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Escrito por Luis Alberto Henríquez
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25/09/09 |
Imagínate el sol espléndido. Como un león tendido sobre el cielo. No ruge. Sólo brilla. Intensamente. Rabiosamente el día soleado. Las playas, recostadas en sus curvas. Imagínate…
A decenas de amadas a la espera. Con sus manos exactas, sus muslos y sus risas. El vértigo del mar lleno de abismos. A decenas de amadas que me aguardan. Con su estructura corporal de senos y pájaros. Con sus labios que vienen a reinventar la gloria. Con ostras y con dátiles escondidos. Con cabellos que han sido trenzados para mí. Imagínatelas con triángulos y con curvas. Con sus vientres fecundos en que sembrar semillas. Imagínatelas.
Imagínate entonces cuánta pena por lo que no tendré.
Contemplo una sonrisa. Las piernas. Las maneras de esa sonrisa. Contemplo la emoción crecida contra mí. Memorias súbitas de rostros en que sostuve la ilusión del amor definitivo. Imágenes impresas sobre el ala de un gran deseo inconsolable… Stop. Párense aquí, imágenes impresas sobre el ala de un gran deseo inconsolable. Párense aquí. Stop. Detengan su aguijón que me envenena. La sangre enamorada que me habita querrá gritar su grito bajo el sol espléndido. Para el amor, sí, para las playas. La sangre que no sabe de silencios, de pausas, de opciones contra la arquitectura de mis huesos.
Silencio. Párense aquí. Deténganse, recuerdos. Mi sangre enamorada parece que dormita. Tengo una calma extraña. Deténganse. Imagínate el sol espléndido.
Pues bien. Es como si esa renuncia fuese cierta. Verdad. La veo tan posible. Libertadora. Como si siempre hubiese estado.
Silencio. Pausa. Deténganse. Silencio.
Más allá de las curvas y los triángulos. Más allá de los besos. Más allá del deseo. Más allá de las ostras y los dátiles. Como fiera agazapado. (junio 2000)
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