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Infancia y paisaje

Escrito por Luis Alberto Henríquez 08 Octubre 2010
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A la memoria del poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Los mirlos cantan a la caída de la tarde
para sí el amor;
apuran para mí el día
nervioso de preguntas, que se me muere el día
y qué pletóricos juntos ellos todos mirlos:
enérgicos sus picos
que entreabren cual gajos presumidos
o afilados si fueran de naranja.

Llenan la tarde, vuélvenla más frondosa,
vuelan, revuelan, páranse, cantan
como si rieran o es que ríen
frenéticos, jugosos -parecen energúmenos-,
candentes entre la floresta,
entre las zarzas
y siempre aficionados al verdor.

Desde el balcón que es alto de mi casa,
casi siempre me doy tan a escucharlos
-detengo la lectura, la música, el estudio-
a la caída de la tarde,
ahí cuando el amor se vuelve más necesario
y ese misterio denso que nace de lo vivido
me pellizca el costado y la risa.

Yo los contemplo mirlos; mas los siento
ceniza renacida de lo agreste roca y verde,
pura metáfora acaso los mirlos
de otro canto natural y hondo
que parece dormir en la entraña de las cosas.

Si no, cómo es posible que sus gritos tan libres
puedan venir y lleguen hasta mí tan adentro
a voltearme el corazón
triste o alegre en las tardes.
Por eso creo que un signo de metáfora,
de trasunto del espíritu
ríe con ellos mirlos
y salta con ellos y se prende entre la floresta
y acaba incendiando la floresta, el pinar,
las zarzas, las palmeras... Mi corazón
alegre o triste sobre estas tardes agridulces,
los espera...
Cuando el amor que cae se vuelve -o lo parece-
nuestra sola fortuna necesaria.

A la caída de la tarde
los mirlos -serafines oscuros-
secretos dicen a mi alma...
Mi corazón se alegra, mi corazón los espera
a la caída de la tarde
cuando el amor se vuelve tibio y necesario.

Y ellos mirlos ya están ahí,
como criaturas que fueran hijas de mis anhelos
o breves rojo y negro redivivos
ensanchadores de mi risa, mis tardes y mis ojos. Δ