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El cuarto de las fotografías

Escrito por José Manuel Vilabella 21 Octubre 2009
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Qué habitación más misteriosa y enigmática era el cuarto de las fotografías, y cuántas lágrimas nos costó pensar que teníamos el deber moral de clausurar aquel espacio dedicado a la nostalgia y al recuerdo de los antepasados.
El cuarto de las fotografías"¡El cuarto de los retratos, no!", gritaba la abuelita Consuelo cuando la caída de la Bolsa del 29 nos convirtió en gentes sin recursos, en clase media venida a menos que no tenía más remedio que madrugar para ir a la oficina; pero la ruina nos obligó a cerrar para siempre el cuarto del loro, la habitación de los armarios, la salita de recibir, el vestidor, la biblioteca, el cuarto de los relojes y aunque conservamos el cuarto de las fotografías fue un lujo extravagante de gentes decadentes que viven por encima de sus posibilidades.
Antes en las familias, cuando venían mal dadas, lo primero que se hacía era clausurar habitaciones, ponerle fundas a los sofás y al esplendor del otrora y esperar sentados y con la dignidad mal herida a que viniesen tiempos mejores.
En el cuarto de las fotografías teníamos revueltos a los antepasados, los teníamos archivados de cualquier manera, sin orden ni concierto y sólo los más viejos de la familia se convertían en archiveros de los recuerdos y sabían el quién es quién en aquel caos y de imágenes y sonrisas desvaídas.
Las fotografías de los parientes del sur, los retratos de los niños vestidos de primera comunión, los enormes álbumes de nácar con la crónica del evento en color sepia, terminaban tarde o temprano por almacenarse en el cuarto oscuro de las fotografías. Hay casas en las que se reúne la familia y cuartos en donde naufragan los retratos y donde los muertos se quedan sonriendo al objetivo vestidos de marinerito esperando que llegue el día de la resurrección de la carne. Pero hay muertos y muertos; hay muertos que saben esperar y En el cuarto de las fotografías teníamos revueltos a los antepasados, los teníamos archivados de cualquier manera, sin orden ni concierto y sólo los más viejos de la familia se convertían en archiveros de los recuerdos y sabían el quién es quién en aquel caos y de imágenes y sonrisas desvaídas.difuntos que se desesperan y se pasan la eternidad mirando el reloj de pulsera, consultando el reloj de sol, echándole ojeadas a la clepsidra, sobresaltándose con el sonido estridente del despertador del vecino. A los caballeros de las fotografías se les reconoce el dandismo, sobre todo, cuando están muertos, que la elegancia natural y las buenas maneras se quedan en este valle de lágrimas marcadas a fuego en las fotografías y en los daguerrotipos y si las familias de prosapia inmortalizan a sus antepasados con retratos al óleo que desafían el paso del tiempo, las clases medias dejan constancias de sus difuntos con retratos al minuto, que el tiempo y las modas sucesivas convierten en anacrónicos y amarillos.
No hay nada más placentero y triste que entrar en el cuarto de los retratos y echarle una ojeada a la familia. Las tardes de otoño son las más apropiadas para las clases de historia: "¿Quién es este señor de bigote, mamá?", preguntan los niños con esa curiosidad impertinente de los monaguillos. "Es el abuelo Fernando que murió en Venta de Baños gritando ¡Viva España!". "¿Y este señor tan elegante?", inquiere otra vez el pajolero niño. "Es el primo Pepe, que era bailarín de tangos y contador de historias y no se sabe muy bien si desapareció en Brunete, naufragó en el Titanic o se hizo proxeneta en las Antillas". Y es que hay gatos que tienen siete vidas y difuntos de la familia que tienen siete muertes, que desaparecen en el recodo de la crónica familiar, que se traspapelan en la memoria de las gentes, que se marchan al más allá a la francesa, sin despedirse, dejando tras de sí una leyenda que se agiganta con el tiempo. Los calaveras de la familia, las señoritas ligeras de casco, los muertos misteriosos y volanderos que dejan su sonrisa en la fotografía terminan por convertirse en los muertos preferidos de la santa infancia; los proscritos del árbol genealógico se convierten con el paso de los años en personajes novelescos que redimen a las familias del tedio de la respetabilidad, del aburrimiento del prestigio y nunca, jamás, se marchitan sus fotografías. Δ