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Opinión Opinión Votar contra un país indecente en una época miserable

Votar contra un país indecente en una época miserable

Escrito por Antonio San Román Sevillano 06 Junio 2016
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Cada día nos desayunamos con un nuevo caso de corrupción puesto al descubierto por las fuerzas del orden encargadas de aplicar la Ley. Lo habitual es que esté implicado algún dirigente del PP, partido en el Gobierno de la nación, de algunas autonomías y numerosos Ayuntamientos de toda la geografía española.

De tarde en tarde, aparece algún político ligado al PSOE, el otro partido aún fuerte del actual régimen político español.

También, de tarde en tarde, los medios dominantes del actual régimen oligárquico español, buscan actuaciones más o menos dudosas de los actuales partidos de izquierda que se oponen al sistema. Desarrollan y amplifican la importancia de los mismos llegando, sin dudar, desde las medias verdades hasta la difamación. Difamaciones que no desmienten cuando todo su discurso se demuestra falso, falsario e indecente. Estos medios del sistema son un apéndice más de la corrupción de sus dueños.

Entre unos y otros, incluida la Iglesia católica, nos han construido, nos construyen a diario, un país indecente en una época miserable.
Las encuestas nos dicen que los mismos partidos que han arruinado nuestra presunta democracia son los más valorados. Aunque esto se contradiga con la valoración de sus líderes.
En la vida cotidiana, entre nuestros vecinos, colegas de trabajo, incluso familiares, la convivencia de cada uno de nosotros, de casi todos –siempre hay la excepción de los héroes y también de los fanáticos-, este espíritu de indecencia se ha extendido. La pequeña corrupción se practica en el trabajo, en la comunidad de vecinos, en el comportamiento con nuestros amigos, familiares y conocidos. Cierto, son pequeñas "cesiones" cotidianas que la mayoría hacemos. Aceptamos al que "roba" un boli en el trabajo, en el banco, el que hace unas fotocopias, al que aparca mal, al que no respeta las pequeñas normas de la vida cotidiana, al compañero del curro que se escaquea,...

La decencia social se ha desvanecido. Nos han enseñado que el que no se aprovecha es un idiota. De la sociedad franquista heredamos una corrupción grosera de ordeno y mando propia de una dictadura. La llegada al Gobierno del Partido de Felipe González pudo suponer un giro en aquella sociedad. Pero aquel Gobierno presunto socialdemócrata, con el desmantelamiento de una economía obsoleta, acabó con el sentimiento, al menos, del aparentar socialmente ser honorables. En lugar del aggiornamento –adaptación de los principios sociales a un mundo actual, moderno y verdaderamente democrático- económico y social que se les pedía, nos aggiornó en el comportamiento de la indecencia moral. Recuerden a aquel ministro de Hacienda llamado Carlos Solchaga. Recuerden a aquel vicepresidente que nos habló de la muerte de Montesquieu, de moverse en la foto, de controlar la educación, etc. Recuerden el terrorismo de Estado. Las empresas privatizadas. Las nacionalizadas y después privatizadas entre amiguetes.

La democracia, desde entonces, se ha quedado en presunta. Está encausada cotidianamente. Ha sido sustituida por la arbitrariedad del partido gobernante de turno –PP o PSOE-. Partidos controlados por la oligocracia capitalista del Ibex35 y los no elegidos de Bruselas.

En un estado democrático en que la libertad debiera ser posible, ni siquiera todo lo lícito lo es. La normativa legal vigente invade la esfera de la vida privada con restricciones y controles que reducen a senderos estrechos y muy empedrados la libertad del individuo y organizaciones sociales.

Nuevamente nos convocan a la presunta fiesta de la democracia: ejercer nuestro derecho al voto. Las encuestas nos dicen que los mismos partidos que han arruinado nuestra presunta democracia son los más valorados. Aunque esto se contradiga con la valoración de sus líderes. Y, el que serás más votado con el peor candidato, un partido que tiene como habitual ejercicio del poder ostentar la corrupción económica y social de numerosos de sus dirigentes.

Cada uno tenemos nuestro derecho al voto para elegir a quienes ostentan y fomentan la corrupción de nuestra sociedad. Quien lo haga, participa de esa corrupción.

En caso contrario, podemos optar ejerciendo nuestra libertad democrática contra los poderes que han construido y sustentan esta sociedad que, la mayoría, aborrecemos. Sabemos quiénes son. Quiénes forman parte de ellos, incluidos los medios de comunicación que los sostienen. Δ

 
 

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