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Los Apóstoles de la Paz

Escrito por Víctor Corcoba Herrero 30 Octubre 2015
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Me gusta que la gente se afane en calmar tensiones, puesto que las tiranteces no conducen a nada bueno, en un mundo sobrecargado de armas.

Víctor CorcobaBienvenidos, pues, los apóstoles de la paz, aquellos que no conocen fronteras, y su única tarea radica en conciliar lenguajes, reconciliando almas. Ellos son el viento terapéutico que el planeta necesita para poner armonía en un paisaje tan globalmente convulso, donde prevalecen las divisiones este-oeste, norte-sur, amigo-enemigo, sobre las fuerzas de concordia y unidad. Por eso, urge tomar decisiones que nos serenen, está en juego la supervivencia misma de la humanidad entera, en virtud de la capacidad destructiva que nos acorrala. Son una leyenda ya vieja las inútiles contiendas, motivadas por el odio y la venganza. O la de grupos privilegiados que abusan de su poderío para imponer su yugo a sociedades enteras. O la de ciudadanos que llegan a construir su bienestar a expensas del bien de los demás. Los instintos irracionales y egoístas se repiten hasta la saciedad. Somos así de necios; de ahí, la necesidad de estos discípulos de lo armónico para emprender un camino de verdadera unión entre todos.
Hemos de ser efectivos defensores de la verdadera libertad social, que consiste en poder vivir cada uno según las leyes y según la recta razón.
Hoy por hoy, nos desborda este camino de nerviosismos que nos deja más pálidos que los tizones de las llamas. Nos alegra, por tanto, que el día veinticuatro de octubre, casi dos centenares de monumentos, edificios y otros lugares famosos, en casi medio centenar de países del mundo, se iluminen de azul para celebrar el setenta aniversario de Naciones Unidas. Yo también pienso, como dijo su Secretario General, que "al pintar el mundo con el azul de la ONU por un día, podemos iluminar el camino a un mañana mejor". Nos hace falta esperanzarnos y cualquier luz siempre es gratificante para promover juntos una auténtica movilización ética mundial, que vaya más allá de cualquier diferencia de credo o de opiniones políticas. Con la fraternización todo será más llevadero, porque un mundo hermanado comienza con la autosatisfacción de cada persona y finaliza abrazando la verdad como bandera, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación. Yo así lo considero, y creo que cualquier genuino evangelista del orden poético, sabe bien que no basta con hablar de buenas intenciones, uno debe de armonizar las alianzas y trabajar de manera coordinada para conseguirlas. Que un mundo nace cuando dos se aman.

En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel de estos propagadores de la armonía, siempre dispuestos a promover el bien colectivo; y, en consecuencia, a defender la libertad ciudadana, en la que deber haber una correlación entre derechos y deberes, por el cual cada ser humano está llamado a asumir las responsabilidades de sus propias actuaciones. En este sentido, hemos de ser efectivos defensores de la verdadera libertad social, que consiste en poder vivir cada uno según las leyes y según la recta razón. Por eso, causa verdadero pavor aquellos que aprisionan o apresan vidas humanas, sin motivo alguno. Precisamente, la Unión Interparlamentaria (UIP) de Naciones Unidas, acaba de expresar su gran preocupación por el destino de dos ex parlamentarios iraquíes, uno de los cuales ha sido condenado a muerte y presuntamente se encuentra recluido en régimen de aislamiento sin acceso a tratamiento médico. No tiene sentido, acusar falsamente y mucho menos condenar a muerte lo que es vida por propia razón de existencia. Resulta imposible imaginar que los Estados aún no puedan disponer de otro medio que no sea la pena capital, máxime en lugares de conflictos en los que no suele haber un juicio justo.

En cualquier caso, yo me quedo con la legión de pacifistas para abrir boca, o si quieren camino, repartiendo más sonrisas que panes y más abrazos que lágrimas. Sin duda, el servicio a la paz, como alma que nos fraterniza requiere de más puentes que muros, y merece ya no sólo el aplauso de todos, también el seguimiento de ser como ríos en busca de mar, para el reposo y la quietud. Al fin y al cabo, ¿qué hace falta para ser dichoso?. Poca cosa: un poco de amanecer para levantar el ánimo, una pizca de aire para respirar, y una chispa de verso para alegrar el alma, que es aquello por lo que vivimos, sentimos y pensamos. No olvidemos que los apóstoles de la calma, llevan en su ordenado espíritu, una vida de gozos que les colma de alegría. Retiremos las armas. Tomen voz los cultivadores de poesía. Hagamos silencio, ¡reflexión!. Δ

Víctor Corcoba Herrero. Escritor.