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Mujer A Conciencia El Templo de la Vida

El Templo de la Vida

Escrito por María Eugenia Eyras 14 Mayo 2009
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'Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.'  (Miguel Hernández) aconciencia

Desde sus comienzos la humanidad adoró la fuente de la vida humana, la misma que originaba toda la vida animal y vegetal, bajo la forma de la Gran Diosa Madre, la Dadora de Todo.
Los hombres y las mujeres primitivos se reconocían, a ellos y a su entorno, como a partes de un todo que era la naturaleza, que a su vez era parte de un todo que era el cosmos.
Se trataba a la naturaleza con respeto y maravilla, por ser la suprema manifestación del gran misterio de la vida y de la muerte.
Con temor y admiración los primeros humanos contemplaban cómo el prodigioso milagro de la vida humana surgía de las profundidades del vientre de la mujer.
Con el tiempo, estos seres inocentes comenzaron a albergar temores.
Tal vez el sol no saldría mañana….
Quizás la primavera no regresaría a cubrir de brotes tiernos las ramas desnudasEl cuerpo de la mujer dejó de ser el sagrado templo de la vida para cosificarse en un objeto placentero, un juguete para el espasmo egoísta de un minuto y la satisfacción de la dominación instantánea. de los árboles y éstos no se cubrirían de frutos…
Comenzaron, entonces, a practicar rituales con el fin de asegurarse la buena voluntad de la Diosa y su exuberante generosidad.
Para honrarla, celebraron grandes fiestas donde hombres y mujeres copulaban frenéticamente, grandes orgías colectivas donde el acto sexual era el protagonista, como símbolo de la fecundación de la Madre Naturaleza.
Pasaron los años y surgió otra modalidad religiosa, la prostitución sagrada.
Ésta obligaba a las doncellas vírgenes a servir como sacerdotisas-prostitutas durante cierto número de años en el templo de la Diosa, para preservar el sagrado misterio de la fecundidad en la memoria de los hombres.
Muchos años después estas costumbres también se perdieron y surgió, entonces, la idealización del héroe, del guerrero que con la fuerza de su brazo, a golpes de espada y con férrea voluntad, podía cambiar el rumbo de los acontecimientos.
La admiración callada por el milagro de la vida fue reemplazada, poco a poco, por el temor a la jerarquía autoritaria y a la soberanía de la voluntad.
El cuerpo de la mujer dejó de ser el sagrado templo de la vida para cosificarse en un objeto placentero, un juguete para el espasmo egoísta de un minuto y la satisfacción de la dominación instantánea.
Sin saberlo, el varón calmaba así sus más profundos temores ante el enorme misterio de la existencia.
Si dominaba a la mujer, controlaba la vida.
Si poseía ese vientre todopoderoso que lo había expulsado y que podía volver a devorarlo, estaba a salvo de la muerte.
Así nacieron actividades tan tristes y tan alejadas de la dignidad humana como lo son la pornografía y la prostitución.
Para recuperar nuestra alma y nuestra unidad con el cosmos, debemos regresar a los valores dictados por nuestra intuición más esencial.
Y recordar que todo lo que denigre el cuerpo de la mujer, ese sagrado templo de la vida, constituye un crimen de lesa humanidad contra nuestra más intrínseca naturaleza. Δ