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Mujer A Conciencia La violencia invisible

La violencia invisible

Escrito por Maria Eugenia Eyras 28 Enero 2010
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Cualquiera de nosotros puede sufrirla pero las víctimas propiciatorias suelen ser los más débiles de carácter o de condición, una mujer, un niño, un anciano, una persona tímida.
aconcienciaLa violencia psicológica, como la económica, causan estragos especialmente entre las mujeres y sus hijos cuando son dependientes económicamente.
Esta variante del terrorismo doméstico es una de las caras habituales del machismo, que acostumbra a expresarse en términos de abuso verbal, de desvalorización, de celos, de posesión y de control, aunque también existen mujeres con ansias de dominación que la practican.
A diferencia del maltrato físico, la violencia psicológica es sutil y, por lo tanto, más difícil de percibir o detectar. No deja moratones ni cicatrices en el cuerpo, pero las huellas que deja en el alma son, a veces, imposibles de borrar.
Expresiones como “Eres una inútil”, “No sirves para nada”, “Pareces imbécil”, sirven para destruir la autoestima y la confianza en sí misma de la persona agredida y tienen el objeto de anular su voluntad y volverla sumisa y manejable.
Por invisible, es tal vez la forma más perversa de maltrato y vejación, una destructora eficaz de la identidad del otro. Su intención es maligna: humillar, doblegar, desmoronar, para reinar luego sobre esas humeantes ruinas de la personalidad avasallada.
Las descalificaciones (“Tú de esto no entiendes”), las humillaciones (“Estás gorda como una foca”), los gritos y los insultos, los sarcasmos y las caras de asco, las rabietas y las amenazas, son estrategias de manipulación ejercidas con un solo fin: desmantelar el núcleo de la dignidad y la autonomía del otro ser humano para someterlo a su control.
Es alarmante que las cifras del maltrato machista indiquen que cada vez son más jóvenes las mujeres que lo sufren. Nadie está a salvo de esta forma de manipulación e intento de dominio, por lo que la mejor prevención es estar alerta. A veces toma la apariencia policíaca que gatilla preguntas como “¿De dónde vienes a estas horas?” “¿Con quién has estado?”, “ A ver, comienza a mentir”, o actitudes como revisar frenéticamente el móvil del otro en busca de mensajes, leer sus mails para saber con quién se escribe...
Otras veces se disfraza de hipercrítico, de ‘dueño de la verdad’ que afirma: “Eres una vaga, una perezosa sin remedio, en lugar de estar leyendo tus mails deberías estar fregando la casa, todo está que da asco”. O que sentencia: “No sabes hacer ni un huevo frito. Esta comida es inmunda, no se puede tragar”.
También suele convertirse en un moralista: “Irene sí que sabe cómo complacer a su hombre y tener la casa impecable”, “Una buena madre debería poder controlar a sus hijos”, etc.
Cuando sus víctimas se rebelan estos ‘verdugos’ se convierten, a veces, en ‘víctimas’ que amenazan con matar al otro o matarse ellos mismos o matar a los inocentes hijos; todo con tal de salirse con la suya y no perder a sus vasallos.
Es alarmante que las cifras del maltrato machista indiquen que cada vez son más jóvenes las mujeres que lo sufren. Nadie está a salvo de esta forma de manipulación e intento de dominio, por lo que la mejor prevención es estar alerta.
No hay que confundir el amor con los celos (“Él es así porque me quiere”), porque el amor significa confianza. La primera señal de que algo no funciona es la sensación de malestar profundo que se experimenta en contacto con la pareja, después de alguna discusión. Una se siente humillada, desvalorizada y con la certeza de que se le ha faltado el respeto.
La segunda señal es cuando una se encuentra dándole explicaciones a la familia y a los amigos para excusar algunos comportamientos enfermizos de la pareja.
La tercera, y debería ser la última, es la de encontrarse haciendo algo que uno no quiere, sólo por no enfrentarse a una discusión o por temer la reacción del otro.
La cuarta, cuando se persiste en mantener este tipo de relación de dependencia emocional, consiste en pensar que una es culpable de lo que ocurre y que no puede hacer nada, que está escrito que esto suceda así y que, seguramente, las cosas se resolverán por sí mismas.
Esta actitud victimista y resignada suele ser la antesala del primer empujón y de la primera bofetada, de la primera paliza y de la primera puñalada.
La violencia invisible, no por soterrada es menos cruel. Es la puerta abierta al abismo. Δ