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La crisis y el cuento de los hombres basura

Escrito por José Romero Seguín 04 Diciembre 2008
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Nos cuentan que la crisis que devasta nuestras economías nace en una partida de hipotecas “basura” coincididas por bancos americanos, que más tarde inocularon en las arterias del sistema financiero mundial, colapsándolo, y con él el tejido productivo y de consumo.
En principio resulta creíble, existen precedentes ya que antes lo hicieron con nuestro sistema circulatorio por medio de la comida basura. Sin embargo, la cuestión exige un análisis más profundo, al señalarse un culpable -la hipoteca-, y en último término, al individuo hipotecado.aleph.jpg Debiéramos pues empezar por saber si la primera es un producto meramente especulativo que pone en marcha un individuo o grupo a fin de estafar a un banco. O si por el contrario responde al esfuerzo de una familia o individuo, con el único fin de de poseer una vivienda. Personalmente entiendo que es esta última la que mejor define tanto al préstamo como al prestatario. De ello deduzco, que si nace en la voluntad del que es, por otra parte, un derecho fundamental, que se ha de pagar a precio de oro, lo lógico es pensar que al calificar esos préstamos como basura, lo que estamos haciendo es catalogar como hombres y mujeres basura a todos aquellos que se atrevieron a firmar una hipoteca, por el resto de su vida, al albur de un tipo de interés variable y en pago de un inmueble que sabían sobrevalorado.
Sin embargo, de los análisis realizados y aceptados se concluye que una tropa de ciudadanos “basura” se pusieron de acuerdo para poner patas arriba el sistema económico mundial, engañando al bondadoso imperio crediticio.  Sometiéndolo a una operación en la que el producto adquirido, piso, casa…, no resiste el valor que le fue asignado; y en la aviesa intención de no abonar las correspondientes cuotas mensuales. Tesis en la que abunda el término: “Crisis de los 'ninja”, (no income, no job, no assets) personas sin ingresos fijos, sin empleo fijo y sin propiedades.
Atendiendo a esa situación de desamparo, lo razonable sería pensar que han sido estas personas las que se han visto defraudadas por los dueños de un sistema, que ha roto el contrato laboral que tenía o debería tener con ellos, dejándolos en la calle, sin poder hacer nada por salvar sus casas. Una tropa de ciudadanos 'basura' se pusieron de acuerdo para poner patas arriba el sistema económico mundial, engañando al bondadoso imperio crediticioPorque fueron ellos quienes, y a fin de estimularlo, bajaron los tipos de interés al mínimo y subieron para compensarlo el valor de las viviendas a cifras astronómicas. Y no sólo eso, sino que, más tarde, ofuscados por las ganancias y buscando dar otra vuelta de tuerca en beneficio de su ambición, decidieron subir los intereses y bajar el valor de los inmuebles. Sin percatarse de que ahora eran ellos sus propietarios, al igual que de los empobrecidos deudores. Ellos son, por tanto, la basura, amos de un sistema que no ha sabido dar respuesta ni oportunidad a la legítima, decidida y noble voluntad de esos hombres y mujeres en el titánico afán de poseer una vivienda en propiedad.
Ocurre que tal afirmación califica como basura al todopoderoso entramado socioeconómico que domina el mundo. Y ante esa disyuntiva no cabe sino poner en su sitio al de siempre, al individuo, para que la basura siga gobernando plácidamente nuestros destinos, en lo material y si cabe también en lo espiritual.
Por otro lado, se convoca a los países más ricos a una reunión mundial, so pretexto de sentar las bases del que va a ser el nuevo capitalismo. El urgente llamamiento lo realizan aquellos que, hoy por hoy, no tienen en sus manos otro instrumento que el de la mera propaganda, la clase  política, gestores no del capital, sino de los impuestos de los ciudadanos, también de los calificados como basura. Una reunión que se ha agotado, como todo evento propagandístico, en el propio acto de convocarla y publicitarla.
La reforma parece ir encaminada a instituir mayores sistemas de control, en una palabra, crear estructuras administrativas sobre la ya sobrecargada superestructura burocrática. Controles, no para frenar la voracidad de la banca, sino para exigirle que sea más cuidadosa a la hora de prestar.
El sistema capitalista no necesita controles, sino conciencia, la mínima, la que dicta el sentido común, y que nos hace ver, a poco que lo deseemos, que su funcionamiento y supervivencia están estrechamente ligados a una mejor redistribución de la riqueza. Favoreciendo con ello la existencia de ciudadanos -no quiero hablar de clases-, con capacidad para consumir, verdaderos elementos dinamizadores. Las oligarquías resultan ruinosas para un sistema tan voraz, pues un puñado de hombres no puede consumir lo que producen miles. No es justicia social lo que le pido, sino inteligencia, astucia acaso, para qué clamar en el desierto, no en vano él está diseñado para un fin que nada tiene que ver con ese valor, ni con cualquier otro digno de mención. Δ