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El lenguaje y la realidad

Escrito por Isabel Menéndez 18 Julio 2008
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El lenguaje es el soporte simbólico del pensamiento. Es decir, hablar permite visualizar lo que pensamos y, en consecuencia, la lengua siempre es una herramienta ideológica. Por ello, muchas filólogas reclaman una evolución del lenguaje para que éste sea menos sexista ya que “lo que no se nombra, no existe”.
La hora violetaLa discusión sobre el sexismo lingüístico es larga, desde quienes argumentan que la lengua no es sexista (serían sexistas las personas que la hablan) hasta quienes niegan la mayor, esto es, la propia existencia del sexismo, argumentación que choca con el hecho, bastante aceptado, de que se produce, en diferentes grados, en prácticamente todas las lenguas del mundo.
En relación con la lengua española, la institución que la conserva y otorga rango normativo a sus usos, la Real Academia Española, ha demostrado sobradamente que la lengua es un ente vivo, que construyen cada día las y los hablantes, quienes la hacen evolucionar, cambiar, adaptarse a los nuevos tiempos. Hablar permite visualizar lo que pensamos y, en consecuencia, la lengua siempre es una herramienta ideológica. Por ello, muchas filólogas reclaman una evolución del lenguaje para que éste sea menos sexista. Así, no es extraño que la propia Academia haya introducido con frecuencia eso que se denomina “anglicismo”, esto es, una palabra derivada del inglés que no necesita traducción para ser comprendida, como el común “fútbol”, cuyo origen es la voz inglesa “football”. También existen los “neologismos”, que son palabras de nueva creación ya que todos los idiomas constan de mecanismos para introducir nuevas voces. Algunos ejemplos pueden ser “hipertextual” o “cibernauta”, vocablos que ya han sido aceptados.
Esta evolución de la Academia choca, sin embargo, con la resistencia a incorporar voces o significados relacionados con la igualdad entre hombres y mujeres. Grande fue la polémica por el propio término “género”. Este sustantivo proviene de “gender”, una palabra que se refiere al hecho cultural de ser hombre o mujer que fue incorporada en los textos académicos anglosajones a partir de los años setenta del siglo XX. Una vez que las sociedades occidentales habían alcanzado la igualdad formal, en las leyes, la investigación feminista se dedicó a analizar la estructura social para descubrir la desigualdad real. Por ello, se recurrió a la oposición entre sexo y género, como instrumento de análisis para diferenciar entre lo que compete al reino biológico y lo que deriva de lo cultural. Así, género sería una forma de denominar el “sexo social”. El término se populariza a partir de la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer (México, 1975) y es adquirido por las instituciones de forma mayoritaria en 1995, tras la Cuarta Conferencia Mundial, celebrada en Pekín. En español, el término género es polisémico, es decir, contempla múltiples acepciones, pero la Academia se obstina en no reconocer el significado derivado de “gender”, a pesar de la ya larga tradición académica con la que cuenta y de la clara apuesta del Parlamento Europeo respecto a su uso.
Numerosos textos han explicado cómo estas resistencias obedecen a la necesidad de eliminar un vocablo incómodo, que pone de manifiesto la jerarquía sexual que existe entre hombres y mujeres. Así las cosas, sorprende poco la polémica suscitada por las palabras de Bibiana Aído, Ministra de Igualdad, que reclamó la voz “miembra”. La Academia cierra filas ante lo que le parece una barbaridad; “broma de mal gusto” lo denominó el académico Gregorio Salvador. La misma institución a la que no le pareció desatinado incorporar voces como “toballa” o “almóndiga”, quizá porque su uso actual se produce en un entorno no académico (aunque su origen etimológico sea el castellano antiguo), es decir, sin comprometer el orden social pues son términos que carecen de intención política. Para Juan Manuel de Prada, escritor con cierta alergia por la igualdad entre sexos, es una incorrección que demuestra que la ministra llevó “la ideología al absurdo”. Lo absurdo es, precisamente, considerar que la lengua no es ideológica. Lo penoso, por el contrario, es seguir considerando, como hace el escritor, que la igualdad entre sexos es “feminismo salvaje”. En realidad, el feminismo es o no es, como la democracia: o hay igualdad entre sexos o no hay. Sobran los adjetivos.