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Educación y sanidad: el falso debate

Escrito por Jesús García Blanca 31 Agosto 2012
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El falso debate -gestión pública o privada- sobre la maquinaria de control sanidad-educación es una de las mayores victorias de los Amos del mundo.

Imaginemos que el Estado tiene una megaempresa de fabricación de bombas de racimo y munición a base de uranio empobrecido con fábricas y almacenes repartidos por toda la geografía española.

Imaginemos que esa empresa se gestiona desde el gobierno estatal mediante acuerdos con los gobiernos autonómicos con capital público proveniente de los impuestos de todos los ciudadanos que cotizan.

Imaginemos que nadie se pregunta dónde van a parar esas bombas y esos proyectiles aunque todo el mundo lo sabe. Todos dan por sentado que vivimos en un mundo complicado en el que los conflictos bélicos están a la orden del día... así que, cuando algún ejecutivo lanza el globo sonda de la posible privatización de esa empresa mortífera, el único debate que se plantea, la única controversia en la que múltiples organizaciones ciudadanas desgastan sus fuerzas y la poca capacidad de protesta que va quedando, es sobre la necesidad de defender la gestión pública de la susodicha empresa y su infame arsenal, de modo que todos los ciudadanos puedan beneficiarse de la protección que ofrece y del beneficio que generan sus ventas.

Pues bien, esta es exactamente la situación con respecto a la educación y la sanidad: el debate se mantiene enfocado en la disyuntiva público-privado con una dramática consecuencia: ganan Ellos.

La suma de los mecanismos de poder que actúan en los terrenos de la educación y la sanidad cumplen una tarea primordial de control: abonar el terreno que posteriormente será sembrado con la manipulación y la mentira, y en el que crecerán los futuros ciudadanos indolentes, obedientes, castrados y sumisos.
Si queremos posibilitar una auténtica transformación, la pregunta no es ¿educación pública o privada? La pregunta es ¿Educación para la libertad o educación para la sumisión?
El hecho de que las organizaciones ciudadanas —en muchos casos autodenominadas antisistema— consuman sus fuerzas luchando por la gestión pública de esta gigantesca maquinaria de control es una de las mayores victorias de los amos del mundo.
Escuelas de padres, oficinas de planificación familiar, consultas de tocología y ginecología, paritorios, guarderías, consultas de pediatría, escuelas, institutos y universidades no se diseñaron para liberar al ser humano y contribuir a su felicidad, sino para conseguir el dominio absoluto que garantiza la apariencia de libertad ¿Por qué entonces no se cuestionan? La respuesta es muy simple: funcionan.

Cumplen su objetivo fundamental, que es bloquear la corriente espontánea de la vida, desde que las criaturas empiezan a desarrollarse en el útero materno, pasando por los protocolos hospitalarios, el parto deshumanizado, la crianza sin contacto vital y una educación contra las necesidades de los niños que los preparan para ser alumnos obedientes, obreros obedientes, ciudadanos obedientes.

¿Qué sentido tiene quejarse de la indolencia que impera en nuestra sociedad, de la alienación, de la absoluta falta de sentido crítico y capacidad para la solidaridad y la rebeldía ante la agresión de los explotadores que están destruyendo el planeta, y al mismo tiempo dejar intactas todas las instituciones que operan en estos dos terrenos claves —la sanidad y la educación— para alimentar las raíces de la sumisión?

Si queremos posibilitar una auténtica transformación, la pregunta no es ¿educación pública o privada? La pregunta es ¿Educación para la libertad o educación para la sumisión? La pregunta no es ¿Sanidad pública o privada? La pregunta es ¿un modelo sanitario lastrado por prejuicios del siglo XIX, por una concepción obsoleta de la biología y de la medicina que beneficia a las multinacionales de la farmacia, o un modelo sanitario basado en la autogestión, la educación para la salud, la promoción de alternativas vitales y holísticas que beneficien a la gente y no al capital?

Si queremos cambiar el mundo, tenemos que empezar a cambiar nuestras preguntas. Y nuestras respuestas. Δ



 

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