Otros Voces El Arbol del Buho Amiga...

Amiga...

Escrito por Elena G. Gómez 16 Diciembre 2008
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Piensas que me conoces, pero ¿cómo puedes conocerme si ni yo misma me conozco?... Lo que conoces de mí es un recuerdo que guardas en tu mente, un recuerdo fabricado por ti y que está sujeto a tu propia distorsión e interpretación, a lo que tú quisiste ver en mí, a lo que decidiste archivar en tu disco duro.
El Arbol del Buho. Amiga...Todo está en movimiento, tu vida, tu entorno, las células que componen tu cuerpo. Por tanto, ¿cómo podemos juzgarnos?, ¿cómo podemos asegurar las cosas?
Yo no soy, ni mucho menos, la que conociste, porque estoy en movimiento.
El movimiento, amiga, es una de las cualidades de la vida y de la misma forma que nos movemos físicamente, también nos movemos mentalmente.
Hace unos cuantos años la vida me dio una lección y me mostró que lo que yo veía, lo que defendía a capa y espada, no era real, era, sencillamente, lo que yo quería ver.
Recuerdo que lo que más me dolió cuando comprendí mi error, fue ver la cantidad de tiempo que había perdido, las lágrimas que había derramado y, sobre todo, lo segura que estaba defendiendo algo que para colmo no existía. Así, entre rabia y dolor, aprendí una lección, y me prometí a mí misma que no me dejaría engañar por las apariencias, que no sacaría conclusiones precipitadas y, sobre todo, que no daría nunca nada por sentado, que no defendería mis opiniones y que dejaría siempre abierta la puerta de mi mente para preguntarme qué hay detrás de cada cosa.
Ahora, me siento como si hubiera completado un ciclo, me encuentro como un topo que ha salido de su madriguera y tiene que aprender a vivir en otro espacio, aunque aparentemente sea el de siempre.
Me encuentro con que lo que aprendí, lo que hice, mi forma de pensar y de actuar, ahora no me sirven, y es esa sensación de desconocido, de aventura, de descubrimiento, lo que hace que me sienta más viva que nunca, con más ganas de experimentar, de aprender, de cambiar.
Si tuviera que definir la sensación que experimento, sería la de desapego, desapego de mí misma, de mis ideas, de mis valores, y ello me lleva a mirar hacia las cosas, hacia la vida, hacia todo lo que se mueve de una forma más impersonal, menos protagonista, sencillamente porque comprendí que no soy el centro de nada.
Me gustaría poder contagiarte de mi entusiasmo, poder liberarte de los esquemas, limitaciones y prejuicios que te tienen prisionera para que pudieras enfrentarte a la vida como lo que es, una aventura.
Me gustaría que te "engancharas" al juego más antiguo del mundo, que no es otro que la búsqueda de uno mismo. Sus reglas son muy sencillas, sólo se necesita ejercitar la mente por medio de la observación, la reflexión, y mantener una actitud en la vida de humildad, respeto y aprendizaje.
Puedo decirte que yo, cuanto más profundizo y más me meto, más consciente soy de lo poco que sé vivir desde la mente y del mundo tan apasionante que se abre para experimentar, porque, al fin y al cabo, se trata de aprender a vivir, de tomar las riendas de mis actos, de saber por qué y para qué actúo y dejar así de ser una marioneta que repite unos patrones de comportamiento creados, aprendidos o heredados.
Te diré que, al principio, los resultados eran totalmente desalentadores, me propuse, por ejemplo, ser consciente de las cosas que hacía en un momento determinado, parecía sencillo pero la realidad es que cuando me daba cuenta ya llevaba un montón de tiempo haciendo mecánicamente las cosas y mi mente andaba por su lado, enfrascada en sus propias batallitas.
Era como conectar el "automático". Lo terrible fue darme cuenta que pasaba más tiempo en "automático" que en estado, digamos, consciente.
Viendo la fuerza que tiene todo y que voy por detrás, muy por detrás de mí misma, se me ocurrió un método para empezar a tener algún resultado, me obligué a que antes de empezar a hacer cualquier cosa tenía que pararme, valorar lo que eso implicaba, si había algún peligro o alguna cosa que tuviera que tener en cuenta, etc. Por ejemplo, me di cuenta de que cada día, desde que me levantaba, hacía las mismas cosas y entraba en la ducha en el mismo estado mental con que, por ejemplo, metía la taza del desayuno en el microondas. Es decir, todo en automático, cuando el peligro que tiene un movimiento y otro no se parece en nada.
Todo ello me llevó a una reflexión, y es que la mayoría de las cosas que me pasan son como consecuencia de hacerlas siempre de la misma manera, de no darme cuenta de que cada momento es diferente. Esa falsa sensación que produce lo cotidiano, esa falsa seguridad que tenemos en las cosas que creemos que sabemos, son las que nos llevan a cometer constantemente errores, errores que se producen no porque no sepamos hacer bien las cosas, sino porque no nos detenemos antes de actuar, no nos paramos a pensar.
Pienso que una de las cosas que tenemos que incorporar a nuestras vidas es el sentido de la continuidad. Es tremendo lo fuerte que está en cada uno la capacidad de disculparse a uno mismo, de quitarle importancia, de ponernos excusas. Pienso que debemos aprender a vivir y que ello significa muchas cosas, pero sobre todo aprender a estar atentos, alerta, observando lo que nos rodea, y manteniendo permanente la atención. Sí, permanente, porque tu vida es igual que manejar tu coche, si vas conduciendo y te distraes, da igual que todo lo anterior lo hayas hecho bien, sólo vale que no has dado la última curva y te la pegaste.
En fin, son tantas las cosas que podría contarte, pero creo que es mejor que tú misma las vivas, porque, al fin y al cabo, se trata de experimentar.
Sólo así se aprende.