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Otros Aventura y Viajes Jordi Canal-Soler. Escritor. 'El viaje al Polo Norte es un viaje a las sensaciones'

Jordi Canal-Soler. Escritor. 'El viaje al Polo Norte es un viaje a las sensaciones'

Escrito por Fernando Muñiz. Fusión 27 Febrero 2015
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Cuando Jordi Canal-Soler vibraba con los relatos de los pioneros que llegaron al Polo Norte sabía que muy dentro de él había germinado la semilla de la aventura que todos llevamos dentro. De esa semilla nació 'Viaje al blanco. Último grado al Polo Norte' (Editorial UOC) su primer libro, en el que relata un viaje épico realizado a la vieja usanza en el que cuatro hombres se enfrentaron al frío, al viento, al sol eterno y a la inmensidad blanca, pero sobre todo a sí mismos.

Jordi Canal-Soler
Hay experiencias que nos trae la vida y otras que simplemente tenemos que ir a buscar. Éste es el caso de Jordi Canal-Soler, escritor y fotógrafo que tras leer las aventuras de los pioneros en el Polo Norte no dejó de alimentar la idea de emularles algún día, hasta que lo consiguió. Se embarcó en un proyecto hoy hecho realidad: un viaje de 111 kilómetros a través de placas de hielo en constante movimiento, tirando de pesados trineos, con temperaturas que llegaron hasta los -40ºC. Nueve días llenos de anécdotas, situaciones extremas, compañerismo, esfuerzo, frío, y mucha belleza.

-¿Cómo surgió esta expedición?
-En 2008 ya estaba apuntado para una expedición de este tipo. No pude ir por razones personales, pero me quedé con las ganas. Un año más tarde Ramón Larramendi me llamó porque viajaba al Polo Norte con un grupo de reporteros (Santiago y Eusebio), preguntando si quería acompañarles. La expedición curiosamente coincidió con el centenario de la llegada de Robert Peary.
"El frío está ahí constantemente como una espada de Damocles. Si te despistas y te olvidas de ponerte un guante, no te abrigas bien o dejas una cremallera mal cerrada, puede suponer la pérdida de una extremidad"
-¿Qué tipo de expedición fue?
-Semicomercial, porque dadas la infraestructura y la logística necesarias hacía falta ayuda, sobre todo para unos pasos a través de la base de Borneo en Rusia. Esta parte corrió a cargo de una compañía española llamada "Tierras Polares" que dirige Ramón Larramendi, quien también nos acompañó e hizo de guía. Éste era su sexto viaje al Polo. Cuando me apunté, Ramón era el único al que yo conocía de todo el equipo.

-¿Por qué la hicisteis de último grado?
-El último grado significa que es más corta, del grado 89 al 90. Son un total de 111 kilómetros. La gran diferencia entre una expedición integral -desde cualquier sitio de la costa de Canadá, Groenlandia o Rusia-, es que cualquiera de éstas supone hacer más de 1.000 kilómetros de ruta por el hielo y más de dos meses de expedición. Personalmente no disponía ni de tiempo ni de capacidad financiera para hacerlo.

Viaje al blanco. Último grado al Polo Norte. Jordi Canal-Soler-¿Cómo sabe uno que está preparado -sobre todo a nivel mental-, para sobrellevar una experiencia tan al limite?
-Eso mismo le pregunté a Ramón. Yo me había preparado mucho en el gimnasio, mentalizándome, leyendo libros... Su respuesta fue que nadie está preparado para el Polo. Puede ocurrir que llegues allí y te des cuenta de que aquello te supone mucho más de lo que tú esperabas; o al contrario, que alguien no esté muy preparado pero que, por su personalidad o lo que sea, no le afecte tanto.

-El helicóptero sobrevuela el grado 89 y aterriza. De repente os encontráis solos en medio de la nada. ¿Qué sentiste en ese momento?
-Ése es casi el momento cumbre de la expedición junto con la llegada. Es cuando vas a empezar a descubrir si estás preparado o no, cuando todos los pensamientos y sensaciones que has tenido con el proyecto van a tener respuesta. Es el gran desvelo.

-¿Cómo es un día de la expedición?
-Cada día era igual. El objetivo era avanzar y no podíamos parar a hacer turismo. Nos levantábamos sobre las ocho de la mañana -allí es de día las 24 horas- y desayunábamos muy fuerte. Una dieta allí es de unas 4500 kilocalorías: te o café con muchos cereales, alimentos energéticos con azúcares, mantequilla, pan con mermelada... Desmontábamos el campamento en una hora y media, cargábamos los trineos y a partir de ahí nos poníamos en ruta desplazándonos entre grietas y crestas de presión por el laberinto que las placas de hielo van formando.
Cada dos horas hacíamos una parada técnica en medio del hielo. Nos poníamos una parka, sacábamos los termos que habíamos preparado en el desayuno y hacíamos una comida energética durante la marcha que consistía en frutos secos o algo de chocolate y algunas golosinas de goma. Cuando ya estábamos suficientemente cansados, buscábamos un sitio para montar el campamento. El lugar debía estar alejado de cualquier grieta y tener cerca algún deposito de nieve porque el hielo es agua de mar y por tanto no lo puedes fundir para beber. Montábamos el campamento en una hora y comenzaba el segundo festín del día, que era la cena: sopa caliente, pasta, algo de embutido... Sobre todo bebíamos en abundancia, porque teníamos mucha sed. El frío te reseca la garganta y te quedas prácticamente sin liquido interior, eso obliga a rehidratarse con frecuencia.
"A los pioneros les debemos muchísimo. Fueron los primeros en llegar y los que demostraron que se podía hacer, en una época en la que no contaban con la tecnología que ahora tenemos"
-¿En algún momento te liberaste mentalmente del frío?
-En un momento pensé que no era para tanto y debido a ello casi se me congela la mano. Entendí que no era cosa de broma. El frío está ahí constantemente como una espada de Damocles: si te despistas y te olvidas de ponerte un guante, no te abrigas bien o dejas una cremallera mal cerrada, puede suponer la perdida de una extremidad.
Estaba escribiendo durante una de las paradas que hacíamos para comer un poco y para ello me quité unos cuantos guantes -llevábamos cuatro pares más la manopla de gore-tex-, excepto la última capa. Pero como estuve escribiendo bastante tiempo no fue suficiente para protegerme y al final me quedé con la mano insensible. La masajeé un poco y vi que no respondía, tuve que hacer palmadas insistentes todo lo fuerte que podía hasta que empecé a recuperar un poco la circulación.

-En el libro hablas de riesgos y situaciones extremas. ¿La mente de uno cambia al estar en un ambiente hostil?
-Sí, sobre todo porque estás mucho más atento. Cuando te encuentras en un terreno tan hostil estás permanentemente preocupado por todos los detalles: por dónde vas, si la fijación de tus botas a los esquís está correcta, si se ha caído algo del trineo, si estás avanzando, cómo son las grietas que tienes delante o si el viento está cambiando de dirección. No es un nerviosismo extremo, pero sí estás permanentemente alerta a lo que pueda pasar para evitar problemas.

Jordi Canal-Soler
-Aunque abordáis la expedición como equipo, la inmensidad del Polo Norte y su silencio te impone vivirlo en soledad.

-Durante la marcha vas casi en silencio porque el compañero está bastante delante o detrás de ti. El silencio, la inmensidad del paisaje, todas esas horas de marcha, esos pensamientos que llegan continuamente en tu cabeza te hacen sentir un poco desvalido, de forma que llegas a vivir tu propia aventura casi en solitario.

-Nunca llegó a ser de noche. Todo el tiempo en una inmensidad blanca, kilómetros y kilómetros bajo un sol eterno ¿Donde reside la belleza ártica de la que hablas?
-En los diferentes tipos de hielo. Yo pensaba que iba a ser todo blanco de ahí el título "Viaje al blanco". Pero luego te das cuenta de que no, que el hielo está en continuo movimiento: va a la deriva flotando sobre el mar, las placas se separan, chocan formando una serie de obstáculos o de diferencias en el paisaje, como canales de agua... El reflejo del sol como si fuera un río de plata, el hielo que se acaba de congelar y adquiere una tonalidad gris, que al ir compactándose llega al blanco más puro; o las compactaciones de hielo más profundas que al levantarse muestran un color entre azul y turquesa. Todo eso da a ese paisaje un toque tan espectacular.
"La expedición al Polo Norte ha sido un viaje al interior más que un viaje en la distancia. Todas esas horas de reflexión, penalidades y miedos te permiten también llegar a conocerte mucho mejor"
-¿El miedo te acompañó en este viaje o solo apareció en situaciones concretas? ¿Cómo lo gestionaste para que no te bloqueara?
-El miedo estaba sobre todo al principio, en forma de inquietud. Bueno, más que miedo eran nervios, que tenía durante el vuelo del helicóptero hasta llegar allí. A partir de ahí empieza el miedo verdadero de dudar si lo conseguiré o no, de cómo voy preparado, de si el Polo va a ser más que yo... Ese miedo va pasando a medida que van pasando los días y ves que respondes: que te duelen los músculos pero lo estás soportando, que el frío tampoco es tan terrible si te abrigas. Hasta que vives una situación crítica como la de la mano, o cuando se nos abrió una grieta con un grosor de hielo de menos de un centímetro, que empezó a ondular y partirse. En esos momentos te das cuenta de que un pequeño desliz puede tener consecuencias desastrosas.

-Al inicio del libro das las gracias al explorador noruego Nansen por vivir esas aventuras que se convirtieron en tus sueños. ¿Cuánto les debemos a estos pioneros que nos enseñaron a desafiar nuestros propios límites?
-Muchísimo. Nosotros vamos allí con una falsa seguridad que te da el GPS, el teléfono vía satélite, la posibilidad de un rescate en helicóptero, factores que te hacen creer que no te puede pasar casi nada. Pero la realidad te pone delante que todo puede pasar, como cuando casi se nos abrió una grieta: si hubiésemos caído nadie nos habría rescatado, no hubiésemos salido. Esa falsa seguridad que te da la tecnología hace que le des mucho más crédito y mucha más importancia a esas expediciones de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Todos esos exploradores que fueron allí, a la aventura total, casi sin saber siquiera si en el Polo Norte había tierra o era mar porque todavía no se conocía.

Jordi Canal-Soler con sus compañeros de expedición-¿Qué lleva al ser humano a sobrepasar los limites?
-Yo diría que es la inquietud de conocer, de querer siempre ir más allá, superándose a si mismo, haciendo cada vez cosas más y más complejas. Es la necesidad de buscar hasta donde llegan las capacidades del ser humano.

-¿Te conoces mejor a ti mismo después de haber realizado la expedición?
-Totalmente, de hecho pienso que ha sido un viaje al interior más que un viaje en la distancia. Todas esas horas de reflexión, penalidades, miedos que tenías que superar... te permiten también llegar a conocerte mucho mejor. Si has superado todo eso también puedes superar cualquier otro objetivo que te marques.

-¿La meta es como uno la imagina?
-Realmente no. No es que sea decepcionante pero si te deja un sabor agridulce. Esto es debido a que el Polo Norte, a diferencia del Sur, es móvil y allí no puedes poner nada. No deja de ser un trozo de hielo igual a cualquier otro, puedes pasar por delante y ni lo ves. Sólo puedes fiarte del GPS. Sí es emocionante el hecho de llegar, vas los últimos metros con el GPS andando, viendo como varían los decimales, buscando a derecha e izquierda, haciendo círculos hasta que lo encuentras y ves el número mágico en la pantalla en un momento fugaz. Ese momento es la culminación de la expedición, de esa voluntad de llegar a un sitio tan remoto, que al final se ve realizada. Δ

 

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