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El Descansillo

Escrito por José Manuel Vilabella 17 Septiembre 2008
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Revista FUSION - El Descansillo | Las Habitaciones Perdidas El descansillo no era una habitación de nuestro piso pero nos pertenecía en cierto modo. "Niño, vete a jugar al descansillo", se decía en los años cuarenta y el niño salía y se sentaba en la puerta de su casa a merendar el bocadillo de membrillo.
Las habitaciones perdidasAquel espacio común, que tenía algo de escalera y de patio de luces, aquel cuarto con alma de portal, con voz de hueco de escalera y vocación de refugio, lo amueblábamos con el felpudo que era como una lengüeta que la casa sacaba al exterior para comprobar si continuaba el miedo y la ventolera y si se oían los pasos amenazadores en la madrugada.
La gente que vivía en un quinto piso sin ascensor descansaba, qué remedio, en el descansillo, cuando subía con aires de escalador y resignación cristiana hasta su casa, hasta su palafito de las alturas. Entonces los primeros eran pisos finos y los segundos lugares distinguidos, los terceros viviendas de clase media, los cuartos lugares para gentes de medio pelo y a partir del quinto y hasta la buhardilla vivían las clases populares. Las gentes estaban separadas por barrios y por alturas y unidos por la escalera común que tenía algo de calle mayor y de cordón umbilical de la comunidad de vecinos. La vida íntima y el grito desgarrado resonaban por el patio de luces y la finura y las cortesías subían y bajaban por la escalera y se materializaban en las conversaciones del descansillo. "Adiós, don Antonio". "Adiós, don José", se saludaban los vecinos sombrero en mano y con una sonrisa en el rostro.
La llegada del ascensor trajo la independencia y las prisas, las entradas apresuradas y las salidas a todo correr del portal. El ascensor terminó con la vida social de la escalera, que era, para algunos, la única vida social que tenían. El ascensor trajo la comodidad y revalorizó las alturas y las vistas panorámicas y se llevó para siempre las señas de identidad de los vecinos. Los señores de Álvarez empezaron a ser los del quinto y don Antonio García se convirtió en ese señor bajito que vive en el tercero. Qué horror.
Todo cambió en la casa excepto el felpudo del descansillo que sigue siendo el mismo. Hay un mundo nocturno y madrugador que va y viene por el descansillo, una toma y daca de felpudo, eficaz y anónimo y también mágico y triste. Hace veinte años que alguien me deja el periódico en el felpudo cada amanecer y nunca le he dado las gracias por sus servicios, jamás he visto la cara del repartidor ni he tenido ocasión de agradecerle sus siete mil visitas nocturnas, sus siete mil servicios cumplidos. En el descansillo florecen los periódicos cada amanecida y en el descansillo desaparecer las bolsas de basura y las revistas viejas, los cartones de los embalajes, los chirimbolos inservibles, las botellas vacías, los jirones de esta vida que llaman del bienestar, de esta existencia que llaman del desarrollo económico.
Ya nadie descansa en el descansillo y cuando un pobre hombre se mete de rondón en la casa y duerme la mona en la escalera y echa un sueñecito reparador en el descansillo, cunde la alarma entre los vecinos y el portero llama a los municipales para que se lleven al intruso y le obliguen a devolver el sueño robado a la comunidad de vecinos, la tranquilidad hurtada con su presencia no grata de pariente pobre, con su estética obscena de transeúnte que busca sin esperanza la escalera de su infancia, el descansillo aquel que el viento se llevó.
Antes, sí, se salía a merendar al descansillo, porque había amistades de rellano, parentescos de portal, canciones de patio de luces y pasiones de descansillo. Uno se enamoraba de su vecina y la requería de amores junto al felpudo, sentados los dos en la escalera. La vecindad implicaba casi siempre intimidad y confianza, amistad y afecto. Los gritos y los suspiros subían y bajaban por el patio de luces y las damas y los caballeros se decían adiós en el portal, pero las amistades duraderas y los amores apasionados florecían, ay, en el descansillo.