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Llegó con tres heridas

Escrito por José Romero Seguín 30 Octubre 2008
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El gobierno socialista tiene en sus manos, por tercera vez en nuestra reciente historia democrática, solventar de forma definitiva tres cuestiones que hasta el día de la fecha han sido tratadas, pese a su trascendencia, como moneda de cambio en el libre mercado de la compra de votos, o de la conveniencia política: que es lo mismo. Me refiero a los asesinados, desaparecidos y exiliados de la guerra civil, el aborto y la eutanasia.
aleph.jpgHoy por hoy,  y a la vista de anteriores comportamientos políticos, no cabe sino mostrarse desconfiado con la firmeza de un gobierno que amaga sin dar, en lo que semeja más que una firme voluntad de cambio, una burda estrategia para sacar de sus rancias casillas a la oposición, a mayor y única gloria de él, e ignorando su mandato.
El prestigio de un gobierno debe fraguarse sobre la base de su gestión, debería, por tanto, ser ésta un nítido reflejo de su personal forma de hacer política y su particular eficacia a la hora de solucionar los problemas de sus conciudadanos. Y para ello no debería demorarse en incidir, sin solución, en cuestiones que,  por la injusticia que representan, la brutalidad que mitigan y el derecho que entrañan, no admiten plazo.
El desenterramiento, el censo y la recuperación de las dignidades que se le pueden ofrecer a aquellos que fueron, por sus ideas, vilmente asesinados, deberían estar concedidas. Y si no lo están es porque ni a unos ni a otros les ha interesado darle una solución definitiva y satisfactoria, sino que todos sin excepción han procurado una y otra vez manejarlos de acuerdo con sus intereses electorales.  Es por ello que aún yacen esparcidos por las cunetas los cuerpos de esos hombres y mujeres que murieron por no ser rehenes de nadie y han terminado siéndolo de todos. Muertos que han de descansar en paz, íntegros en su memoria y condición. Tanto que no merezcan recuento, tanto que no sea necesario censarlos, porque todos nosotros, uno a uno y como cuerpo social los conozcamos y reconozcamos como lo que son, víctimas de una brutalidad que nos llena de oprobio.
El prestigio de un gobierno debe fraguarse sobre la base de su gestión, debería, por tanto, ser ésta un nítido reflejo de su personal forma de hacer política y su particular eficacia a la hora de solucionar los problemas de sus conciudadanos.El aborto es un derecho que no soporta en su génesis otra discusión que la íntima reflexión de la persona que se ve abocada a tomar tan difícil decisión. Nace este derecho del espacio inviolable en el que habita la voluntad  individual y no en la colectiva, y en esa esencia ha de ser respetado y admitido. Debe, por tanto, extraerse del derecho penal, pues no se puede enjuiciar, y aún menos condenar, a quien se despoja de un derecho sin condenarnos todos, y es que quien así actúa ha de estar ineludiblemente sometido a un estado de necesidad insuperable. Hay quien sostiene que no son pocas las mujeres que lo utilizan como método anticonceptivo, y yo me preguntó: ¿no es acaso  la indolencia la expresión de la más profunda necesidad?
La acción legislativa y ejecutiva ha de reducir su campo de acción a facilitar, desde la sanidad pública, los medios necesarios para la adecuada práctica del mismo, y arbitrar todas las medidas de concienciación que sean precisas para reducir el número de ellos. Desterrando de ese modo cualquier otro método que ponga en peligro la vida de la mujer o lo constituya en un lucrativo negocio.
El aborto no es progresista ni conservador, es sólo la expresión de una contingencia existencial errónea a la que se ha de dar una respuesta cierta y cabal.
Respecto a la eutanasia ocurre tres cuartos de lo mismo, es decir, es un asunto tan doloroso y profundamente individual que no se debiera estar sino a la voluntad de quien ha de enfrentarse a tan doloroso trance. No en vano encarna la renuncia de un derecho no elemental sino esencial, el primero de ellos, por lo que cabe suponer que quien lo demanda está sobradamente justificado. Debe pues el gobierno legislar en el sentido de despenalizar el acto, cuando el solicitante sea capaz de hacerlo por sí mismo, regularlo cuando tal decisión recaiga en manos de terceros, y vigilar que por parte del personal médico se observe la mejor praxis en su práctica.
La eutanasia no es tampoco progresista ni conservadora, es sólo el reflejo de una certeza al que se le ha de dar necesariamente una respuesta errónea al no disponer de otra.
Las tres heridas de las que habla en su poema Miguel Hernández, se ordenan y desordenan siempre sobre el eje de la del amor, sea ese el espíritu que anime estas futuras leyes.