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Opinión Opinión Una anatomía del feminismo

Una anatomía del feminismo

Escrito por Alberto Piris 29 Mayo 2014
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'El feminismo es un esfuerzo para cambiar algo muy antiguo, extendido y profundamente arraigado en muchas culturas, quizá en la mayoría, en innumerables instituciones y en la mayor parte de los hogares del planeta: y en nuestras mentes, donde todo comienza y concluye'. No es una descripción nueva ni original del fenómeno social que llamamos feminismo, pero sirve de base para un nuevo libro que trata este asunto en profundidad y con claridad.

La cita anterior pertenece a Rebecca Solnit, una polifacética periodista, escritora, activista y pensadora radicada en San Francisco de California, que acaba de publicar en EE.UU. Men Explain Things to Me (Los hombres me explican cosas).

La autora muestra cómo el avance del feminismo es ya imparable; podrá sufrir retrocesos, obstáculos y oposiciones pero, al igual que el genio de la fábula que escapó de la botella nunca regresó a ella, ya no hay regresión posible en el feminismo. Se pueden abolir o mermar los derechos reproductivos de la mujer consagrados en la legislación de varios países que han legalizado el aborto, pero ya nunca se podrá abolir la idea de que las mujeres poseen ciertos derechos inalienables. Escribe Solnit: "Lo que nunca volverá a encerrarse en la botella son las ideas". Y las ideas son las que sustentan las revoluciones. Será ya imposible convencer a la mayoría de las mujeres de que no tienen el derecho a controlar su propio cuerpo.

El poder político no siempre se mueve en la dirección que los gobernados desean. Pero en el plano social, la imaginación también ejerce cierto poder. Un claro ejemplo es el cambio que han experimentado los homosexuales, lesbianas y transexuales, cuando no hace más de medio siglo todo comportamiento que no fuese genuinamente heterosexual era considerado delictivo o mentalmente patológico y castigado con severidad. Contra esto no existía protección alguna, sino todo lo contrario: las leyes exigían la persecución y la exclusión. Todavía lo exigen en bastantes países, pero su número se reduce progresivamente.

Se suelen atribuir los cambios de este tipo a los movimientos sociales o a las reformas aplicadas en los textos legislativos. Pero, según Solnit, el factor más decisivo ha sido el cambio en la imaginación, que ha ido venciendo a la ignorancia, al miedo y a ese odio peculiar que se llama homofobia.

Al escribir este libro, la autora no sabía todavía que un transexual ganaría el festival de Eurovisión sin que se estremeciesen los cimientos morales de Europa: solo hace medio siglo, hubiera sido inimaginable. Por otro lado, ella afirma que aquellos que se sienten amenazados por el matrimonio homosexual son los mismos que no aceptan la igualdad en el matrimonio heterosexual: "El feminismo ha contribuido a romper el sistema jerárquico del matrimonio y lo ha reinventado como una relación entre iguales".
A algunos hombres no les es fácil debatir en público con mujeres, porque si muestran patentemente su superioridad -intelectual, por supuesto- se les puede achacar que las acorralan y ser tildados de machistas.
La mujer sigue sometida a un dilema: elegir entre ser castigada por no ser sumisa o sufrir el castigo continuo de la sumisión. Aunque las ideas no vuelvan ya a la botella, las mujeres sufren presiones para hacerlas regresar a su sitio, ese lugar de silencio y debilidad donde las ha mantenido la misoginia tanto tiempo dominante. Recordemos que San Pablo prohibió que "la mujer enseñe ni domine al marido"; en otro momento puntualizó: "Las mujeres deben guardar silencio en las reuniones de la Iglesia, porque no les está permitido hablar", y benévolamente les sugirió: "Si quieren saber algo, pregúntenlo en casa a sus esposos". Misoginia como la que sufrieron las españolas educadas por la Sección Femenina del franquismo: "A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir", se leía en un manual de enseñanza.

Otro punto interesante de este libro es la idea de que, en el futuro, algo que ya no se llamará feminismo necesitará investigar a fondo sobre los hombres. Muchos hombres están implicados en el feminismo como proyecto para cambiar el mundo, por lo que hay que averiguar cómo repercute en su mentalidad. Habría que estudiar a los hombres que generan la violencia dominante, las amenazas, los odios; las actividades de esas intimidantes unidades especiales de la policía y la cultura que las anima. O a los que culpan a las mujeres de ser violadas o sexualmente asaltadas debido a cómo se visten o cómo se comportan, como ha expresado en público un alto responsable de la policía canadiense, repitiendo lo ya predicado por bastantes jerarquías religiosas no solo islámicas sino también católicas.

Los hombres explican cosas a las mujeres, como anuncia el título del libro comentado y en la línea marcada hace siglos por San Pablo en su epístola a los corintios (¡pobres corintios y pobres futuros seguidores del exaltado apóstol!), cuando pedía a las mujeres que preguntasen a sus maridos al volver a casa. Y éstos pueden explicarles a ellas cosas tan trascendentales como el hecho de que a algunos no les es fácil debatir en público con mujeres, porque si muestran patentemente su superioridad -intelectual, por supuesto- se les puede achacar que las acorralan y ser tildados de machistas. ¡Crítica situación para un político! Rebecca Solnit no ha podido añadir a su libro una muestra tan patente del camino que aún le queda por recorrer al feminismo, cosa que hago aquí a modo de coda. Δ

Alberto Piris, General de Artillería en la reserva   www.ceipaz.org


 

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