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Empresario: el proletario del siglo XXI

Escrito por José Romero Seguín 05 Agosto 2008
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El obrero se ha convertido en patrono por la vía de la subvención colectiva a la iniciativa privada, es decir, que estamos a un paso de pagar para trabajar.
El AlephNo es por ello extraño que en atención a esa condición ampliemos la jornada laboral cuanto sea necesario, en defensa no sólo del puesto de trabajo, sino de esa empresa que pagamos y no poseemos y de cuyos beneficios jamás vamos a participar.
El cuento es muy sencillo: un empresario contrata a un trabajador que se encuentra incluido en uno de los numerosos grupos que dan derecho a ayuda por parte de la administración; este trabajador recibe, por tanto, un salario que paga a medias el empleador y el Estado. De él paga a su vez impuestos con los que seguir socorriendo al patrono, y el resto lo gasta en comprarle a éste productos varios, algunos de ellos de los que él mismo fabrica, y casi siempre a un precio muy superior a su poder adquisitivo. Lógicamente en este proceso se generan beneficios que van directamente al bolsillo del patrón, quien a su vez apenas paga impuestos en función de que recibe subvenciones por su filantrópica y valiente apuesta al asumir los riesgos que conlleva la creación de compañías que contribuyen a la creación de puestos de trabajo. En la actualidad las leyes de protección de los derechos laborales benefician a los empresarios, y no por capricho, sino porque a día de hoy son ellos quienes tienen verdadera capacidad para movilizarse y constituirse en sindicato y piquete capaz de avanzar en el logro de sus derechos, sin más ruido que el que produce el chasquido del cierre. La economía se ha constituido en la coartada perfecta para cometer, en nombre del progreso y el bienestar, todo cuanto atropello podamos imaginar hacia el hombre y el medio natural. Invocar el cese de actividad y los temidos despidos que éste conlleva, son argumentos más que suficientes para que se le mime y atienda en sus reivindicaciones, por más injustas que sean. A través del laberíntico túnel de la injusticia y el miedo nos extraviamos en la sombría conciencia de clase, y por esa misma vía vamos camino de dejar atrás ese rancio concepto. Un "totum revolutum" en el que se mezcla filosofía con sociología e ideología con partidismo, y sobre el que se asientan las sólidas bases de los pírricos cambios sociales habidos y por haber, siempre en la nítida voluntad de alinearnos a patronos y obreros en dos frentes en continua lucha. En defensa los primeros de sus particulares intereses, los de los segundos por los intereses comunes, única vía para alcanzar los propios. Los distingue el hecho de que los trabajadores han de pactar con miles de compañeros unas mejoras que tal vez no sean siempre de su agrado, lo que los convierte en mejores instrumentos a la hora de conformar el tejido social. El patrón, por el contrario, no consensúa ni pacta, y si lo hace es con una élite, y en esa minoría se atrofia su capacidad de conciliar y aunar voluntades. Pero dejando a un lado estas disquisiciones intentaré retomar el sentido del razonamiento, mediante el cual deseo reflexionar sobre la imperiosa necesidad de someter a una profunda revisión la relación patrón- empleado, en la que se eliminen las innecesarias tensiones que entre ambos se producen, para retomarlas en su justo término, es decir, el empresario ha de ser un obrero de la organización económica productiva y el obrero un empresario de la productividad organizada. En una palabra, que ha de existir equilibrio entre producción, venta y beneficio, de tal modo que la rentabilidad no se constituya en principio y fin de esta secuencia del devenir social.
La confrontación obrero-empresario, pone de manifiesto que en éste como en otros espacios de convivencia los avances en materias de derechos fundamentales han sido mínimos, que la tentación de explotación del otro sigue latente en todos y cada uno de nosotros, por más sofisticada y civilizada que sea la ingeniería comercial y la necesidad mercantilista en que nos movemos. La economía no es el motor de las sociedades sino de sus necesidades, sí lo son en cambio la fraternidad, la tolerancia, el respeto por la dignidad y el más elemental sentido de justicia que nos debiera asistir en todos los actos. No niego, en absoluto, que no sea importante, sino que no es lo esencial, y es que la primera necesidad del hombre es el hombre y no el producto en que se ha convertido. La economía se ha constituido en la coartada perfecta para cometer, en nombre del progreso y el bienestar, todo cuanto atropello podamos imaginar hacia el hombre y el medio natural, cuando nace, crece y pervive para un fin tan noble como es el de dotarnos de aquellas herramientas capaces de dar satisfacción a nuestras necesidades, tanto individuales como colectivas. Debería pues estar pactada y orientada en este sentido. Se preguntarán muchos por el estímulo del beneficio, entendiendo que sin él se frena el avance, premisa que sólo es cierta cuando se pervierte el verdadero sentido de la producción, cuando es el enriquecimiento particular y no la necesidad plural quien ordena la actividad industrial y comercial. Sea pues la jornada de 65 horas, si con ello contentamos a ese elitista grupo de proletarios a los que pastorea la todopoderosa CEOE.