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Opinión Opinión La verdadera función de la policía

La verdadera función de la policía

Escrito por José Manuel Lechado 02 Marzo 2012
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La policía tal y como hoy se concibe, es decir, como fuerza armada civil encargada del mantenimiento del orden público y de la investigación criminal es un invento reciente, del siglo XIX, cuando la expansión desmedida de las ciudades y el auge del movimiento obrero como respuesta a la explotación capitalista hicieron necesario -para los poderosos- el desarrollo de métodos de control social más eficaces.

En tiempos anteriores a la Revolución Industrial el «orden» social lo mantenía el ejército, en particular unidades de tipo pretoriano (guardia real, mosqueteros, guardia suiza, etc.), bien armadas y encuadradas, que a menudo constituían la única fuerza militar permanente y que, aunque resulte paradójico, rara vez o nunca participaban en una guerra: su función era proteger al poder, cosa que a menudo reflejaban sus propias denominaciones (guardia pretoriana, guardia del rey...). Aparte de esto, en las zonas rurales podía haber desplegadas milicias más o menos organizadas que, con el pretexto de combatir el bandidismo, aseguraban la sumisión de las poblaciones campesinas a la autoridad central. Y eso era todo. No hacía falta investigación criminal porque, después de todo, tampoco había un servicio de administración de justicia propiamente dicho ni, en realidad, una verdadera administración pública: el Estado se limitaba a cobrar impuestos a campesinos y artesanos para mantener el nivel de vida de la aristocracia ociosa.
Habría que reivindicar en todo caso una policía nueva que fuera realmente civil, privada de armas, transparente.
El triunfo de la burguesía, con sus concepciones de sociedad civil, derechos humanos, administración pública, pero también de capitalismo, industrialización e imperialismo, trajo consigo la aparición de la policía tal y como la entendemos hoy. Y con ella vino también la idea, muy asumida en el inconsciente colectivo, de que la sociedad no se puede mantener sin la presencia de una fuerza coercitiva que asegure una mínima convivencia. Este concepto del monopolio violento del Estado, que se refleja incluso en las relaciones familiares, ¿tiene alguna base real?

Lo cierto es que incluso en sociedades hipertrofiadas y desquiciadas como las actuales la mayor parte de la población no muestra una inclinación particular al «delito». Mientras la subsistencia está asegurado resulta obvio que, con policía o sin ella, la gran mayoría de la gente se comporta de forma tranquila, solidaria y respetuosa, sobre todo porque al ser humano corriente le agradan la calma y la rutina. La situación cambia, desde luego, cuando los medios de susbsistencia dejan de estar asegurados y la población vive un ambiente de incertidumbre respecto a su futuro. Estas situaciones pueden generar desórdenes que, no obstante, son resultado de la mala gestión de las clases dominantes, no de la supuesta «maldad intrínseca del ser humano» que alegan los poderosos para justificar los aparatos represivos, sobre todo en nuestros días. Por decirlo con brevedad, esa imagen tan querida por los guionistas apocalípticos de cine y televisión, de las turbas asaltando los comercios apenas se abre la mano, es sólo un tópico literario.

También es cierto que suceden multitud de pequeños delitos cotidianos a despecho de la policía y sin que su mayor o menor incidencia tenga que ver con el número de agentes, sino con otros condicionantes sociales como la pobreza, la mala calidad de la educación o unas pésimas expectativas de futuro. En este aspecto la policía es incapaz de prevenir la abrumadora mayoría de los pequeños delitos a priori y tampoco los resuelve a posteriori salvo delación o confesión espontánea. La imagen del inspector deductivo y sesudo que a partir de un pelo encuentra al asesino de Manolete escondido debajo de una piedra es también una ficción novelesca. Sherlock Holmes o Bones no existen en el mundo real.
Para asegurarse el mantenimiento de los privilegios la casta dominante no conoce medio más eficaz e inmediato que el terror.
Hay además una delincuencia de alto nivel que la policía no puede afrontar. Las grandes organizaciones del crimen actúan a placer porque poseen medios, influencia y dinero más que suficientes para contrarrestar cualquier actuación política o policial, y esto es así incluso en el caso de que hubiera voluntad política de hacer algo al respecto. El caso de las mafias que gobiernan hoy día gran parte de Italia, de Colombia o la frontera norte de México son ejemplos de cómo la policía no puede cumplir la misión que, en teoría, le ha sido encomendada por la sociedad. En este terreno podríamos incluir la actividad combinada de grandes empresarios, banqueros, instituciones financieras internacionales, políticos corruptos y demás parásitos que conforman la élite dominante. Una actividad que pese a su carácter dañino es considerada legal y queda fuera de la jurisdicción de la policía. Si la policía no asegura el orden ni previene los delitos y apenas resuelve alguno, es precisamente aquí donde va quedando clara su verdadera función: proteger a los ricos y poderosos.

A pesar de la literatura y de la imagen amable que el género policíaco ha ido creando, la policía es hoy, como ha sido siempre, un cuerpo pretoriano destinado a asegurar los privilegios de la pequeña clase que vive a costa del trabajo de la gran mayoría de la población. Constituye de hecho el primer escalón en la defensa de los privilegiados, que por si acaso se reservan una segunda línea, mucho más expeditiva pero que rara vez hay que usar, en el ejército. Que la policía (como el propio ejército) esté integrada de forma abrumadora por personas de clase baja o media-baja confirma la esencia tradicional del pretoriano: el desclasamiento a cambio de la tranquilidad de un sueldo. En el caso español la composición de los innumerables cuerpos policiales es muy significativa, aunque no es en lo fundamental diferente a cualquier otra policía de cualquier otro país: un pequeño grupo directivo formado por hijos de la élite dirigente y una masa de infantería compuesta casi en exclusiva por fugitivos de la clase trabajadora, gente con poca iniciativa, a menudo con pocos estudios o ninguno en absoluto, que accede a la única salida laboral que no sufre recortes y que no exige más requisito que obedecer órdenes sin reflexionar y estar dispuesto a hacer uso sobre la ciudadanía de las armas que le son confiadas.

En España, por añadidura, el alto mando policial acoge a un gran número de antiguos grises, agentes de la policía franquista que, con el paso de los años, han ido promocionando y se han encargado de entrenar en los más sólidos principios de la represión fascista a las nuevas generaciones de agentes. Dado que, además, la propia naturaleza del cuerpo atrae a personas de carácter muy especial (gusto por la uniformidad, por la obediencia al escalafón, por las armas) no debe resultar extraña la agresividad que los agentes antidisturbios despliegan en su tarea represiva. Por supuesto, la policía no es sólo su unidad antidisturbios, pero ésta es su misión más importante en la muy desordenada sociedad actual y, por otra parte, todos y cada uno de los agentes son antidisturbios en potencia, según necesidades.

Cabe preguntarse ante la imagen de los agentes acorazados: ¿es realmente necesaria tanta armadura y tanto armamento para enfrentarse a manifestaciones que por lo general son pacíficas? Pacíficas, sí, porque salvo en el caso de incidentes generados por provocadores (a menudo fascistas ajenos a las concentraciones, cuando no se trata de policías disfrazados de ciudadanos normales) está demostrado que los disturbios sólo surgen cuando actúan los antidisturbios y son tanto más violentos cuanta mayor violencia despliegan las «fuerzas del orden». Esta brutalidad de los policías siempre sorprende, porque aparte de tratarse de una conducta indigna, genera un gran rechazo público y es frecuente que el ciudadano se pregunte el porqué de estas actuaciones que excitan el descontento de gran parte de la población.
La indignación ciudadana debería apuntar más alto, ya que cuando caigan los poderosos, que son los creadores del desorden, la desigualdad y la injusticia, la policía ya no tendrá razón de ser.
Nada de esto es gratuito o casual. Los agentes de policía son peones que reparten porrazos (y tiros si se lo ordenan) a placer, pero no dejan de ser la mano ciega de individuos más poderosos. Y así, en efecto, el uniforme de diseño amenazador, la armadura, la panoplia, la violencia y el ensañamiento son no ya necesarios, sino imprescindibles, porque en el retorcido ordenamiento social vigente forman parte de una puesta en escena con un objetivo muy concreto: crear miedo.

La policía existe para proteger a los ricos. Esa es su función primordial, el resto es subsidiario. Para asegurarse el mantenimiento de los privilegios la casta dominante no conoce medio más eficaz e inmediato que el terror. Que en las sociedades regidas por sistemas de democracia burguesa este reparto del miedo no llegue a los extremos criminales de las dictaduras es sólo porque no es necesario pasarse de rosca, pero no hay que dudar de que, en caso de que las cosas se pongan difíciles, la policía abrirá fuego sobre la población, en Damasco, en Madrid o en París. Ya se ha hecho antes y en el futuro, cercano o lejano, no será diferente.

Así pues, una revolución social bien encaminada debería asumir como premisa de partida el cuestionamiento de muchas «verdades» de esta sociedad tan desastrosa en que vivimos: el principio de autoridad, el culto al trabajo, la representatividad del voto y, por supuesto, la supuesta necesidad de una fuerza armada para mantener el orden.

Pero incluso admitiendo el argumento torticero de que hace falta una coerción, por mínima que sea, para mantener cierto orden en el caos de la hiperurbanización y el exceso demográfico, habría que reivindicar en todo caso una policía nueva que fuera:

-Realmente civil.
-Permanentemente identificada.
-Privada de armas.
-Por completo transparente.
-Depurada de fascistas, psicópatas y analfabetos funcionales.
-Sin espíritu de cuerpo.

Y, sobre todo, sometida a un severo control público y a las mismas leyes que el resto de ciudadanos, sin el menor privilegio y sin el marchamo de heroes-funcionarios creado por las series de televisión y las películas.

Por último conviene tener en cuenta que de nada sirve sacar las cosas de quicio: la policía es parte del problema, pero no es «el problema». Parte de su utilidad para los ricos es que la policía, con su brutalidad, atrae el odio de los trabajadores. A fin de cuentas constituye la primera línea defensiva del enemigo, pero el enemigo es la clase dominante que explota el trabajo ajeno, esos «emprendedores» ansiosos y rapaces que suponen el auténtico peligro para el orden público e incluso para la supervivencia de la especie humana. Y son éstos quienes tienen la policía a su servicio. Una policía que es sólo el mensajero: la indignación ciudadana debería apuntar más alto, pues cuando caigan los poderosos, que son los creadores del desorden, la desigualdad y la injusticia, la policía ya no tendrá razón de ser. Δ

José Manuel Lechado. Escritor, especializado en ensayo histórico y político.


 

Comentarios   

 
-2 #1 Edand 09-03-2012 17:23
Excelente texto, aunque añadiría como principal causa del malestar humano -aun mas allá de una elite poderosa- la estructuración misma de la economía monetaria qué bajo sus reglas hace adaptativo el comportamiento egoísta, fomentando al acumulación de dinero como algo positivo e inherente del sistema formado en toro al monetarismo.
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