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El dinero y la fe

Escrito por Carolina Fernández 23 Octubre 2008
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El dinero. El dinero es un misterio. Yo estoy convencida de que el dinero, a excepción –dudosa- de los euros que guardo en el bolsillo, no existe. Es un mito como la fe, o la fama, algo que está aunque no llega a ser, y que crece o se destruye en función de cómo sople el siroco.
El dinero y la feHemos visto cómo se han hundido en cuestión de horas entidades que el día anterior eran sólidas. Tan sólidas como la fe, se entiende. Otras se han salvado gracias a inyecciones de liquidez. Fíjense que en algunos casos no hizo falta ver ni tocar, bastó la fe en la promesa de una inyección de liquidez, para que el sistema reaccionara, y las Bolsas, que están monitorizando constantemente el mercado, recuperaran el pulso con timidez. Es que la fe es fundamental. Supongo que a partir de esta Gran Crisis, lo primero que debe aprender todo aquel que ponga un pie en la Facultad de Económicas y Empresariales es que el sistema se sustenta sobre la fe y el fervor. Más tarde vendrán los números, los índices y la estadística. Si es todavía más cantidad, el dinero es definitivamente gaseoso y se rige evidentemente por leyes aerostáticas, qué otra cosa si no. Aumenta o disminuye su volumen en función de la temperatura atmosférica del mercado. Sólo creyendo, se pueden responder preguntas sustanciales, por ejemplo, sobre el estado de la materia.La transfiguración del dinero es un milagro cotidiano, que no por cotidiano deja de ser extraordinario. Porque ¿cuál es el estado natural del dinero? La respuesta rápida de la mayoría de los mortales es que es sólido. Pero es ahí donde hay que detenerse a reflexionar más, hay que entender el prodigio. Cuando el dinero es mucho se habla de liquidez. Ya no es metal contante y sonante, burdo y pesado, sino que se ha transformado en líquido. Liquidez inyectable, para más señas. Y si es todavía más cantidad, el dinero es definitivamente gaseoso y se rige evidentemente por leyes aerostáticas, qué otra cosa si no. Aumenta o disminuye su volumen en función de la temperatura atmosférica del mercado. Es una cuestión de bulto y apariencia. El dinero está en el éter, y adquiere ahí su dimensión mística. Nadie lo ha visto. Nadie lo toca. Todos abren la boca con asombro porque todos creen en él. No hay más que ver las caras de los brokers cuando suben los índices, teñidas de una sublime expresión de gozo que deja en pamplinas el éxtasis de Santa Teresa.
Llevamos semanas asistiendo a esta tremebunda crisis económica, bancaria, financiera, o como queramos llamarla. Yo creo que al final la culpa de todo es del propio dinero, que ha perdido la fe en sí mismo, por eso se hunde en la miseria. Otra explicación, no hay.
¿De verdad alguien duda todavía que estamos todos locos?