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Confiar en los cerditos del dinero

Escrito por Carlos Miguélez Monroy 20 Marzo 2012
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Algunos bancos encontraron en los ahorros de personas mayores un filón para tener liquidez y tapar los agujeros de sus cuentas. Muchos de esos ancianos no saben leer ni escribir, y firmaron con su huella dactilar.

"Tenía unos ahorros y se presenta el director en mi casa, a mediados de enero, sobre las siete y media de la noche", cuenta Francisco Gutiérrez, un señor mayor. Se refería al director de la sucursal de su banco, que le ofreció "algo muy bueno, garantizado por el banco". Pero se trataba de una de las "participaciones preferentes" que retienen los ahorros de más de un millón de españoles que, como él, firmaron. Muchos, como él, personas mayores.

Estas inversiones han perdido hasta el 60% de su valor. En España hay más de un millón de pequeños ahorradores afectados por las participaciones preferentes y otros productos financieros similares.

"¿Cómo iba un ahorrador, como el caso de mi padre, con 88 años, a meter un producto a perpetuidad?", dice Pedro, un trabajador social, ante las cámaras de Televisión Española. La lucha continua contra la estafa a sus padres lo ha convertido en uno de los asesores financieros de Villanueva de Córdoba, un pueblo de 10.000 habitantes que tiene más de 400 afectados. Es decir, uno de cada 25, que se reúnen en la plaza y hacen fila en el centro municipal, donde una abogada les ayuda a presentar sus demandas.

"El producto en sí no es ilegal, pero se ha comercializado a personas que no tienen un perfil de inversor, a personas con minusvalía, que no saben leer ni escribir, que firman con la huella, que no saben lo que es una inversión, que no saben en qué consiste la bolsa", comenta la abogada.

Los afectados se han movilizado desde que les dijeron que no podían disponer de su dinero porque las reglas de los mercados han cambiado y que su inversión era "a perpetuidad", lo que se traduce en que el banco no tiene obligación de devolvérselo. Muchos han aceptado canjear sus "inversiones" por acciones del propio banco o por "deuda subordinada" que se puede recuperar al cabo de varios años, aunque pierdan dinero. Pero otras familias, que habían invertido sus ahorros de toda una vida y que se sienten engañadas, luchan por recuperar el total de su inversión.
En España hay más de un millón de pequeños ahorradores afectados por las participaciones preferentes y otros productos financieros similares.
Cuando la crisis y la morosidad amenazaron a bancos y a cajas de ahorros, algunos expertos en finanzas encontraron en las participaciones preferentes una manera de mantener la solvencia de sus entidades. Concebidos para grandes inversores corporativos, estas participaciones se comercializaron desde la red de sucursales a partir de 2009 para solucionar las restricciones de liquidez. Así fue como muchos bancos comenzaron a ofrecer a sus clientes inversiones con una rentabilidad más alta, pero de una complejidad que impedía comprender que equivalía a comprar acciones de la propia entidad sin derecho de voto y por tiempo indefinido. Los clientes desconocían que la rentabilidad estaría superditada a la obtención de beneficios y a las fluctuaciones de "los mercados", pero no estaría está cubierta por el fondo de garantía de los depósitos.

La Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros (ADICAE) ha denunciado a 52 entidades bancarias ante la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CNMV) por estas prácticas. Más de 5.000 personas se han agrupado para presentar una demanda colectiva y recuperar sus ahorros.

En junio de 2010, la CNMV había denunciado por malas prácticas a varias entidades financieras y exigido que utilizaran "tests de idoneidad" cuando ofrecieran inversiones a sus clientes o éstos las solicitaran. Algunos usuarios denuncian que muchas casillas de esas pruebas estaban ya rellenas cuando se las entregaron en sus bancos.

La Confederación Española de Cajas de Ahorros defiende la legalidad de comercializar esos productos y sostiene que los usuarios tenían la posibilidad de informarse antes de invertir, aunque muchos de ellos firmaran con la huella digital y no supieran leer ni escribir.

No deseaban hacerse millonarios, sino tener unos ahorros para afrontar imprevistos en la vejez, apoyar los estudios de sus hijos o tener un colchón para tiempos de recortes, de desempleo y de crisis. Acceder a estos ahorros equivaldría a un balón de oxígeno para muchas de estas familias que, convencidas de que muchos actos se definen por su intención y de que la buena fe confirma o invalida un trato, continuarán en su lucha. Δ

Carlos Miguélez Monroy. Periodista, coordinador del Centro de Colaboraciones Solidarias. CCS



 

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