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El cenador

Escrito por José Manuel Vilabella 09 Febrero 2009
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El otro lado del comedor de los domingos, el envés del salón, el revés de la cocina, la habitación más lejana de las mansiones señoriales era, siempre, el cenador. El cenadorHay casas, grandes casas y casas con cenador. Una casa con jardín es un lujo pero si, además, tiene un cenador en el jardín es un lujo con nostalgia que sólo está al alcance de las familias pudientes y antiguas, esas que tienen un futuro imperfecto por delante, un escudo de piedra en la fachada y un pasado agridulce por detrás.
El cenador es un barco a la deriva que naufraga en el jardín, el lugar donde se refugia el padre de familia para mesarse los cabellos antes de pegarse el tiro en la sien cuando la Bolsa se cae con estrépito y se lleva, para no volver jamás, los dineros que con tanto esfuerzo hizo el abuelo Filiberto. El cenador es el habitáculo ideal para realizar los grandes gestos y pronunciar los discursos inútiles porque tiene algo de escenario y de teatro de títeres: "¡Oh, cielos, ya no tengo honra!". "¡Matilde embarazada y, además, de ese inmundo gañán!". "¡Si don Antonio, mi padre, levantara la cabeza!". "¡Qué tiempos, Froilán, qué tiempos!" En el cenador se amaba al galope y con torpeza, allí se pecaba con mucha precipitación y algo de alevosía. Era un lugar de encuentros y desencuentros, de palabras entrecortadas, de risas con sordina, de gemidos breves, de promesas falsas, de adioses con puntos suspensivos...El cenador era una habitación airosa y un poco cursi, un cuarto con aires de palacete y vocación de templete de música. El cenador vivía acosado por las hortensias y las adelfas, rodeado de rosales trepadores, perfumado por los jazmines y el galán de noche, observado por la palmera que vino del sur y protegido por el viejo magnolio de hojas brillantes que lo miraba desde allí arriba con ternura de árbol centenario y lo mimaba como se mima a un hijo.
En el cenador se cenaba de tarde en tarde pero, sobre todo, se soñaba a deshora y por él pasaban las perversiones de la familia; en semejante sitio se besaban en lo oscuro los novios por primera vez y se daban de tapadillo y con prisas el último abrazo los amantes imposibles y espurios: los primos mariquitas, el tío pervertido y la sobrina ligera de cascos, la criada ardiente y el señorito calavera, el preceptor y su pupila, el chófer y doña Lola. En el cenador se amaba al galope y con torpeza, allí se pecaba con mucha precipitación y algo de alevosía. Era un lugar de encuentros y desencuentros, de palabras entrecortadas, de risas con sordina, de gemidos breves, de promesas falsas, de adioses con puntos suspensivos...
Las historias secretas del cenador son siempre emocionantes y misteriosas y no se cuentan nunca ni a los más íntimos. Con los años, los pecados cometidos en el cenador se mezclan con los sueños de la infancia y al final no sabemos donde empiezan los unos y acaban los otros y el confesor, el que nos unge con los sagrados óleos cuando tenemos un pie en el más allá, no sabe si darnos la absolución por nuestras horrendas perversiones o echarnos una bronca por nuestras exageraciones de confesionario, por nuestras fantasías pecaminosas de última hora.
La decadencia de las grandes casas suele empezar por el abandono del jardín, por la llegada repentina de las malas hierbas y la aparición de las zarzas y las ortigas. Las azaleas se mueren de tristeza cuando les falta el abono y los lilos sin nadie que los pode crecen asilvestrados y montaraces; la selva cubre los caminos y el cenador, abandonado a su suerte y rodeado de plantas hostiles, es más cenador que nunca; jamás fue tan romántico ni tan hermoso y ahora sí que es un barco a la deriva a punto de naufragar, un navío, el navío  que nos lleva, desarbolado y triste, a merced de las tormentas de la vida; un barco sin piloto ni marinería que se hundirá una noche de ventolera como un Titanic estático y se quedará para siempre en el fondo del océano, en el profundo mar del jardín de nuestra infancia. Δ