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Opinión Opinión La clave política en la crisis china

La clave política en la crisis china

Escrito por Xulio Ríos 01 Abril 2016
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¿La desaceleración de la economía china es resultado de la propia iniciativa reguladora tomada por el país? ¿Se puede planificar una crisis?

La debilidad de los pedidos industriales, el retroceso del empleo, la baja de la producción como consecuencia de la contracción de la demanda en Europa, la atonía del sector productivo, hacen sospechar a los observadores especializados y fundamentan una sombra de inquietud sobre la capacidad del actual liderazgo para superar los déficits socio-económicos y políticos que el régimen decidió afrontar desde 2012.

El crecimiento ha actuado siempre como el principal faro del éxito del experimento chino. Las tasas desde 1980 han estado por encima del 9 por ciento salvo a finales de esa década y diez años más tarde, al inicio del siglo XXI. Pero desde 2011 viene manifestando un descenso regular. Tras las convulsiones del mercado bursátil del verano pasado, la moderación es un efecto insoslayable de la transición hacia una economía no tan dependiente de las inversiones públicas y de estrategias de endeudamiento más prudentes que dejan entrever la reducción de apoyos a sectores y empresas en dificultades y con escaso futuro.
En 2015 se ha registrado un aumento del 70 por ciento en el número de multimillonarios en dólares de los cuales un 25 por ciento, al menos, son miembros del PCCh. La crisis no afecta a todos por igual.
Todo el año 2015 ha estado marcado en China por cierto sentimiento de que las cosas van peor de lo que pronosticaban los planificadores. Al comienzo del ejercicio, en las sesiones anuales legislativas, se abordó un retrato de las dificultades que pesan sobre la economía: la inversión se contrae, el consumo se estanca, el costo del trabajo aumenta, las pymes no pueden acceder al crédito, los beneficios de las industrias tradicionales se reducen, la oferta de empleo se debilita, las rentas de los particulares caen, etc. A todo ello deben añadirse las fluctuaciones a la baja del sector inmobiliario, el repunte de las deudas tóxicas de los bancos, las dificultades del sector agrícola, el agravamiento de la problemática ambiental y cierto resurgir de los conflictos laborales. Este retrato invita a pensar que la necesidad de los ajustes alcanzó un punto crítico, pero la capacidad de actuar, se reconocía en el propio Parlamento chino, estaba limitada por los intereses particulares y corporativos profundamente instalados en determinados segmentos del aparato partidario y estatal. La contracción del crecimiento es inseparable de la reestructuración de la economía.

Algunos expertos chinos vaticinan que 2016 será un año convulso a medida que la reestructuración en los grupos públicos se intensifique, evidenciando notorios problemas como el "desempleo invisible", hoy sometido a control. Dos tendencias cabe destacar. Una apunta a salvar los grandes conglomerados que forman parte de la raíz del tejido industrial tradicional mediante fusiones. Otra, el deseo de saneamiento. La Academia de Ciencias Sociales prevé que en 2016 aumentarán los despidos y el sector servicios no será capaz de reabsorber los excedentes. El empleo también se reducirá a medida que se relocalicen empresas chinas en el extranjero. Fuentes oficiales destacan que el 39,7 por ciento de las empresas estatales tienen pérdidas y muchas han suspendido, total o parcialmente, la producción retrasando el pago de salarios a los trabajadores.

Se estima que los gigantes industriales detienen el 70% de la deuda china. En una jungla de grupos conectados al poder, la simplificación podría disminuir las oportunidades de corrupción y mejorar la gestión, pero los bastiones conservadores, donde se cruzan los clanes políticos rivales y los intereses económicos, opondrán seria resistencia. El ajuste industrial y socioeconómico en curso puede provocar disturbios internos serios, dicen quienes consideran que la transición no será fácil ni pacífica. Según el instituto Hurun de Shanghai, un 64 por ciento de las grandes fortunas chinas mostraban en 2014 claras intenciones de salir del país.

La severidad de la lucha contra la corrupción aumenta la popularidad de Xi frente a los rencores de los usufructuarios de los antiguos esquemas de desarrollo, hoy insostenibles. El nuevo liderazgo trata de ganar tiempo para que la confianza social no se debilite en tanto no se aprecian los resultados de los esfuerzos en la reducción de las diferencias de desarrollo y desigualdades. Pero el proceso de ajuste durará, al menos, hasta 2019. En 2015 se ha registrado un aumento del 70 por ciento en el número de multimillonarios en dólares de los cuales un 25 por ciento, al menos, son miembros del PCCh. La crisis no afecta a todos por igual. Tampoco en China. Δ

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China.


 

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