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Siete puñaladas

Escrito por Carolina Fernández 19 Agosto 2008
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Antes de morir asesinada, Gabriela Toledo se presentó ante la Guardia Civil para contarles el último episodio de su infierno.
Buen comienzo para un texto. Estupendo juego de tiempos. Esta frase podría ser la que diese comienzo a una novela: el relato de la muerte de Gabriela Toledo. ContrapuntoJusto después del comienzo, se insertaría un flashback que desgranase las desventuras de la muchacha, la sucesión de hechos que acabarán irremediablemente en el trágico final que ya se adelanta en la primera línea.
La cuestión es que en este caso no se trata del comienzo de una novela. La frase está tomada de un recorte de prensa, con fecha de 3 de julio, que lleva desde entonces dando vueltas sobre la mesa de la firmante.
Antes de morir asesinada, Gabriela Toledo se presentó ante la Guardia Civil para contarles el último episodio de su infierno. Les dijo que René se había saltado la orden de alejamiento y había ido a buscarla al restaurante donde trabaja de camarera…

Es evidente que esta mujer no vio la publicación ni su foto de carné ilustrando la noticia a cinco columnas. Y no pudo hacerlo porque en ese momento ya estaba muerta. Ella era la noticia. Suponemos entonces sin necesidad de seguir leyendo, que la Guardia Civil no pudo/ no quiso/ no fue capaz de hacer nada. Ese relato ante las autoridades del último episodio de un infierno que se adivina largo, no sirvió para detener los acontecimientos.
Y si la víctima no se defiende su condición parece justificada. Si apareciera hecha una piltrafa con hematomas hasta en los dientes, tendría alguna excusa para ser, al menos, una víctima como dios manda. Lo contrario la convierte en sospechosa.

…la agarró fuertemente del brazo y la arrastró hasta el coche.

Gabriela Toledo contó ante la Guardia Civil que no opuso resistencia en ningún momento. Qué delicado se torna el asunto entonces. No se entiende que la víctima no luche con uñas dientes, brazos, piernas, palos y piedras. No es comprensible que no se defienda hasta la muerte si hiciera falta. Y si no se defiende, su condición de víctima parece justificada. Si apareciera hecha una piltrafa con hematomas hasta en los dientes, tendría alguna excusa para ser, al menos, una víctima como dios manda. Lo contrario la convierte en sospechosa.
Pagó un hostal y consumó la humillación. Después la dejó en casa.

La mujer no tiene testigos. No tiene parte médico. No ha contado nada a nadie para que no se enterara ni su familia ni su hijo. No les dijo que él se saltaba la orden de alejamiento sin que ella lo denunciara, que le prometía cambiar. Todo se lo guardó. Finalmente, por alguna razón, se decide a acudir a la Guardia Civil y empezar a sacar su historia.
“¿Y por qué ahora tienes miedo si hace dos meses que le estás viendo?”

Gabriela Toledo, ante los hombres de uniforme, afronta un interrogatorio. Parece ser que se encontró intimidada y que respondió sin mucha coherencia. ¿Y por qué, sencillamente, no se niega usted? El interrogador no comprende. No le cabe en la cabeza que es posible, siquiera posible, que después del desgaste cotidiano, el acoso, las amenazas, la presión, los golpes, la humillación, el insulto, el desprecio y todo el rosario de truquillos rastreros e inconfesables con que una persona puede tratar de anular a otra, una víctima no se encuentre erguida y firme para responder con un derechazo, con paso firme, decidida ante la familia, los vecinos, los abogados, los jueces y todo lo que se le venga encima.
No cuentan con que las víctimas, algunas, muchas, cuando acuden a ver a una autoridad llegan ya vencidas. Cansadas. Y a veces con remordimiento, culpa, dudas, mil cosas. Miedo.
En esas circunstancias, y antes de morir asesinada, Gabriela Toledo se presentó ante la Guardia Civil para contarles el último episodio de su infierno. La Guardia Civil no fue sólo la Guardia Civil, sino la representación de una parte de la sociedad taruga y corta que no es capaz de comprender sin juzgar. El caso es que podemos curarnos en salud echándole la culpa al sistema, a la ausencia de medios, a la falta de cursos de formación, dichosos cursos de formación; al estrés laboral de los funcionarios, a la escasez de presupuesto, a las vacaciones que dejan los centros administrativos vacíos de personal, a la insuficiente política del gobierno, a la pasividad de los jueces, a lo que sea. Todo eso es cierto, así que ya tenemos culpables. ¿Alguien se siente mejor?
El asunto se saldó con siete puñaladas. Ahí la noticia. Que lo sepan.