Otros Voces Las Habitaciones Perdidas El cuarto de la plancha

El cuarto de la plancha

Escrito por José Manuel Vilabella 30 Diciembre 2008
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Las camisas se siguen planchando como entonces pero las planchadoras y las planchas ya no son las mismas. Todo ha cambiado a nuestro alrededor y los tergales han sustituido a los percales, las fibras sintéticas a los algodones de confianza y las sábanas de Holanda han muerto a manos de la ropa de colorines de Portugal. Las habitaciones perdidasEl fin del milenio ha traído la decadencia de la ropa blanca y ni en las mejores familias se planchan ahora las colchas bajeras y aunque nadie se cree eso de que la arruga es bella, todos disimulamos y fingimos estar de acuerdo con los árbitros de la elegancia para no parecer unos antiguos.    
Adolfo Domínguez puso de moda las arrugas de la chaqueta y Betty Davis justificó las patas de gallo y las diminutas arrugas de la comisura de los labios. Aleluya. La arruga es bella y cruel, impertinente y sincera; o sea, la arruga dice a voces, grita a los cuatro vientos, la obscena verdad que todos tratábamos de ocultar. Y ahora se puede ir elegante hecho una facha y, además, cuesta un capitalito parecer un pobre de pedir y vestir como un pordiosero porque los harapos se han puesto por las nubes. Los descolgamientos, barrillos, flaccideces, granitos, pecas y forúnculos que nos salen en la cara dicen los expertos que son la crónica de nuestra vida, la historia de nuestras pasiones, la relación puntual de nuestros amores y desamores; cada rostro es un libro que cuenta una historia; en cada arruga se refugia un recuerdo y en cada cana un suspiro y las decepciones, al herirnos sin misericordia, dejan una muesca en la piel y una heridita en el alma, que los tatuajes de la cara y los ojos tristes son los recuerdos que dejan los naufragios. Los caballeros dejaban de serlo cuando no llevaban perfectamente marcada la raya del pantalón o tenían una mácula en la camisa blanca; la elegancia se basaba en la geometría.
El que se hace un lifting y se plancha los pantalones se está marchando de sí mismo, se muda de alma, renuncia a sus pecados mortales, le dice adiós a sus perversiones infantiles y sus lágrimas ya no serán las mismas. El que se cambia de jeta se va a los mares del sur y no regresará jamás a Itaca y al afeitarse afeitará la cara de otro hombre y al mirarse a los ojos sabrá que habita un cuerpo alquilado porque es un reloj que hace tic tac en una caja ajena. Las caras estiradas tienen un no sé qué estático y patético y cada naricilla operada, diminuta y respingona, es una mutilación y una huida, un marcharse conmovedor, un irse de tapadillo. Sí, sí, la arruga es bella y triste como la vida, trágica y hermosa como el crepúsculo, heridora como los abandonos, cruel como la buena memoria, inútil como la verdad, sincera como la mala educación.
El cuarto de la plancha olía a almidón y a mujerío, a limpio de plancha y a sudor de planchadora. Qué aromas aquellos. Eran las planchadoras contadoras de historias truculentas, cronistas de crímenes espantosos y cada una, además, tenía una especialidad. Había planchadoras de puños y de pecheras, de cuellos y de perneras, de sábanas y de mantillas. "Que venga Marcelina a planchar la manga ranglan", se gritaba con desesperación y la fiel Marcelina acudía veloz a salvar el prestigio de la familia porque de las casas había que salir limpio, reluciente y bien planchado. Los caballeros dejaban de serlo cuando no llevaban perfectamente marcada la raya del pantalón o tenían una mácula en la camisa blanca; la elegancia se basaba en la geometría y en la simetría y la arruga afectaba tanto al honor del caballero como a la competencia profesional de la planchadora.
El primer amor, el despertar a los pecados de la carne, se producía siempre en el cuarto de la plancha y todavía hoy relacionamos el almidón con el sexo y buscamos en los perfumes de las señoras que se cruzan en nuestro camino, la huella de la habitación perdida, el aroma de las viejas pasiones. Δ