Otros Voces El Arbol del Buho Aprendiendo a vivir

Aprendiendo a vivir

Escrito por Elena G. Gómez 02 Junio 2008
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Hace unos días una joven se acercó a mí y me preguntó…
“Maestra, ¿qué debo hacer para llegar a ser sabia como tú?”.
“¿Y quién te ha dicho que soy sabia?”, le respondí.
buho.jpgLa joven bajó la mirada a la vez que contestó: “Todos, Maestra”.
“No es mi intención sonrojarte -le dije, a la vez que le dirigía una cálida sonrisa-, pero yo que tú no me creería todo lo que te comenten. Ahora bien, si sabe más el diablo por viejo, que por diablo, yo soy muy sabia porque soy muy vieja”, reí.
La joven no se dio por vencida y se quedó allí a mi lado, diciéndome con su silencio que no estaba dispuesta a aceptar esa respuesta, así que no me quedó más remedio que contarle una historia…
“Hace mucho tiempo del interior de la montaña nació una gota de agua. Era una gota pequeñita, rechoncha, blanquita, alegre y cantarina. Creció rodeada del cariño de sus padres y hermanas. Era, por decirlo de alguna manera, la pequeña, la gotita mimada.
Sucedió que un día se quedó jugando en una orilla, entretenida se alejó de la corriente y cuando quiso regresar no pudo. Asustada, contempló horrorizada cómo sus padres y hermanas continuaban el camino y no podían detenerse para salvarla. Gotita se quedó sola. “Y, ¿para qué guardarla?”, “No para qué, sino para quién”. “Pues”, continuó pequeña gota “¿Para quién?”. “Para el hombre. Para cuando el hombre del planeta comprenda que no es el rey de la creación, sino sólo una parte de ella”. “¡No me importa!”, se dijo, ya que se sentía muy segura de sí misma, y cuando otras gotas que pasaban cerca de ella se ofrecieron a ayudarla, ella orgullosa les decía que no, que no necesitaba nada, que ya saldría a la corriente cuando así lo deseara.
Pero lo cierto es que cada vez se sentía más débil y la fuerza de la corriente parecía cada vez más lejana y si no fuera porque una gota se compadeció de ella y la arrastró a la fuerza, habría muerto allí.
Nuestra pequeña gota aprendió la lección y prometió a su salvadora que nunca más sería orgullosa y tan estúpida de despreciar la ayuda de otras hermanas.
Gota salvadora era una gota anciana que estaba a punto de culminar su ciclo y tenía esa serenidad y paciencia que sólo poseen los que ya llevan muchas vueltas en su ciclo de la vida, quizás por ello sintió ternura hacia nuestra pequeña amiga y decidió quedarse a su lado y acompañarla mientras tuviera fuerzas.
Gota le enseñó que lo primero que tenía que hacer era conocerse a sí misma, y que la única forma que tenía para conseguirlo era, en primer lugar, comprender que en realidad no sabía nada y si quería aprender debería callarse, escuchar y observar todo lo que la rodeaba, porque en todo estaba la sabiduría que podía adquirir.
“No desprecies nunca a nadie -le dijo-. Cualquier gota, la más pequeña y diminuta te puede dar una lección”.
Un día Gota la llevó a un lugar muy extraño, un lugar donde no había gotas, sólo un manto blanco y frío que cubría todo cuanto alcanzaba a ver. Gota le dijo: “Algún día tú podrías ser así”. Al oírla la pequeña gota le contestó asustada: “Yo nunca podré ser así, esto no es agua y yo soy agua”.
A lo que Gota le respondió: “Yo no diría tan segura que esto no es agua, claro que lo es, es agua, y mucho más pura que tú y que yo, es agua del origen de los tiempos y es como un gran archivo donde se guardan todas las cosas que pasaron en este planeta.
Aquí es el final de mi viaje. Yo me uniré a la gran madre y guardaré, junto a ella, la información”.
“Y, ¿para qué guardarla?”,
“No para qué, sino para quién”.
“Pues -continuó Pequeña Gota-, ¿para quién?”.
“Para el hombre. Para cuando el hombre del planeta comprenda que no es el rey de la creación, sino sólo una parte de ella.
Cuando llegue ese día el hombre necesitará conocer y buscará en todo lo que le rodea y cuando así lo haga, nosotras, las insignificantes y diminutas gotas de agua, le daremos la información que necesita. Y si es inteligente no sólo buscará conocer en nosotras los fenómenos físicos que sucedieron en el planeta sino que buscará en nuestro interior la vida”.
La pequeña gota me miraba con sus grandes ojos, ella había pensado que sólo había gotas de agua en el planeta.
Cuando terminé mi relato miré a mi joven compañera y le dije…,
“No te puedo enseñar la sabiduría porque no es posible, yo creo en la experiencia que te da la vida si te atreves a experimentar en ella.
Sólo puedo desearte que seas agua, que te sientas gota o nube o nieve, pero sobre todo que seas consciente de que no eres el centro de la creación, ni distinta, ni diferente, ni superior ni inferior. Que comprendas que sólo unida a tus hermanas, unida a todas las demás gotas, tienes la fuerza y el poder que necesitas para la vida.
Que aprendas a viajar por el gran río de la vida, y lo hagas con humildad, sencillez, y muchas ganas de vencer cualquier obstáculo que se ponga delante, que se interponga entre tú y tus sueños, porque la vida es un sueño que cada uno tiene que hacer realidad.”