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Opinión Opinión ¡Que no nos representan, que no!

¡Que no nos representan, que no!

Escrito por Antonio San Román 16 Abril 2014
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¡Que no nos representan, que no! 4.9 out of 5 based on 15 votes.
Abril de 2014. Cada día, cuando nos levantamos de la cama, el mundo ya está organizado sin contar con nosotros. Y no nos gusta la ordenación que vemos y en la que nos obligan a vivir. Al abrir los ojos nos damos cuenta que El mundo es ancho y [sobre todo] ajeno, muy ajeno. Y no nos gusta vivir así.

¿Qué hacer?, aquel título de Lenin que hasta algún ministro neoliberal se atreve a citar desde la sede del Congreso, sin haberlo leído, por supuesto. ¿Queremos hacer algo por cambiarlo? Probablemente. ¿Nos atreveremos a hacer algo? Siendo egoístas, sin entrar en disquisiciones filosóficas, ¿intentaremos mejorar lo que nos rodea para lograr ser un poco más felices?

Los simples mortales tenemos escasa capacidad y aún menos oportunidades de intervenir para mejorar nuestro mundo. El individuo normal está empequeñecido en esta sociedad hasta un grado ínfimo, indefenso ante las estructuras del poder. La opresión está causada por la desigualdad económica y sus efectos. Estructuras oscuras, incomprensibles para el común de los mortales, que notamos su dominio, sobre todo, en nuestra vida cotidiana, dicen que inserta en un Estado social y de derecho. No sabemos de quién es el derecho. Pero lo intuimos cada día cuando nos exprimen los salarios o nos mandan al paro, cuando nos cobran el recibo de la luz o nos la cortan por falta de pago, cuando la policía nos rompe la crisma y encima tenemos que pagarnos la venda que nos cobra la Seguridad Social, cuando nos enjuician y sancionan por reclamar en la calle nuestros derechos, cuando nos reducen a una clase laboral cada día más cercana a la esclavitud. "Podemos dejar que los millonarios, y sus asalariados políticos y periodistas, diseñen lo que desean para nosotros. O podemos luchar unidos para tratar de construir un futuro posible"

Nos dicen que vivimos en la mejor democracia posible. Cada día nos preguntamos si esto es una democracia real. Y llegamos a la conclusión de que no. Aquí quienes mandan son otros. Nos dan ya marcados a quienes tenemos que elegir. Votamos por partidos. Quizás por los líderes de tales partidos. En raras ocasiones elegimos a una persona que conocemos, salvo por su presencia en los medios. Delegamos en personajes desconocidos porque el partido con el que nos identificamos nos lo dice.

Partidos políticos
Los partidos van indisolublemente asociados a la democracia. Son actores esenciales para asegurar su funcionamiento gracias a la competitividad entre ellos. O eso se nos ha inculcado.

Desde su creación, la evolución de todo partido estará en función del progreso social del mismo. Con el aumento de la militancia y el avance en la conquista de parcelas de poder en la sociedad, la democracia interna tiende a ir disminuyendo al tiempo que aumenta el poder de los líderes sobre el resto de afiliados. Finalmente, se truecan en organizaciones permanentemente dirigidas por profesionales de la política. El líder se consolida en su cargo. Se apoya en su equipo, una pequeña pirámide de líderes subalternos dentro del partido. Los primeros conforman un grupo que se va convirtiendo en una casta, más o menos cerrada según los propios intereses del líder. Cuando este grupo ha alcanzado un amplio, casi absoluto poder. El líder actúa como referente para la integración del grupo. Se identifica al líder con el partido. Y, puesto que su fin último es alcanzar y mantenerse en el poder del Estado, identifican este hecho como un derecho propio sobre el resto de ciudadanos, a los que empiezan a ver y tratar como súbditos. Se ha formado una oligarquía poco dispuesta a renunciar a sus privilegios. Renuncian a ellos cuando consideran que pueden perder más permaneciendo en el cargo. Si el partido era inicialmente un medio para conseguir fines políticos, después es el medio para conseguir objetivos personales.

El partido de masas se ha convertido así en una burocracia centralizada, jerarquizada, dirigida por una oligarquía que, a pesar de la realidad, intenta mantener la apariencia de democrática. El partido se ha organizado. Quien dice organización, dice oligarquía (Robert Michels).

Cuando la masa social, milite o no en un partido, despierta cada día, se siente confusa ante la realidad que se abre ante ella. El sentimiento de impotencia que siente al escuchar las noticas mientras desayuna –si tiene para desayunar-, lleva a la mayoría a la inacción, al dejar hacer a los políticos, aunque los desprecie, los insulte y les eche las culpas de todo. No diferencia entre unos y otros. La mayoría gobernante se confunde con las minorías que la combaten para ponerse en su lugar. Cada día más vemos a estos partidos como ineficientes, corruptos y, además, a sus líderes desconectados de la realidad y de nuestros problemas cotidianos. Todos en el mismo saco. La mediocridad de los políticos refleja en parte la sociedad que los ha elegido. La mezquindad intelectual y moral es una de las marcas de nuestro tiempo. Cuando despertamos cada mañana, vemos esta ordenación del mundo a través de unos medios de comunicación que dicen ser independientes, que sólo ellos nos muestran la realidad. Pero esta es otra historia.

El poder
El poder político tiende a acercarse allí donde está el dinero. Los dueños del capital financian a aquellos partidos que les facilitan una mayor acumulación y concentración del mismo. El partido así financiado adquiere una deuda directa con la oligarquía financiera, queda comprado. El neoliberalismo que nos gobierna busca superar la democracia directa o representativa controlando el parlamento, la judicatura y el orden público. Así, cuando el partido alcanza el poder, serán sus dueños, los millonarios, los que dirán cómo se gobierna para que ellos puedan acumular más capital, más poder. Estos grupos económicos, dueños de partidos políticos y medios de comunicación, usan sus enormes fortunas para cambiar las reglas y las leyes con el fin de imponer sus intereses destruyendo la democracia. Reforman las estructuras sociales llevando al aislamiento al individuo al destruir sus raíces. La sociedad se reduce a una multitud de individuos solitarios, vinculados apenas al entorno familiar, reducidos a la pasividad y a la resignación frente al poder. Un individuo que se conecta con el mundo a través de unos medios de comunicación, siervos de sus señores. La nueva ley de interior trata de dispersar y romper los vínculos de los que luchan por sus derechos. Y muchos apoyan esta ley desde su ignorancia. La creación más perversa del autoritarismo es la ignorancia manipulable a través de estos medios. La ignorancia cultivada genera violencia (Emilio Lledó en El Heraldo de Madrid).

Qué hacer
Naturalmente el individuo corriente ni es Lenin ni tiene la capacidad de ningún otro organizador social al uso. Salvo que tenga una pesadilla, no se despierta cada día pensando en cómo arreglar el mundo. Ni siquiera en arreglar su vida. Pero, a medida que avanza el día, las noticias que le dan los media le van cabreando. Siente que debe hacer algo. Pero, aún así, no se concibe capacitado. El individuo puede mostrar su valor enfrentándose en solitario al poder político, el cual, no lo olvidemos, dispone en el poder judicial y la policía del poder coercitivo primario por excelencia. Incluso suele tener a una gran parte de la masa social, convencida, convertida y resignada, que se siente copartícipe de ese poder, y no dudará en enfrentarse a quien en solitario trate de molestar. Haría falta ser un superhéroe luchando por la justicia para enfrentarse al poder y a la multitud.
Se necesita pues formar parte de un grupo que tenga intereses comunes. Recordando aquella democracia griega, necesitamos un tipo de partido y un sistema de partidos flexible. Cuando los partidos están paralizados o controlados por intereses que no son del común, necesitamos que surja una organización que se constituya en el momento de necesidad, para atender una crisis de un momento determinado y que se disuelva una vez solucionado el problema. Hoy la crisis y la necesidad son permanentes. El modelo leninista como vanguardia, ha agotado su energía.
Los tiempos de cambio están plenos de lo que todavía no es, de lo que está por llegar. Nada más erróneo que pretender regresar a un pasado hermoseada sólo desde la indigencia actual de nuestras democracias. Porque aquel pasado nos ha traído a este presente. Si la esencia de la ley natural es la dignidad, la esencia de la utopía es la búsqueda de la felicidad. La vida siempre tiende hacia algo nuevo. La realidad, el mundo es pleno en la búsqueda, en la evolución hacia algo nuevo. Esto ya es inicio de realización, de creación. (Ernst Bloch) Podemos dejar que los millonarios, y sus asalariados políticos y periodistas, diseñen lo que desean para nosotros. O podemos luchar unidos para tratar de construir un futuro posible a la medida de nuestras necesidades reales. Unidos los humillados, los abandonados y los esclavizados por el mundo del capital. Unidos, Podemos, claro que podemos. Δ

 

Comentarios   

 
+2 #1 jose antonio burdiel 17-04-2014 21:59
Es un comentario bien escrito, y que pone el dedo en la llaga, aunque por desgracia cada vez está más abierta. Solos no hacemos nada, juntos a lo mejor podemos.
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