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Una cura de humildad

Escrito por Elena G. Gómez 03 Abril 2009
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Un día empecé a mirarme a mí misma desde fuera, a observar cómo me comportaba, qué cosas me afectaban, qué cosas decía, qué opiniones defendía, etc.
Al hacerlo empecé a ver que me comportaba siempre igual, reaccionaba ante determinadas cosas bajo esquemas predefinidos, repetía una serie de patrones de conducta iguales y  era totalmente previsible e igual a los demás.
Hijos de la necesidad Tengo que confesar que lo primero que experimenté fue que me sentí atrapada, atrapada en mí misma, atrapada en distintas fundas que inconscientemente a lo largo de los años había creado, pero lo que en un principio fue una sensación de prisión se convirtió en un reto. El reto de salir de mí misma, el reto de romper mis esquemas, de sentirme libre, libre de mí.
Puede parecer una tontería pero sentí como si me quitaran un peso de encima cuando comprendí que no era distinta a los demás, que las cosas que me pasaban no eran mejores ni peores, más o menos importantes, que no era el centro del mundo, que no era la protagonista de ninguna película y mucho menos la víctima de todo cuanto me pasaba.
En paralelo empecé a mirar al hombre como especie, una especie más de las que pueblan la tierra, una especie, por cierto, muy primitiva,  porque a pesar de que nos creemos superiores y de que efectivamente hemos avanzado tecnológicamente, somos la especie más destructiva que existe en este planeta y ello es así porque sólo miramos para nosotros mismos, para lo que nos interesa, y  no hemos desarrollado una conciencia colectiva, una conciencia universal.¿Para qué estoy aquí? ¿Para qué estoy viva? Me pregunté. Y la respuesta es que estoy aquí, y ahora, para aprender a vivir, para aprender a relacionarme con el mundo que me rodea y sobre todo para dar lo mejor de mí.
Sería una tontería por mi parte pensar que puedo hacer algo a nivel general, pero sí puedo hacerlo en mi pequeño planeta, ese espacio en el que convivo con otros de mi especie y con otras especies de las que tengo mucho que aprender.
¿Para qué estoy aquí? ¿Para qué estoy viva? Me pregunté. Y la respuesta es que estoy aquí, y ahora, para aprender a vivir, para aprender a relacionarme con el mundo que me rodea y sobre todo para dar lo mejor de mí.
El secreto, al final, sigue siendo muy sencillo. Quien vive pidiendo, nunca tiene suficiente. Quien vive dando, cada día recibe más de lo que da.
Ya sé que no estoy inventando la pólvora, pero muchas veces observo a las personas que me rodean y las veo complicadas, llenas de esquemas, de prejuicios, y  me gustaría poder explicarles que todo es mucho más sencillo, que lo que viven no es real, que todo es fruto de vivir apartados de las leyes naturales, que todo es fruto del egoísmo, del egocentrismo.
Me gustaría que comprendieran que vivir es fluir, es moverse en las aguas de la vida, es observar, aprender, compartir.
Vivir requiere esforzarse cuando toca subir una cuesta, porque en la vida hay muchas cuestas que hay que superar, pero si no escapas de ellas, si subes y te superas a ti misma, experimentas una victoria interna, una victoria sobre uno mismo que además es lo único que realmente te llena dentro.
Vivir requiere humildad, toneladas de humildad, porque somos alumnos y no maestros, porque cada momento de la vida es único y distinto a todos los demás, por eso no podemos movernos por esquemas sino que tenemos que desarrollar una mente libre, abierta, reflexiva y serena, muy serena.
Vivir es una aventura, y el ser humano tiene que recuperar el espíritu aventurero. Ahora no se trata de conquistar tierras lejanas, ni explorar continentes perdidos, lo que tenemos por delante es nuestro propio espacio, nuestra mente y nosotros mismos que somos unos auténticos desconocidos. Esa es la aventura del futuro. Δ