentino manda desde el más allá, vía desván, ante la imposibilidad de utilizar el fax y es que hay escritores que aunque se empeñen en morirse una y otra vez, no se mueren nunca y se quedan a vivir la vida eterna en el desván de los amigos.
En el futuro, cuando Santiaguiño, el nieto del abajo firmante, sea un anciano caballero, los desvanes del siglo XXI desentrañarán los secretos del milenio agonizante y aparecerán los papeles perdidos: la novela inédita de Camilo José Cela, los poemas de amor de Antonio Gala, los cuadros abstractos de Antonio López, las confesiones de los asesinos de los Marqueses de Urquijo. Los románticos de antes embotellaban sus mensajes y se los confiaban al mar y Neptuno se quedaba con todos los paquetes porque el océano es un pésimo cartero y sólo entrega una de cada mil de las cartas que recibe. En España sólo aparece lo que se queda olvidado en el desván; lo que se guarda en la caja fuerte, se atesora en los archivos o se confía a los museos termina por desaparecer y si no se lo comen las polillas se lo engulle la trampa, lo trinca el vigilante, lo afana el director del centro.
Los viejos chirimbolos que almacenamos en los trasteros nunca se harán antiguos y jamás valdrán un capitalito como las cornucopias del desván, como las sillas de caoba que nuestros abuelos guardaron en la buhardilla. Ana Frank, la niña judía que gasearon los nazis, dejó la crónica de sus miedos olvidada en el altillo y Pessoa sembró sus escritos por las buhardillas de Lisboa y aunque ambos eran navegantes solitarios sabían que tarde o temprano figurarían en las enciclopedias, porque la gloria siempre encuentra y redime a sus hijos perdidos y el ángel de la guarda salva, en el último minuto, a los náufragos del desván. Δ