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Porno en la cárcel

Escrito por Isabel Menéndez 25 Marzo 2009
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Cuando se aborda la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres se suele hacer hincapié en la necesidad de que ambos sexos cuestionen el modelo canónico de sexualidad. violeta.jpg
Los estereotipos de género definen la sexualidad masculina como urgente, impulsiva e incontrolable, lo que permite afirmaciones del tipo “los varones tienen más necesidades sexuales que las mujeres”. Hace tiempo que sabemos que es la cultura y no la biología la que ha construido ese modelo y que, paralelamente, se ha educado a las mujeres para que su sexualidad sea subordinada y, sobre todo, invisible. Esta reflexión es necesaria, como es obvio, si queremos avanzar en la erradicación de la violencia de género, una de cuyas manifestaciones es la agresión sexual.
Sin embargo, los esfuerzos en el terreno educativo se enfrentan una y otra vez a las contradicciones de una sociedad que no parece tener grandes deseos de cambiar. Así las cosas, no me sorprende una noticia reciente en la que se aseguraba que la Agencia de Inteligencia norteamericana (CIA) ofrecía Viagra a los jefes tribales afganos para asegurarse su cooperación. Según una noticia publicada en “The Whashington Post”, los agentes despliegan toda su imaginación para ofrecer regalos con los que conseguir confidencias. Jamie Smith, un ex agente, asegura que los sobornos tradicionales han sido armas o coches pero que se ha comprobado que los regalos valiosos llaman la atención y las armas pueden ser objeto de tráfico. Por ello, asegura Smith, se han elegido otros regalos que, en el caso de medicamentos como la Viagra, puede devolver la posición de autoridad a jefes que no estén en su mejor momento. Con todo, agentes familiarizados con las prácticas de espionaje aseguran que la Viagra se ofrece poco pero que es una buena opción para jefes tribales de lugares remotos. Como vemos, la sexualidad masculina es protagonista insospechada. Y la actividad sexual de los jefes afganos, tan poco preocupados por el bienestar de sus mujeres, es sufragada con dinero público.
El sindicato de prisiones Acaip ha denunciado dicho espectáculo y consideran que fue de mal gusto, denigrante e incluso peligroso puesto que algunos de los presos están condenados por delitos contra la libertad sexual y por violencia de género.En el mismo orden de cosas, iniciamos este año con el escándalo de la cárcel de Picassent. Con ocasión del año nuevo, el centro penitenciario celebró un espectáculo de striptease ante 230 presos. La bailarina apareció ataviada como enfermera sexy y luego se desnudó totalmente, se embadurnó de leche condensada, se frotó contra los internos a los que tocó los genitales e introdujo un vibrador en la boca de al menos uno de los reclusos. Una de las subdirectoras de Tratamiento del centro asistió a la actuación sin que le afectara su nivel pornográfico aunque algunas funcionarias sí que se sintieron degradadas. El sindicato de prisiones Acaip ha denunciado dicho espectáculo y consideran que fue de mal gusto, denigrante e incluso peligroso puesto que algunos de los presos están condenados por delitos contra la libertad sexual y por violencia de género. Además, opina este sindicato que no procede utilizar dinero público para sufragar actos que denigran la condición femenina. Quienes lo defienden recuerdan que el mismo espectáculo, protagonizado por un varón, se ofreció en el módulo de mujeres.
Tanto el director del penal, Ramón Cánovas, como la directora general de Prisiones, Mercedes Gallizo, han reconocido que fue un error. Cánovas asegura que consideraban que sería un espectáculo algo picante pero que desconocían que incluía desnudo integral. Otras voces ponen el acento en señalar el riesgo al que se sometió al personal funcionario. Lo que no se puede negar es que no es lo mismo la actuación de un boy ante mujeres que el desnudo integral de una stripper delante de violadores y maltratadores, aunque en ambos casos la elección es de dudoso gusto y oportunidad. En el caso de los presos, la utilización del cuerpo de la mujer como objeto y el aliento sexista a personas condenadas por agresiones sexuales únicamente consolida la idea con la que comenzaba este artículo, al tiempo que demuestra la incoherencia de un sistema que dice preocuparse por la libertad de las mujeres y cuyo deseo es erradicar la violencia de género. Δ