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Tenemos 212 lectores conectadosLa música del mar |
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Verano de calor, levante, alta noche de agosto. Es la hora del cierre para las últimas bombillas, los pensamientos, el ordenador las puertas de la casa. Al cerrar la más íntima, se me pone en los ojos el jardín con el deseo irrefrenable -tal vez inoportuno-, de contemplar la noche. Salgo, pues, al jardín, donde me dejo penetrar por el silencio hondo de la naturaleza, que apenas contradicen -como lejanas melodías- los monótonos cantos de los grillos. Conteniendo el aliento, intento oír las bramas musicales de esa masa sinfónica, ese espejo sonoro que veo desde aquí bajo una luna pálida y mojada. Naturalmente, tengo clara conciencia de que es la hora del sueño. Pero el sueño se ha ido de mis ojos, de pronto estimulados por un canto hechicero y atrayente que me anula y me arrastra y me libera. Y es en ese momento cuando -con mucha precipitación y escaso disimulo-, me encamino hacia el mar con el explícito deseo de dejarme mecer por sus ronquidos Y bien que lo he logrado, tengo todo el mar para mí. Soy suyo. Ligero de equipaje, y sin otra liturgia que una completa desnudez, vacío el pensamiento y me dejo acariciar por un agua apacible que, al arrastrarse por la orilla, me pone en los oídos esta música, rasgada y venenosa que, ya al salir el sol, he traído a la cama. Riiiiis, raaaaas….., riiiis, raaaaas…. Oyéndola me acuesto y, por primera vez en los últimos insomnios, he sentido la vida como celebración y no como derrota. Δ Del libro “Las orillas del mar”
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