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Una labor social

Escrito por Elena F. Vispo 02 Octubre 2008
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En casi todas las empresas existe ese personajillo que llega a jefe sin saber bien cómo. Es el que hace de la incompetencia un arte, el que sale con las ideas más peregrinas, el que cuenta los chistes más inoportunos. Es el jefe descerebrado y cabroncete, que tendría un cierto toque de patetismo si no fuera porque, al estar por encima de nosotros en la cadena de mando, nos fastidia la vida pero bien.
Una labor socialNo hace falta usar un símil empresarial. Probablemente este hombre en su juventud era lo que no puede faltar en toda pandilla adolescente que se precie: el graciosito de la guitarra. No hay dios que lo aguante, pero el tío está ahí, y tiene su cuota de éxito.
Es evidente que el españolito medio existe. A los hechos me remito. Ese mediocre que triunfa sin que nadie se explique cómo ni por qué. Ese López Vázquez persiguiendo a las turistas suecas. Ese Tony Leblanc con su timo de la estampita. Pajares y Esteso en sus buenos tiempos. Paco Martínez Soria en Georgetown.La evolución natural de este especímen es convertirse en el típico tío al que, por no prejubilarlo, hay que aguantar por la oficina adelante. Un ex-jefe plomizo que se dedica a dar órdenes como si hubiera que cumplirlas. No hay nada peor que un jefe venido a menos.
Aznar, ese ex-presidente que nos ha tocado en suerte a los españoles, es también ese hombre que está ahí. No se sabe muy bien lo que hace pero, insisto, ahí está. Desde el momento en que dejó de regir los destinos del país, Aznar culminó su destino. Por eso se ha trascendido: está por encima del bien y del mal. Hace lo que le da la gana. De vez en cuando se lleva un titular por algún motivo peregrino, tipo supuesta hija ilegítima (que no) o libro negando el cambio climático, y con eso, supongo, cubre su cuota de atención.
(Por cierto, el ex-jefe pesao tiene su vertiente más entrañable en las cenas de empresa, cuando se pasa con el tintorro, se achispa y está graciosísimo: “Déjame que me tome las copas que me tengo que tomar”)
Volviendo a los arquetipos, es evidente que el españolito medio existe. A los hechos me remito. Ese mediocre que triunfa sin que nadie se explique cómo ni por qué. Ese López Vázquez persiguiendo a las turistas suecas. Ese Tony Leblanc con su timo de la estampita. Pajares y Esteso en sus buenos tiempos. Paco Martínez Soria en Georgetown. El Landismo hecho carne.
Como tópico, casi me produce ternura. Porque nos remite a esa España casposa y reprimida, que no termina de levantar cabeza. Esa España que quisiéramos dejar atrás, pero a veces aún saca lo peor de nosotros.
Por eso, no soporto a la persona. Pero al personaje, mal que me pese, le tengo un cierto cariño. Porque cumple una labor social: recordarnos lo que fuimos y no queremos volver a ser. El lado más cutre de la vida.
Supongo que alguien tenía que hacerlo. Gracias.