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1 De forma imperceptible -y hasta puede que involuntaria-, dejo a un lado el camino por el que voy todos los días al encuentro gozoso con el mar. El sendero elegido -desdibujado por momentos, casi reminiscente- me conduce a un paraje solitario donde abundan las rocas. Una de ellas presenta una hendidura por la que accedo a un pasadizo y finalmente a una cueva. Es verdad que me tiembla el corazón, pero descubro con asombro que mi curiosidad es superior a mis recelos, siendo éstos muchos. Y de pronto me veo -casi diría que me intuyo- en un pequeño espacio que, de manera insospechada, viene a ser el vestíbulo de una experiencia singular, desconocida, casi delirante. La historia es breve: Cuando mis ojos se acostumbran a la mermada luz del interior, consigo descifrar este letrero cincelado en la roca: “Prohibido el paso” Y debajo, con letra diminuta, se añade esta curiosa explicación, que es más bien un enigma: “Si transgredes la prohibición y cruzas ese hueco de elemental oscuridad, hacia el que miras con asomos de incontinencia, sabrás más de ti mismo y entenderás mejor el mundo, pero nunca podrás, a cambio, revelar la naturaleza de tus descubrimientos. En realidad, tan sólo habrá una forma humana de saber si has burlado el mandato o lo has obedecido. Y no tú, otros serán los que lo sepan, los que te harán saber un día, casi de forma imperceptible y, desde luego, silenciosa, que, como tú, están en el misterio” 2 Y no recuerdo más. Cuando cesó la luz mi mente quedó a oscuras y ya no hubo conciencia ni energía que guardara un destello en la memoria. Dicho de un modo más humilde: No sé cómo ni cuándo abandoné la cueva. Tampoco sé la forma en que salí de aquel lugar para llegar a casa. Sólo puedo decir que, al recobrar la lucidez, el alba se posaba sobre el mar y el horizonte ardía. Epílogo ¿Si me he vuelto a acercar al escenario de los hechos? Claro, me acerco con frecuencia. Tomo el mismo camino, llego al mismo paraje y busco, busco con toda intensidad. Pero es buscar en vano, porque jamás he vuelto a ver la mágica hendidura de la roca, por la que un día, cayendo ya la tarde, penetré en las arterias del subsuelo. Posdata: Me siento mal. Ignoro lo que pudo ocurrir en esas horas de absoluto vacío de la conciencia. ¿Ha cambiado mi vida? No lo sé, pero mis ojos, desde entonces, no paran de buscar en las miradas inescrutables de la gente un guiño de complicidad, una confirmación cuyo deseo me satisface y me horroriza. Δ Del libro “Las orillas del mar”. www.mestrada.net
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