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Los invisibles

Escrito por Carolina Fernández 31 Mayo 2008
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Erase una vez un país que no quería a sus inmigrantes. Explicándolo mejor, diremos que no quería a los inmigrantes en general ni a los suyos en particular, entendiendo como "suyos" aquellos que están viviendo en el país desde hace tiempo en una situación relativamente normalizada, léase contrato laboral e impuestos al día, que en definitiva es lo que a la administración más le importa.
contrapun.jpgFalta un pequeño detalle, diminuto, ínfimo, a saber: podrían ser expulsados en cualquier momento. Son ilegales. Ilegales que trabajan, que cumplen con sus compromisos sociales y que viven con la soga al cuello conscientes de que en cualquier momento los embarcan en un avión de vuelta a su casa. Pero hete aquí que los ilegales están un poco hartos ya de contribuir al sostenimiento del país, sin recibir a cambio más que malas caras y discursos políticos plagados de tópicos sobre el grave problema que supone para un país la inmigración ilegal. Por eso se han propuesto demostrar que sí, efectivamente, para un país supone un grave problema seguir manteniendo en la ilegalidad a miles de trabajadores extranjeros. ¿Cómo demostrarlo? Sencillo: dejando de trabajar. Huelga. Los ilegales en huelga. Brazos cruzados y a ver qué pasa. ¿Puede haber un plan más brillante?
Y así ha sido. Hablamos de Francia, país donde Sarkozy echa mano cuando le viene bien de un trasnochado discurso que pretende vender a los votantes mano dura frente a la inmigración. Sarkozy, el mismo que se llenó la boca de críticas al gobierno de Zapatero cuando promovió la regularización de trabajadores en España, ahora se ve forzado a estudiar una medida similar, si no quiere que se le desmonte medio país. Y es que los enfants de la patrie ya no quieren trabajar en determinados puestos. Rechazan la hostelería, el comercio, la limpieza, la seguridad privada, la construcción… Los franceses no quieren servir café au lait, ni tostar croissants, ni hornear baguettes. Y sin cafés, croissants ni baguettes el país se hunde. No hay Sarkozy que lo salve. Así las cosas, decíamos, los ilegales han ido a la huelga. Los franceses no quieren servir café au lait, ni tostar croissants, ni hornear baguettes. Y sin cafés, croissants ni baguettes el país se hunde. No hay Sarkozy que lo salve. Así las cosas, decíamos, los ilegales han ido a la huelga.
Hago un paréntesis para subrayar algo fascinante que tienen los franceses, y es ese savoir faire cuando se trata de organizar una huelga. No se lanzan a una chapuza cualquiera, no. Tampoco andan ratoneando tiempos y dineros, para al final acabar pegando cuatro alaridos delante de un ministerio, megáfono en mano, gritando consignas chuscas al ritmo del chiki chiki. No. Los franceses cuando van a la huelga se lanzan a la yugular del sistema, y puestos ahí, con los dientes hincados, esperan a ver quién cede antes. Va a ser que ese corporativismo ‘huelguil’ imposible de ver en España, es herencia del espíritu de la Revolución Francesa. Aquí todo es mucho más folclórico y menos efectivo, herencia de nuestras ínfulas, que siempre quedaron en nada. Vale que ahora no estamos hablando de franceses en sentido estricto, sino de inmigrantes en Francia, pero es evidente que algo se les ha pegado.
Bien. Recapitulemos. A ver si lo entiendo: los ilegales no pueden ser contratados porque a los empresarios les cae un puro si lo hacen, sin embargo sí trabajan, y mucho. No existen pero pagan impuestos. Pagan impuestos desde el limbo. Trabajan sin existir. Y como trabajadores que son, van a la huelga. Sin embargo como ilegales que son, no pueden ser reconocidos como trabajadores… Entonces ¿quién sirve los cafés en Francia? La huelga de este sector invisible es una jugada brillante, porque descubre elegantemente la incoherencia de un sistema que se apoya en ellos, sin que se atreva a reconocer su existencia. Es la soberbia de los ricos.
Afortunadamente, hay una parte de la sociedad que ya ha caído en la cuenta de que no se puede ser tan simple a la hora de la demagogia y la retórica anti inmigración que gastan alegremente algunos gobiernos. Y afortunadamente es una parte de la sociedad a la que el gobierno no puede ningunear. Son los empresarios, hartos de las trabas legales para contratar, de no cubrir puestos vacantes y de arriesgarse a un proceso judicial si tratan con un ilegal. Es el absurdo de un sistema que, sin esa mano de obra, tendría graves problemas para mantenerse a flote. Las sociedades, mal que les pese a algunos, ya no pueden estructurarse sin inmigración. El resto son argumentos tontos para votos facilones.
¿Y en España? En España tranquilos todos, que aquí no pasa nada mientras no nos dejen sin nuestras cañitas con tapa, a falta de café au lait.