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Los Chinitos

Escrito por Carolina Fernández 18 Julio 2008
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A las colegialas de los años 80, en determinadas fechas señaladas en el calendario nos reclutaban las monjas del colegio para formar parte de un ejército de faldas plisadas, prendedores y zapatos “merceditas”, y salir a la calle a conseguir dinero.
contrapun.jpgDigamos que era una forma de explotación infantil edulcorada, que utilizaba con premeditación y alevosía ese supuesto candor nuestro, y sobre todo el convencimiento con el que salíamos en tromba a barrer las calles, interceptar a las beatas, abordar a los hombres de pro (nunca supe bien qué quería decir eso), enternecer matrimonios encopetados para que echaran la mano al bolsillo, poner ojillos lastimeros ante nuestros padres, tíos y abuelos y que soltaran la pasta, y, en fin, usar todos los trucos a nuestro alcance, que no eran pocos, para llenar la hucha y contribuir a la mejora de la humanidad. Con la hucha en la mano, agitándola para anunciarnos, íbamos en jornada de mañana y tarde a lucir nuestras trenzas con lazo por la calle, en pareja como la guardia civil, o arracimadas como un rebaño, poniendo una pequeña pegatina en la solapa de los generosos, y negándole la distinción al tacaño que no nos daba dos duros. El que no soltaba pasta, se iba sin la condecoración. Así era. Supongo yo que en otros lugares pasarían tanta hambre o más, pero el concepto “chinitos” constituía para las monjas una forma de hacernos entrar en la mollera la idea de “pobre” en sentido genérico, resumido en un término que abarcase a todos los parias en general.
Cuando yo andaba en aquellas andanzas, se iba a pedir dinero para “los chinitos”. Todas las desgracias del mundo tenían como protagonistas a “los chinitos”. “Los chinitos” eran pobres de solemnidad, vivían en chabolas, pasaban un hambre del demonio, no tenían agua y estaban muy enfermos. Una existencia de mierda, vamos, que mejoraría sin duda con nuestro esfuerzo y nuestra aportación. Supongo yo que en otros lugares pasarían tanta hambre o más, pero el concepto “chinitos” constituía para las monjas una forma de hacernos entrar en la mollera la idea de “pobre” en sentido genérico, resumido en un término que abarcase a todos los parias en general, independientemente de que tuvieran o no los ojos rasgados.
La verdad es que la humanidad en su conjunto no mejoró gran cosa desde entonces. No es el caso de los “chinitos” de antaño. A esos no les ha ido nada mal. Habrá hambrientos, claro, nunca se reparte equitativamente, pero ya no encarnan la pobreza global. Ahora no sólo no son receptores de nuestra caridad, sino que si nos descuidamos nos compran La Cibeles y nos la revenden despiezada en un baratillo. Los chinitos ya no soportan ese diminutivo hipócritamente condescendiente, y son sencillamente chinos. Los chinos han inventado su propio sistema, eligiendo a la carta lo más rentable del comunismo y del capitalismo, léase represión y consumo. Los chinos reclaman para continuar su desarrollo una cantidad imposible de recursos naturales y energéticos y se presentan a sí mismos como el colmo de la modernidad, los valores, la eficiencia, el progreso. Los chinos serán el mes que viene los anfitriones con mayúsculas en un espectáculo que esperan convertir en su puesta de largo ante el mundo.
En 2001, cuando se decidió que los Juegos serían en China, las autoridades prometieron que no habría censura para la libre circulación de periodistas e información. Mentira. De sobra demostrado en los episodios de represión contra ciudadanos tibetanos. La constitución china recoge en una cláusula añadida en 2004 que “el Estado respeta y protege los derechos humanos”. Sin embargo los activistas siguen siendo perseguidos y encarcelados por motivos de conciencia, vigilados por la policía y detenidos arbitrariamente. El país sigue encabezando la lista de los países que utilizan la pena de muerte. Aplica un dudoso sistema de “reeducación por el trabajo” para faltas administrativas, sin juicio previo; censura Internet para sus ciudadanos, que no tienen acceso a la información. Pese a todo, procura a toda costa ofrecer una imagen sólida de avances y apertura de cara al gran espectáculo que van a ser los Juegos Olímpicos. En las próximas semanas, todo el mundo tendrá los ojos puestos allí, será su escaparate, su momento de gloria, su presentación internacional. O eso se espera. Los deportistas harán su trabajo y las autoridades invitadas el suyo: un estupendo ejercicio de hipocresía, aplaudir y callar.
Sería estupendo no dejarse deslumbrar por los fastos y las fiestas del teatro que se va a montar, no olvidar lo que ocurre en la trastienda, no embobarse con la coreografía del evento.
Querríamos disfrutar a gusto del magnífico espectáculo deportivo, pero mucho me temo que esta vez va a resultar un poco amargo. Un poco indigesto.