Otros Voces La Hora Violeta El mito de la belleza en Pekín

El mito de la belleza en Pekín

Escrito por Isabel Menéndez 19 Agosto 2008
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La ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín fue, sin duda espectacular. Dirigida por el cineasta Zhang Yimou, fue seguida a través de la televisión por millones de personas en todo el mundo y su coste se estima en 100 millones de dólares. La hora violetaCeremonia grandiosa y exhibicionista, contó con una orquesta de 2.008 tambores, un maratón pirotécnico (simultáneo en 1.800 puntos de la capital) y 14.000 participantes en total. Fue majestuoso el acto de encendido del pebetero, tras una fascinante carrera por los aires de Li Ning, ex campeón olímpico de gimnasia, suspendido a 70 metros de altura en el maravilloso estadio “Nido de pájaro”. Sin embargo, la fastuosidad se vio algo empañada cuando se supo que los impresionantes fuegos artificiales habían sido mejorados por ordenador para evitar los riesgos del directo (obviamente eso sólo afectó a la emisión televisiva, no a quienes los vieron realmente) aunque recordaron al mundo que, no por casualidad, en China fue donde se inventó la pólvora. Otro de los momentos espectaculares de la ceremonia fue la interpretación de Lin Miaoke, una pequeña niña ataviada de rojo, que cantó “Oda a la madre patria”. ¿qué haríamos con el espectacular campeón del olimpismo Michael Phelps si hubiera sido mujer?, ¿quizá recortarle sus orejas de soplillo y afinar su barbilla para que “diera” mejor en la foto al mostrar sus ocho oros olímpicos? La emoción de la bella canción ha sido cuestionada, sin embargo, al saberse que Lin había cantado en playback y que la voz pertenecía a otra niña de su misma edad, Yang Peiyi, que fue ocultada a los ojos del público porque no se consideró lo bastante guapa: su cara era demasiado rechoncha y sus dientes desemparejados para ser expuesta ante el mundo. Aunque es discutible, ahora que hemos visto las fotos de ambas niñas, que Yang sea, efectivamente, una niña fea (porque no era así, lo que ocurre es que no era perfecta), lo grave del asunto es que se considere que una niña con talento para cantar como los ángeles no sea digna de formar parte de un acto emblemático si su aspecto físico no responde a la perfección. El director musical, Cheng Qigang, reconoció que la pequeña Yang no fue elegida por “interés nacional” y en su lugar se puso a Lin, porque “era muy mona”.
En una obra ya clásica publicada en 1991 (“El mito de la belleza”), la norteamericana Naomi Wolf explicaba que existe una relación directa entre la belleza femenina y la liberación de las mujeres: cuantos más obstáculos ha salvado la emancipación, más opresivas han sido las imágenes de la belleza femenina que se han considerado canónicas. El mito de la belleza es, por consiguiente, una reacción contra la igualdad. Este mito se basa en una cualidad, la belleza, supuestamente universal y objetiva que las mujeres deben aspirar a alcanzar, un imperativo sólo para ellas. No existe justificación histórica ni biológica para este mito: es consecuencia de la necesidad que tiene la estructura de poder para frenar la emancipación femenina. Se basa, mantiene Wolf, en la distancia emocional, política y económica, además de la represión sexual. En realidad no tiene que ver con las mujeres sino con los varones y el control: “el mito de la belleza siempre prescribe en realidad una conducta y no una apariencia”.
¿Cómo puede ser de “interés nacional” el rostro de una cantante y no su voz?, ¿qué podemos decir a las niñas con talento que hoy se preparan para ser intérpretes de música, o deportistas de élite, o científicas de prestigio cuando aquellas que no responden al mito son apartadas del espacio público, como si fuera una vergüenza no ser lo bastante guapa?, ¿qué haríamos con el espectacular campeón del olimpismo Michael Phelps si hubiera sido mujer?, ¿quizá recortarle sus orejas de soplillo y afinar su barbilla para que “diera” mejor en la foto al mostrar sus ocho oros olímpicos?