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El desprecio a la fuerza joven

Escrito por Víctor Corcoba Herrero 05 Febrero 2013
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Parece ser que los líderes europeos, ante el alarmante aumento del paro juvenil, han decidido ver la manera de poner remedio a este drama.
Víctor Corcoba Herrero. Escritor.
Como puede suponer el lector, el propósito no es nuevo, pero la situación es tan desastrosa, que debemos pasar del debate a los hechos. Evidentemente, ya va siendo hora de concretar objetivos y de poner fondos específicos para combatir el gravísimo desempleo que sufren los jóvenes. A mi juicio, está bien, muy bien, que se afronte este problema a nivel europeo. Esperemos que la decepción no nos vuelva a sorprender. Con voluntad política se llegará a buen puerto. Ahora bien, si se mezclan intereses y no se dan los instrumentos adecuados, será más de lo mismo. No pasaremos de las buenas intenciones.

Hace tiempo que el problema del paro juvenil tenía que haber sido abordado en Europa. No puede haber crecimiento si los jóvenes están desempleados. Sabemos todos que el empleo es fundamental para avanzar. No se trata de ofrecer migajas o puestos de trabajo en precario. Debemos apostar por un empleo de calidad. Por desgracia, las políticas de empleo suelen ser deficientes o nulas. Para nada es bueno la inactividad de las personas que están en edad de trabajar, máxime las generaciones jóvenes que han de emplearse a fondo, en un momento de su vida en la que son pura energía. Que casi uno de cada cuatro jóvenes europeos se encuentren sin trabajo es la peor de las noticias. De ninguna manera lo podemos permitir.
Los políticos tienen que tener una cuestión clara, que hasta ahora parece que no la han tenido a juzgar por el desastre, colocar al mismo nivel el crecimiento económico como la creación de empleos.
Es una lástima que algunos países europeos, entre ellos España, desaprovechen esta fuerza motor que tanto precisa el mundo. Para esto no hacen falta tantos políticos en el escenario. De lo que se trata es dar a cada joven, o bien formación o un puesto de trabajo. Además de ser un desastre social, el desempleo es un drama personal que repercute negativamente en la persona que desea realizarse, provocando sentimientos de desasosiego, impotencia, miedo, rabia, indignación, y tantos otros efectos de frustración y generación de violencia. Ciertamente, numerosa juventud que ni estudia, ni tampoco trabaja, desemboca en el vacío y bastantes acaban cayendo en el fuego del alcohol y la droga, o en círculos de grupos extremistas.

Europa y el mundo entero tiene que pensar más y mejor en la juventud, sobre su presente y su futuro. Tan fundamental es instruirla como estimularla. Tenemos que recuperar la ilusión de los jóvenes, darles oportunidades, son el genio vivo que hay que cuidarlo para que se sientan útiles en su comunidad. No podemos seguir desperdiciando su talento, su capacidad de reacción, el entusiasmo en definitiva que es lo que muchas veces nos conduce al éxito.

La realidad es la que es. Multitud de gente joven está subempleada en la economía informal, con frecuencia con bajos ingresos, condiciones de trabajo pobres, sin ninguna perspectiva profesional e incierta protección social. Otra masa trabaja en actividades ilegales. Y otra no tendrá oportunidad ninguna. Ante este panorama desolador, la confianza a los políticos y a las instituciones, está bajo mínimos. Tenemos que tomar otros caminos. Para empezar, los políticos tienen que tener una cuestión clara, que hasta ahora parece que no la han tenido a juzgar por el desastre, colocar al mismo nivel (de apoyo) el crecimiento económico como la creación de empleos.

Dicho todo lo anterior, no hay que ser un lince para caer en la cuenta que las políticas económicas y sociales, deben considerar más a los jóvenes para no dañar sus perspectivas. El desprecio a la fuerza joven es lo más mezquino de un poder político que se precie. Precisamente, algunos empleadores utilizan esta savia joven para explotarlos, con salarios demasiado bajos y el miedo a perder el puesto. De hecho, muchos retornan con sus familias y comparten el hogar para recortar gastos. Qué pena. Δ

Víctor Corcoba Herrero. Escritor.