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Democracia... ¿vintage?

Escrito por Helena Pérez De la Merced 12 Noviembre 2015
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Tenemos una democracia 'vintage' de estilo ochentero, de buena calidad con respecto a sus materiales pero con alguna 'tara' producida por el paso del tiempo.

Últimamente una encuentra alusiones a lo vintage por doquier. Muebles, automóviles, libros, prendas de vestir o instrumentos musicales antiguos son objetos que podemos encontrar mientras paseamos por las tiendas de cualquier barrio cool — y gentrificado — de alguna de nuestras ciudades. En nuestro afán de apropiación de anglicismos, la palabra vintage se ha introducido en nuestro abanico léxico diario para referirnos a aquellos objetos que han sobrevivido al paso del tiempo no menos de veinte años. Buscando la analogía con el aspecto político podríamos afirmar que tenemos una "democracia vintage" de estilo ochentero, buena calidad con respecto a sus materiales aunque con alguna tara producida por el paso del tiempo.

Además de vintage, de lo que no cabe duda es que el concepto de democracia es bifronte. De un lado, contiene una perspectiva normativa asociada a cuestiones de valor. Por otro lado, su segunda cara se corresponde con una perspectiva empírica que se acerca a lo que la democracia es; a la descripción de su realidad. Sin lugar a dudas, como todo en la vida, una cosa es lo que la democracia debería ser y otra, diferente, lo que la democracia es de facto. Estas dos dimensiones del concepto de democracia han experimentado una tensión histórica, un tira y afloja entre el ideal de democracia y su realidad. Como Robert Dahl apuntó, la democracia (el ideal) sería aquello a lo que aspiran nuestras imperfectas poliarquías (la realidad). Parece pues que la cuerda ahora es tirada por la desafección ciudadana que reclama cambios. En consecuencia, muchas de estas voces vienen demandando desde el extremo de la cuerda (o el centro de la plaza), algo que creen, se corresponde con el ideal (o "la democracia real"): un mayor grado de transparencia institucional y un aumento del nivel de participación política por parte de la ciudadanía.
Si tenemos aplicaciones en nuestros teléfonos móviles sobre cualquier tema en el que podamos pensar, ¿por qué no crear aplicaciones de control sobre nuestros políticos?
Como sostiene Vallespín, la transparencia —entre otros atributos— formaría parte del software de la democracia necesario para procesar el hardware o el núcleo institucional. Siguiendo con esta comparación sostendré que, además, este software debe ser libre. Teniendo en mente a Stallman, gurú del software libre, un software en el que todos los ciudadanos puedan participar y colaborar con el objeto de mejorar la calidad del mismo y, en definitiva, el funcionamiento de la democracia.

Siguiendo con esta cadena de relaciones, este software libre indudablemente se correspondería con modelos de democracia participativa-deliberativa. Grosso modo y, — qué duda cabe — simplificando en exceso, el acento de estas teorías de la democracia es colocado sobre la cooperación más que sobre el conflicto y, en consecuencia, el ideal de las decisiones políticas ya no es resultado de procesos de negociación sino de procesos deliberativo/argumentativos. Por tanto, nos dirán estas teorías, a través de la liberación el posible conflicto se disipa alcanzando presupuestos que convengan a aquello que denominamos interés general.

Como se puede atisbar, en este modelo de democracia el espacio público juega un papel especialmente relevante. Va de suyo que el proceso deliberativo se configurará de una u otra manera en función de cómo esté construido el espacio público. Autores como Arendt o Habermas, partidarios del modelo de democracia deliberativa, analizan las transformaciones del concepto de lo público desde la esfera normativa y ambos llegan a la misma conclusión: el espacio público está erosionado. Es decir, de nuevo, se produce una tensión entre el ideal y la realidad. Y la realidad, como apunta Habermas, es que el espacio público se ha ido distribuyendo de forma espontánea.

Nadie puede negar a estas alturas que esta espontaneidad del espacio público no se haya ampliado al terreno de internet. Esta prolongación del espacio público es una realidad virtual en la que tienen su espejo las virtudes y los vicios de la vida "real". El estudio de internet como revolución en los libros de texto indudablemente será a nuestros tataranietos lo que fue para nosotros la Revolución Industrial o la Revolución Francesa. No obstante, nos encontramos en un período complicado; un momento en el que confluye lo antiguo y lo nuevo, las permanencias y las continuidades y que, cuando menos, nos confunde.

Pero sobre todo, los periodos de cambio se corresponden con grandes oportunidades. Si internet ha potenciado nuestra esfera social, ¿por qué no trasladarlo a nuestra esfera política? ¿Por qué no utilizar la oportunidad que internet nos presta como plataforma para aumentar la transparencia así como nuestra participación política? ¿Por qué no tener también en nuestra mano la rendición de cuentas por parte de nuestros políticos o de nuestro partido? ¿Por qué no participar en los procesos de toma de decisiones desde los medios que internet nos brinda? En definitiva, ¿por qué no cambiar nuestra "democracia vintage" por una de última generación?

Diferentes voces reclaman cambios en el ámbito de nuestra "democracia vintage" con un telón de fondo de crisis y de desencanto. Más allá de lecturas pesimistas, esta coyuntura nos brinda la posibilidad de reforzar los lazos entre élites políticas y ciudadanía con insólitos instrumentos: las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Si tenemos aplicaciones en nuestros teléfonos móviles sobre cualquier tema en el que podamos pensar, ¿por qué no crear aplicaciones de control sobre nuestros políticos y políticas? ¿Por qué no participar directamente en las deliberaciones de nuestro partido? ¿Por qué no, como proponía Arendt, evolucionar desde meros espectadores a ciudadanos y ciudadanas activos que participan en la esfera política? Δ

Helena Pérez De la Merced. Debate21.es


 
 

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