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Juegos de pasiones tristes

Escrito por José Romero Seguín 05 Junio 2008
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Periódicamente los pueblos se desangran hombre a hombre para un fin tan indefinible como reiterativo. Pero no trivial, sino íntimamente ligado con la feroz tensión psíquica a que le somete el constante intento de adecuar su íntima singularidad a la pluralidad a que le aboca la sociología, unido a esa otra no menos brutal excrecencia de esa misma tensión que se conoce como: injusticia social, desigualdad social, explotación o simple esclavitud.
aleph.jpgA ese generoso acto lo conocemos por el nombre de revolución y a través de él hombres y pueblos purgan en el seno de sus sociedades las miserias de un sistema imperfecto pero necesario, en el que rige el contrato y la ley. Ese constante pacto entre desiguales que se firma, en el mejor de los casos, a fin de alcanzar las más altas cuotas de convivencia posibles. Cuando no hay esperanza de revolución, se hace precisa una “crisis” que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo. Las revoluciones no soportan otra estrategia que la de romper con lo establecido para disponer nuevas estipulaciones, nuevos soportes legales, sin atender por mor de esa premura a la calidad ética de las recién instauradas. Y en esa atolondrada voluntad hallan ellos feliz venganza, pero no encuentran ellas sentido con el que vacunarse de las viejas formas que irremediablemente las han de colonizar, a la espera de nuevas revueltas.
Por su parte, las instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se hallan por razones menos psicológicas y más sociológicas, abocadas a un mismo esfuerzo en defensa del sistema para evitar que colapse, para renovarlo en la acción de hacerse cada día más rentable, cada vez más avaricioso y deshumanizado. A esos egoístas movimientos se les conoce como "crisis".Las "crisis", al igual que las revoluciones, no resisten complicadas estrategias sino que unas y otras se impregnan de una premura que las precipita en una carrera loca por romper con lo establecido, para instaurar nuevas oportunidades. En el caso de las revoluciones: de justicia, de solidaridad, de libertad y de fraternidad, y en el otro, de mayores beneficios económicos, aunque ello suponga romper con las más firmes garantías de paz con que se aderezan los contratos sociales.
Las revoluciones sofocan a los pueblos, las "crisis" también, y en esa fatiga las hallan los muñidores de las segundas propicios a sus objetivos. Por eso, cuando no hay esperanza de revolución, se hace precisa una "crisis" que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo a que nos mueven los anfitriones de éstas. Y una vez conseguido ese objetivo se produce el consiguiente recorte de derechos. Para continuar con una constante y vergonzante imposición de medidas que, pretendiéndose reparadoras, encarnan y elevan a rango de derecho las mayores tropelías que contra la naturaleza se puedan cometer. Y ello, en el nombre de una necesidad que no es otra que la de hacer rentable todo cuanto tocan y en esa medida susceptible de enriquecerlos aún más.
Las crisis, al igual que las revoluciones, son en esencia involutivas porque unas y otras, por más que nos esforcemos, sostienen un ciclo innovador para un objetivo conservador, de vuelta atrás, de retroceso, por la sencilla razón de que no es ella quien las dirige sino la pasión: la de la libertad o la de la ambición. Qué más da, ambas son ramas del mismo árbol, el del ser humano, el de un animal oportunista comprometido con unas necesidades que en lo esencial no admiten cambios, y en lo accesorio, es decir, en su dialéctica, nada que vaya más allá del preciso eufemismo que las remedian en lo puramente nominalista.
Son las revoluciones y las "crisis" quienes atizan la historia hacia un rumbo donde habita el espejismo de ese dios que nos empeñamos en ser. Tratando de ignorar que el hombre es en sí mismo y lejos de la realidad social un proyecto caduco e imposible. Y que sólo en la inútil resonancia de lo singular somos superiores sin contraste y en ello grandes, porque con ello nada imponemos, a nadie sojuzgamos, a nadie ofendemos. Gocemos pues de la singularidad, no en la autocontemplación sino en la generosa virtud del anonimato, porque sólo a través de ella podremos hallar un día el camino de la verdadera revolución, esa que ha de nacer en cada uno de nosotros para dotarnos de una conciencia que sepa dar, con la mayor dignidad y respeto hacia los demás, respuesta a las necesidades que nos asisten.
Un hombre consciente de sus limitaciones, atento a sus penurias y despierto a los demás es la más sólida garantía de que existan sociedades mejores, en las que impere la dignidad, la libertad y la justicia, sin necesidad de contratos y leyes, y aún menos de revoluciones y "crisis". §