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La educación de las cosas

Escrito por José Romero Seguín 12 Marzo 2009
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Nuestros hijos y sus cosas, las que nosotros les hemos facilitado a modo de paternidad, no son hoy otras que esas en las que les hemos convertido en aras de la comodidad.
Nuestros hijos tienen más cosas que ningún hijo tuvo jamás. Por esa necia sensación que les hemos transmitido de que nada les falta, no echan de menos cosa alguna de las que de verdad hacen falta.
Nuestros hijos nacen a la vida rodeados de cosas y vacíos de espacios donde volcar su alma. No en vano tienen por imaginación una consola y por consuelo un ordenador.
Nuestros hijos se desenvuelven con soltura en el mundo digital. Qué pena que el mundo de los sentidos y de los sentimientos sea analógico.
Un día cualquiera pones atención a lo que dice tu hijo, no sobre sus cosas sino sobre las cosas de la vida, y descubres con horror que su pensamiento anda extraviado, cuando mejor, en la noche de los tiempos. En una palabra, que es: machista, sexista, racista, xenófobo y puede que hasta fascista. Cuando tú lo creías solidario, respetuoso con los de otro sexo, tolerante y amante de la libertad. Es entonces cuando entiendes que debiste reparar antes en él y menos en sus cosas. Que la fe que pusiste en ellas la debiste invertir en él, en la conciencia de que la tecnología no es educativa sino demostrativa, que ella no dispensa conocimiento, que sólo lo muestra, que ella no exige reflexión ni contraste, que ella no es en definitiva sino una mera herramienta más en la labor del aprendizaje.
Es a los padres y no al ordenador a quienes les corresponde, en primer plano y con la colaboración de los profesores, ordenar el modelo educativo de sus hijos.
Todos, padres e hijos, nos hallamos extraviados en un mundo en el que todo parece encontrarse a  golpe de tecla. Nos decimos por ello para qué entonces los libros, las enciclopedias, los diccionarios, para qué las bibliotecas, si todo está en la red, si a todo tienes acceso a través de ella. Olvidando que los La educación guarda en sí misma un secreto milenario, el de la disciplina, el de la ejercitación de las potencias que marcan nuestras singularidades y las hacen de verdad auténticas.anaqueles vacíos son bocas de ausencias terribles que se abren paso en nuestras casas anunciando profundas y gravísimas carencias. La ausencia de libros desliga al niño de la necesidad de leer, de la cálida sensación de acariciarlos, de sostenerlos entre las manos, de poder abrirlos y cerrarlos a nuestro antojo y dejando una marca allí donde pretendemos continuarlos.
Nuestros hijos están forjados de la misma materia que nosotros y la de aquellos que a nosotros precedieron, en su ánimo bullen las mismas grandezas y miserias, los mismos cálculos  y las mismas ambiciones. De ellos se nutre el apetito a que les aboca el instinto, y de no encontrar reflejo en nuestras acciones y palabras se verán empujados a la depredación más devastadora.
Educar a un hijo es una tarea dura y áspera, en el fondo y en la forma, no en vano en él te ves reflejado en un esfuerzo que no siempre te mereció la pena. Dice el poeta J. Ángel Valente: “Fui inútilmente aderezado para una ceremonia a la que nunca iba a asistir”. En muchos casos es ciertamente así, pero si no lo fuese habríamos sido capaces de distinguir las vibraciones del alma, podríamos exacerbar los sentidos hasta el extremo de la emoción, o seríamos seres sin capacidad de sentir ni el espíritu ni el intelecto. Seres básicos en lo más íntimo, capaces de relacionarse con las máquinas e incapaces de relacionarse con los demás seres humanos, con los que de verdad esperan de nosotros algo que vaya más allá de la mera utilidad.
La educación guarda en sí misma un secreto milenario, el de la disciplina, el de la ejercitación de las potencias que marcan nuestras singularidades y las hacen de verdad auténticas. Pues si no mediase entre nosotros un modelo educativo capaz de ir más allá de lo meramente natural o institucional, un método nacido de la viva experiencia de un hombre y una mujer concreta, no habría entre nosotros más diferencias que la mera fortaleza física y la sagacidad innata. Seríamos clones de dispar geografía anatómica. Seres incapaces de obrar conforme a unos principios elementales entorno a los que posteriormente se tejen los lazos de convivencia, al hacer de nosotros además de singulares dispares en el entendimiento de la vida y sus cosas.
Nuestros hijos no son cosas ni esperan de nosotros cosas, ellos buscan en nosotros un modelo sobre el que edificar el suyo, un ejemplo sobre el que ejemplarizar ellos, un contraste en definitiva que les permita contemplarse y reconocerse más allá de las cosas con que los ignoramos y de las otras cosas con que nos apremia la vida. Δ